11 de febrero de 2019
11.02.2019
Feminismo y fe

La misionera Justina, una abanderada de la igualdad

La hermana de las Hijas del Calvario ha viajado a Málaga junto a Manos Unidas para contar, en el 60 aniversario de la institución, todos los proyectos que están desarrollando en Zimbabwe

11.02.2019 | 05:00
Justina Banda en la sede de Manos Unidas en Málaga .

Por la igualdad y la dignidad de las personas

  • Manos Unidas cumple su 60 aniversario de lucha por la erradicación del hambre en mundo. Este año, lanzan su campaña bajo el lema 'Creemos en la igualdad y en dignidad de las personas', que durará tres años y que centrará su trabajo en las mujeres. Por eso la ONG invita a observar a las mujeres de otros países y reflexionar sobre si existe na igualdad de oportunidades en todos los lugares del mundo. «En España las mujeres están avanzando pero en muchos lugares del mundo como mi país no. Por eso hay que ayudar», sentencia Justina.

Justina Banda nació en un país donde las mujeres y los hombre no tienen las mismas oportunidades. Desde hace 28 años es misionera y gracias a su formación como maestra de matemáticas e inglés y «a su fe en Dios» ha podido promover por el mundo y las escuelas la importancia del papel de la mujer en la sociedad. Al mismo tiempo, ha participado en numeroso proyectos de la ONG Manos Unidas

­Desde que era una cría Justina Banda (Zimbabwe, 1969) ha tenido que enfrentarse a numerosos episodios de discriminación por el hecho de ser mujer. Sabe que el mundo está avanzando a pequeños pasos pero en su país, y en el continente africano en general, la igualdad sigue siendo una materia pendiente por la que esta misionera de las Hijas del Calvario, y profesora de matemáticas, sigue luchando día a día junto a Manos Unidas. Además, este trabajo se une al que realiza la monja junto a la institución, desde hace 28 años, en materia de desarrollo con el objetivo de erradicar el hambre, la pobreza y ayudar, especialmente, a los enfermos de VIH/SIDA, una de las enfermedades que más afecta a los jóvenes y adultos de su país.

Justina es la séptima de los diez hijos de sus padres, dos zimbabweanos que se convirtieron al cristianismo cuando las monjas y sacerdotes del Instituto Español Misionero Extranjero (IEME) llegaron al país africano en 1950. Allí los misioneros comenzaron a predicar y a construir hospitales, carreteras y ayudar a los más necesitados, algo que dejó maravillada a Justina, que desde antes de cumplir los 14 años tenía claro que quería ser como ellos, a pesar de encontrarse con la negativa de su padre. «En mi país, por desgracia, las mujeres y los niños somos de segunda clase. Mi mamá tuvo que luchar para convencer a mi padre de que me dejara seguir mi vocación. Mi papá no quería que fuera monja. Decía que era una vida muy rara, que era un trabajo para los españoles y que, además, no le iba a dejar nada, ni dinero, ni nietos. Con el tiempo y sobre todo gracias a mi mamá aceptó y entré a la congregación de las Hijas del Calvario», relata Justina.

Pero esta no es la única batalla que tuvo que lidiar su madre contra su padre. El hecho de que las niñas de la familia fuera a la escuela también supuso muchas horas de charlas y convicción. «Los misioneros construyeron escuelas en Zimbabwe y mi mamá quería que fuéramos. En mi cultura la mujer no está considerada. Los chicos van a la escuela y las chicas ayudan en casa, por eso mi padre sí fue y mi madre no sabía ni leer ni escribir su nombre. Yo tuve suerte de que ella me estuvo animando y convenció a mi padre, que no entendía por qué sus hijas debían de ir», cuenta Justina.

Cuanto terminó su formación como hermana de las Hijas del Calvario y tras acabar sus estudios de secundaria y destacar en la materia de matemáticas, Justina consiguió irse a Ohio (EEUU ) a formarse como maestra de esta disciplina y también en inglés. Sin embargo, en esta profesión también ha notado «siempre» diferencia con sus compañeros hombres. «Cuando dije que quería ser profesora de matemáticas todo el mundo me decía que era rara. Una mujer, encima queriendo ser monja. Me sugerían que enseñara la Biblia», cuenta la misionera, añadiendo que cuando volvió a Zimbabwe después de su formación y comenzó a dar clases en el colegio de los Maristas de Dete, en la Diócesis de Hwange, fue cuando se dio cuenta de la situación tan lamentable que sufrían las mujeres. «Empecé a animar a las chicas de la escuela a que estudiaran para formarse y ser independientes. Allí solo éramos dos maestras y 22 maestros. No fue fácil. Las mujeres no tenemos voz, no importa si eres monja o no, todas allí encontramos esta discriminación. Así que mi misión siempre fue promover el papel de la mujer», señala.

Durante los 28 años que Justina lleva dentro de las Hijas del Calvario, ha recorrido medio mundo predicando y hablando de las misiones de su Congregación. Así, estuvo en Estados Unidos, Alemania y seis años al mando de la vicaría general de su Congregación en Roma antes de volver de nuevo a su país. Precisamente en su vuelta fue cuando comenzó a colaborar con Manos Unidas para construir un hogar para huérfanos en Binga y el hospital de Kariyangwe, aunque también reformaron la casa de las enfermeras en la misión del Sagrado Corazón en Wanganui, construyeron un pequeño puente para facilitar el acceso a la misión y la construcción de aulas en Victoria Falls. «La situación del mi país es caótica. Al gobierno solo les interesa los ricos, por eso la iglesia siempre está con los pobres. Gracias a Manos unidas podemos ayudar a las personas a darles vida y esperanza, es un logro muy importante», concluye Justina.

Desde hace dos años, Justina vive en Madrid acompañando a ocho monjas que residen en la Casa de las Hijas del Calvario, algunas fueron las primeras misioneras en evangelizar en África o Brasil. Esta semana con motivo del 60 aniversario de Manos Unidas, la misionera zimbabweana ha estado en Málaga para dar testimonio sobre la labor que realiza la institución en su país.

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