23 de marzo de 2019
23.03.2019
Historia

Transición, ¿qué transición?

"La madrugada del 20 de noviembre de ese año dormía plácidamente en mi habitación. Habíamos estado viendo TVE, la única que existía, en el salón de televisión, ya que solo había un televisor en todo el colegio. Esperábamos la muerte del general, que no terminaba de producirse, mientras proyectaban continuos documentales de la vida de los pájaros, algo realmente surrealista, porque podía tener significados muy diversos"

23.03.2019 | 20:52
Adolfo Suárez, en una imagen de junio de 1977.

Oigo con harta frecuencia en estos tiempos de confusión, que la Transición del régimen de Franco a la Monarquía Parlamentaria, no fue sino una especie de apaño, un compadreo entre tahúres, una especie de componenda política, pero que la democracia verdadera no ha llegado a España. Algunos de los que hemos alcanzado una cierta edad, con la cabeza más o menos en su sitio, un bagaje intelectual sólido y una mochila de acontecimientos vividos personalmente- no de oídas-vividos, repito, sentimos una especie de obligación de contar lo que uno vio y oyó, por si a alguien pudiera servirle para aclarar sus ideas, suponiendo que las tenga. Si a ello unimos el extraordinario desconocimiento del que adolecen las jóvenes generaciones, ciertamente no achacable a ellos, sino a los que les enseñaron lo que quiera que fuese, el panorama resulta verdaderamente desolador. Oír a un chico, bastante crecidito, contestar ante las cámaras en una encuesta que «Suárez era uno de la dinastía», demuestran que ni sabe, ni le importa ninguna de ambas cosas. Y, claro, eso es grave, porque seguramente será republicano y opinara que la Transición no existió.

Decía el maestro Josep Pla que la primera cualidad que debe tener un escritor es ser inteligible, claro y preciso y que lo más complicado que existía era añadir a un sustantivo el calificativo que realmente era el que le correspondía, labor ciertamente ardua, pero a la que debemos aspirar todos. Voy a intentar ser claro e inteligible en estas líneas.

En el año 1975 yo vivía en el Colegio Mayor Argentino de la Universidad Complutense de Madrid. Creo que era el único colegio mayor mixto para postgraduados que existía entonces en la ciudad universitaria. Así eran las cosas, queridos. Por allí entraban y salían gentes muy negativas, que a la mayoría de mis posibles lectores nada les dirán hoy en día, como el brujo López Rega, individuo cuya sola presencia imponía pánico, la hermana de Franco, cuya principal cualidad era la intromisión en todo y la alopecia tan rara en una mujer, o los agregados militares de la Embajada de Argentina, que entraron a medianoche a tomar posesión del Colegio, la noche del golpe de estado del General Videla en Argentina, cuyo sobrino vivía en el propio colegio y se llamaba exactamente igual.

Era un precioso edificio, premio nacional de arquitectura, donde viví acontecimientos históricos, simplemente por haber estado en el sitio adecuado, en el momento adecuado. No por méritos míos, sino por esa concatenación de elementos causales de la vida a la que solemos llamar casualidades.

La madrugada del 20 de noviembre de ese año dormía plácidamente en mi habitación. Habíamos estado viendo TVE, la única que existía, en el salón de televisión, ya que solo había un televisor en todo el colegio. Esperábamos la muerte del general, que no terminaba de producirse, mientras proyectaban continuos documentales de la vida de los pájaros, algo realmente surrealista, porque podía tener significados muy diversos y de sentidos muy divergentes. De pronto se abrió bruscamente la puerta y entró un muy querido amigo gritándome: «¿Pero qué haces dormido? Levántate. El viejo se ha muerto».Se oían con absoluta nitidez y precisión los estampidos secos de los cañonazos, creo que 101, que el protocolo militar imponía para el caso de la muerte del Generalísimo. Nunca había oído tronar un cañón y debo decir que el estampido seco que llegaba del cercano Hoyo de Manzanares, unido a la extrema inseguridad acerca de lo que podría ocurrir a partir de entonces, me produjo un escalofrío, que aún recuerdo vividamente. Y ese miedo que yo sentí, lo sintió España entera, me cuenten lo que me cuenten, porque aunque a muchos les alegrara aquella noticia y a otros les entristeciera, lo peor era la incertidumbre.

