04 de febrero de 2019
04.02.2019
La Opinión de Málaga
Ingeniería

Álvaro Soria , el malagueño que mira al espacio

Soñaba con ser astronauta y después de licenciarse como ingeniero aeroespacial está haciendo su doctorado en Suecia, donde participa en un proyecto que podría revolucionar el mercado de los satélites espaciales

04.02.2019 | 05:00
Álvaro flotando en el aire, una vez que su cuerpo ha perdido la atracción al suelo del avión.

­El traje espacial está ajustado. La nave vuela. La cámara está lista para disparar. En realidad, los 29 astronautas del programa Apolo no eran solo unos auténticos pioneros dentro de su exclusivo gremio. Eran, también, unos refinados fotógrafos profesionales. La obligación de ser los ojos de medio mundo hace que se depuren las destrezas. Entre 1961 y 1972, los equipos de un total de once misiones espaciales documentaron el primer vuelo alrededor de la tierra y el primer viaje hacia la luna. Sus cámaras inmortalizaron como, por primera vez, el ser humano se paseaba por el espacio. Y como los americanos llegaron a la luna antes que los demás para tomar sus pruebas y presumir de una ruta en el vehículo lunar. Unas décadas después, en Málaga, nace Álvaro Soria. Un 23 de abril de 1993, por ser concretos. Las épocas son distintas, vale, pero entonces se sembró la semilla de una pasión que iba a más. Con cada foto que miraba Álvaro, lo tenía más claro. Crecía la fascinación y durante su recorrido en la educación secundaria, ya se había marcado el camino: Ingeniería Aeroespacial. Un reto que se marcó y que fue quemando etapas. Un currículum brillante más tarde, ahora se encuentra haciendo el doctorado en la Universidad Tecnológica de Luleå. Junto a tres compañeros, bajo la tutela de la profesora María Paz Zorzano, este joven malagueño ha desarrollado un método para mejorar el cálculo de combustible en los satélites de todo tipo. La longevidad de los satélites depende de su capacidad para apurar las vueltas que puedan dar. «Los cálculos que se hacen siempre son maximalistas», explica Álvaro que la precisión que se puede ofrecer en estos momentos, que es muy relativa, obliga a los fabricantes a dar de baja a sus satélites antes de tiempo. Aquí engancha este joven malagueño por partida doble.

Además de dar forma a su trabajo de doctorado, se está labrando su futuro laboral en el mundo empresarial. Si él y su equipo consiguen llevar a la práctica los cálculos, confirma, «el ahorro para los fabricantes puede ser notable». Para llevar sus cálculos a la práctica, es necesario hacer pruebas en el mismo medio en el que se quiere trabajar. En el caso de Álvaro, la ingravidez.

La única manera de acercarse a la gravedad cero sin subir al espacio, está en una empresa francesa. Se llama Novespace y ofrece los llamados vuelos de ingravidez. Hay personas que pagan mucho dinero para subirse en uno de los Airbus preparados especialmente para este cometido. Se trata de aviones cuyo fuselaje está deshuesado al completo por dentro y que permiten disfrutar de una experiencia única, siempre que las condiciones físicas ofrezcan las garantías suficientes. Aunque el listón no está muy alto. Un ciudadano medio de andar por calle pasaría las pruebas sin problemas. Álvaro, por contra, se ganó una beca para experimentar su teoría y avanzar sobre los cálculos del consumo de combustible de los satélites en condiciones reales. El vuelo tuvo lugar a principios de enero y Álvaro pudo experimentar la sensación de ingravidez en una decena de ocasiones. Apenas son 30 segundos, pero Álvaro describe la sensación como una súbita perdida de control de tus extremidades. «Empiezas a notar la presión y, de repente, desaparece y estás flotando», recuerda que lo que más cansancio y malestar provoca no es la ingravidez en sí, sino la vuelta a la gravidez. «Notas como los fluidos corporales se mueven y como pesas el doble», comenta. ¿Cómo es posible simular la sensación de ingravidez en un avión que se utiliza, también, para vuelos comerciales? Los pilotos ejecutan un ascenso repentino. Unos 20 segundos empinado para arriba, a pleno empuje de turbina, hasta alcanzar los siete kilómetros de altitud. Entonces, uno de los tres pilotos a bordo coloca los motores en punto muerto. De repente, el silencio se apodera del avión. Si hace nada uno duplicaba su peso sobre la Tierra, ya no existe ni el arriba ni el abajo. Las piernas se levantan del suelo como guiados por una mano invisible. Peces gigantes flotando en un fuselaje revestido de goma espuma y sin ventanas. Sin empuje, el avión empieza a caer. Primero, apuntando hacia arriba. Luego, con el morro mirando hacia abajo. En este punto, los pilotos vuelven a abrir potencia y enderezan el avión. Por medio, 22 segundos de extasiada ingravidez. Así, hasta aterrizar. Álvaro ha tenido el privilegio de vivirlo en persona.

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