30 de diciembre de 2018
30.12.2018
La Opinión de Málaga
Memorias de Málaga

Yo no nací al otro lado del río

Nacer al otro lado del río, en la margen derecha, ha perdido el sentido reivindicativo de otros tiempos porque en el Oeste de Málaga se emplazan importantes instituciones, bancos, cofradías, centros comerciales y hospitales

30.12.2018 | 05:00
Foto del cauce del Guadalmedina tomada desde el otro lado del río .

Yo no nací al otro lado del río Guadalmedina; nací, y no lo elegí yo porque fue cosa de mis progenitores, a este lado del río. Habitaban en la margen izquierda del Guadalmedina. Tiene cierta gracia eso de alardear de haber nacido en la margen derecha de nuestro río cuando se presume de ser de izquierdas. Parece que haber nacido al otro lado del Guadalmedina sea un mérito para enriquecer el curriculum vitae o perfil biográfico de un malagueño.

Presumir de haber nacido en un sector de la capital donde ahora se encuentran entre otros centros la Delegación de Hacienda, El Corte Inglés, Unicaja Banco, el Edificio Blanco que antes fue negro, los Jardines de Picasso, los complejos Málaga Centro y Larios Centro, la avenida de Andalucía con edificios de diez y más plantas, las sedes de las cofradías de la Esperanza, Mena, Cautivo y la Expiración, entre otras; el Hospital Clínico, Carlos Haya, el Materno Infantil, varios hoteles de cuatro estrellas, el Paseo Marítimo Antonio Machado, la Comisaría, la sede del Colegio de Médicos, las viviendas de Teatinos, el Palacio de Justicia, el Martín Carpena, un poco más allá la Universidad y para poner fin, el camino del más allá, Parcemasa... no creo que sea un mérito para impresionar al personal de la izquierda.

Miles de malagueños han nacido precisamente al otro lado del puente o del río Guadalmedina porque ahí están los centros hospitalarios o maternidades tanto oficiales como privados.

Que el Guadalmedina se tache de cicatriz que divide a los malagueños es una expresión que en 2018 carece de sentido. Antaño, y hasta mediados del siglo XX, en la margen derecha del Guadalmedina se ubicaban las gentes de la mar, las empresas metalúrgicas, químicas y textiles, bodegas, almazaras y como consecuencia natural, viviendas modestas, corralones, chabolas€donde la clase humilde se hacinaba porque los jornales no daban para más. De todo aquello quedan hoy solo los nombres de algunas calles, como Cerrojo, La Puente, Callejones del Perchel, Pasillo de Guimbarda€ que se conservan después de las demoliciones.

Hay que recurrir a viejas fotografías y grabados para comprobar las diferencias de la Málaga de la margen derecha y la de la margen izquierda. Precisamente el progreso de Málaga está en la zona que antes separaba unas clases de otras.

Lo que sí es cierto, y esto es un fenómeno que creo que solo se da en Málaga, es que el Centro de la ciudad sigue siendo el mismo, recoleto, pequeñísimo, limitado por cuatro o cinco calles y pare usted de contar. El Centro de Málaga es la calle Larios, Nueva, plaza de la Constitución, Molina Lario, plaza del Obispo, Méndez Núñez, Uncibay, Strachan, Granada, plaza de la Merced€ y si uno da un paso más se adentra en un barrio, como el caso de la calle Victoria, porque cuando uno sale de la plaza de la Merced se encuentra con el barrio citado, más conocido por el de chupa y tira.

Hay sectores que se han desarrollado de forma espectacular, como lo que empezó a llamarse Prolongación de la Alameda y hoy tiene dos nombres, avenida de Andalucía y Blas Infante; la calle Cristo de la Epidemia y alrededores; Puerto de la Torre, Paseo de Reding, La Malagueta, Pintor Sorolla... Pues bien, todos estos núcleos no entran en el nomenclátor Centro de Málaga. En el Centro están la Catedral, el Sagrario, Santo Cristo, los Mártires, Santiago, San Juan... Las demás iglesias están fuera de esa limitadísima área en la que se concentra la vida de una ciudad de quinientos mil habitantes.

Lugar de nacimiento

El lugar de nacimiento no imprime carácter; es casual. Se puede llegar al mundo en una maternidad, en un palacete, en un corralón, en una chabola, en un taxi, en un tren, en un avión, en un barco, en un campo de fútbol, en una ambulancia... A diario los medios informativos recogen casos como los apuntados y detallan que la parturienta fue atendida por un policía municipal, el sobrecargo de una aeronave, un taxista... porque no todos los partos responden a una regla fija.

Yo he conocido, supongo que algunos de mis lectores lo mismo, casos curiosos y, casi siempre, con éxito. Yo no he leído nunca que un bebé nacido en un avión en pleno vuelo, o en un taxi detenido en un atasco, haya fallecido. Casi siempre las noticias de estos acontecimientos terminan con la misma coletilla: el recién nacido y su madre se encuentra en perfecto estado de salud.

Lo normal es que los nacimientos se produzcan en los centros citados, como clínicas y hospitales. Lo anormal es lo otro, cuando el bebé dice aquí estoy yo y la parturienta va en un taxi o en un autobús de la EMT.


Yo quiero que mi hijo nazca...

Termino la frase: que nazca en Madrid, como si nacer en Madrid fuera un galardón, un premio, un mérito, algo que da lustre. Yo he conocido a más de una pareja que cuando se acercaba la fecha calculada para la nacencia se trasladaba a Madrid para que su hijo fuera madrileño y no de la capital de provincias o de un pueblo insignificante.

Yo no nací en Madrid; nací en Málaga. Pero si me hubieran dado la opción de elegir le habría dicho a mis padres que me gustaría nacer en Benalauría o Atajate, que son dos pueblos de la provincia de Málaga, concretamente de la Serranía de Ronda.

¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: madrileños habrá tres o cuatro o cinco millones; en cambio, atajeños o benalaurienses habrá en el mundo cien o doscientos, y de acuerdo con los bajos índices de natalidad y la costumbre de que las mujeres den a luz en las grandes ciudades, un día no muy lejano yo sería el único que podría presumir de ser natural de uno de esos pueblos. Y esto sí que da carácter, y no ser de Madrid, Valencia o Zaragoza, donde hay muchos que forman masa, o sea, vulgares.

Pero ya es tarde: soy malagueño... que no está nada mal pese a Limasa, las cacas de los perros, la gente que habla a gritos, los que pintan garabatos en las paredes, van por calle pegados al móvil y en lugar de ser hinchas del Málaga lo son del Madrid o Barcelona. Un malagueño de verdad es Martín Jiménez, que vive en Dupont, estado de Washington, y ve los partidos del Málaga –pese a que esté en Segunda División– por internet o no sé que otro medio. Y además va al centro donde estudia con la camiseta del Málaga.

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