Los amigos argentinos, con esa exquisita formalidad protocolaria que atesoran, nos daban el pésame a los españoles por la muerte del Jefe del Estado, sin meterse en profundidades de la ideología de cada cual.

A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron con una extraordinaria velocidad. Grandes crespones negros ondeaban al viento en el Arco de la Victoria, la circulación estaba cortada en todo el centro de Madrid, la música fúnebre ya sonaba en altavoces instalados no sé cuándo, ni cómo. Pero nosotros andábamos libremente y no había señal de ningún problema grave. Y empezaban a difundirse noticias, unas verdaderas y otras falsas. Una sola televisión oficial, no existían los móviles, ni internet, la vida era otra muy diferente, otra, simplemente. Corría un viento gris, extremadamente frío, como de color ceniza. Paso por alto muchas situaciones y datos que harían interminable esta narración, pero lo que si vi en los días sucesivos fue una inmensa cola de personas que desde el Palacio de Oriente-así se llamaba entonces, lo de Real vino después- cruzaba Madrid hasta la Puerta de Alcalá y seguía hasta Ventas. Y a un Rey pálido y de ojos irritados, acompañado de una Reina también pálida, a la que los fascistas de entonces llamaban «la Griega», tres niños asustados sin saber qué ocurría, ni porqué estaban allí, un Valery Giscard D'Estaing que, junto a Nelson Rockefeller, vinieron a tutelar a la acomplejada España, un espantoso camión militar que llevaba los restos del general al Valle de los Caídos y un cardenal Tarancón, al que desde aquel día, la extrema derecha le juró odio eterno, leyendo un impecable documento programático de la instauración de la democracia, que había preparado uno de sus hombres de confianza, Don Fernando Sebastián, recientemente fallecido. La figura del cardenal leyendo aquella admonición en Los Jerónimos ante los Reyes, recordaba a Cisneros, a Thomas Becket, a Thomas Moro, tal era la fuerza de la Iglesia de España en aquellos años. Fuerza que utilizó muy inteligentemente para ayudar a traer la democracia y la reconciliación. ¿Saben algo de esto las Maestres y Monteros de turno? No lo creo. Porque la primera diferencia fundamental entre entonces y ahora, aparte de las múltiples ya mencionadas, o que se desprenden de estas líneas, es que la altura intelectual, el carisma, el sentido político, el deseo de libertad y, por supuesto el amor a España, que casi nadie se atrevía a confesar por miedo a ser llamado fascistas.
Solo quiero dar una serie de flashes, de detalles, de apuntes porque esto intenta ser solamente un artículo de prensa. Pero me quedan varios. Y creo que importantes.

La Transición se hizo con una fórmula perfecta, inspirada por aquel sabio Torcuato Fernández Miranda, que con su cara de lechuza de Palas Atenea, acuñó en una frase «De la ley a la ley», muestra reveladora de su formación jurídica, del puro derecho romano, que constituye junto a la filosofía griega y el cristianismo, el trípode sobre el que se asienta Europa. Guste a quien guste, esto no tiene vuelta de hoja.

Recuerdo que cuando el Rey designo a Suárez como presidente del Gobierno, algún listo-y yo también- pensó y escribió «que error, que inmenso error». Un falangista.

Yo tenía un amigo, que desgraciadamente murió siendo embajador de España en Croacia hace no muchos años, que por aquella época era lo que se llamaba «fontanero de Moncloa», una especie de guardia pretoriana del presidente, que lo asesoraba en temas de los que carecía de conocimientos, que no eran muchos. Se llamaba Josep Coderch y Planas, nacido en Castello de Ampurias, es decir catalán puro, diplomático y listísimo. Organizó un programa que se llamaba «Los sábados con el presidente». Todo el que quería, con absoluta libertad, se apuntaba a una lista en los colegios mayores y asistía a un acto absolutamente maravilloso, donde se vivía la transformación que España y cada uno de nosotros empezaba a experimentar en la vida colectiva e individual.. Porque la Transición, como decía Suarez, consistió en hacer real en el mundo oficial, lo que en la calle es real. Ni más, ni menos.

Tejero en el Congreso de los Diputados el 23F. EFE

Los sábados por la mañana, los convocados, que solían ser unos cien, iban al Palacio de la Moncloa, ese donde ahora sería impensable molestar a este señor que nos preside, entraban en el salón de columnas y cada cual se sentaba dónde podía, que normalmente era el suelo. El ambiente era como de las frecuentes asambleas de facultad de la época y como aún se podía fumar, el humo se hacía espeso y había que abrir las ventanas para que entrara el aire de la cercana sierra, como el propio Suárez, dijo el día que tuve la suerte de asistir, en una preciosa imagen de lo que él estaba intentando hacer. Sin previo aviso, se abría una puerta lateral y entraba el presidente en mangas de camisa, decía buenos días y se sentaba encima de la mesa. Durante diez minutos explicaba su programa político y después se abría un coloquio absolutamente libre, sin preguntas por escrito filtradas, a bocajarro, hablando de todo lo divino y lo humano y, sobre todo, de España y el futuro. Ojo, éramos estudiantes. Y era difícil convencernos de que íbamos a ser un país normal, libre, como Francia, Alemania o Inglaterra. ¿Qué no hubo Transición? ¿Pero de qué hablan? El que más y el que menos salía de allí profundamente enamorado de la franqueza, la inteligencia, la claridad de ideas, la pillería, el sentido de Estado que tenía aquel hombre, que llevaba el sentido político en las venas. ¿Sería posible algo así hoy?

Después ocurrieron en mi vida cosas que también tenían que ver con el momento de España. El viaje a Inglaterra con mi añorado Joaquín Marín, que se quedaba estupefacto en los debates de la Cámara de los Comunes, o en las manifestaciones en la calle, ordenadas por las aceras y vigiladas por dos bobbies desarmados. Y mi estancia becado en Viena, que me permitió conocer todo centroeuropa y sentir la emoción intensa de cruzar el Telón de Acero, prueba de fuego para aborrecer el comunismo, con un tanque ruso en la plaza de Wenceslao de Praga y el hecho de comprobar cómo los pueblos del Este utilizaban a la religión como arma de lucha contra el sistema.

Y muertos, muchos muertos, en un goteo sangriento diario, cometido por los que agitaban el árbol para que el miserable recién fallecido recogiera las nueces. Y la vuelta de Tarradellas, «ciutadans de Catalunya, ja soc aquí», al que pronto el muy católico y más ladrón Pujol defenestró, dando lugar a esa carta terrible de Tarradellas en la que vaticinaba lo que después ocurrió con el latrocinio continuado de toda una familia, robando en el altar de la patria de Montserrat.

Y, claro, no puedo olvidar tampoco el 23F, cuando yo vivía en la calle Pinar y con las ventanas abiertas en una noche heladora, intentábamos oír aterrorizados las cadenas de los tanques de la División Acorazada bajando por Castellana.
Al día siguiente una masa incalculable de ciudadanos, no súbditos, porque teníamos una Constitución, aprobada por el pueblo español, que nos hacía libres, intento recorrer las calles de Madrid hasta el Congreso. También estuve allí. Hasta ese momento, no se ganó el trono el Rey Juan Carlos, luego tan vilipendiado, calumniado y despreciado. El hombre que tenía todo el poder de España, que lo entregó sin reservas, quedándose absolutamente desnudo y despojado y que, aunque después ha cometido varios errores de importancia, no podemos olvidar aquello que en esa manifestación leyó ante el Congreso, Rosa María Mateos. Sí, la misma que ahora rige sectariamente TVE:«Gritar hoy viva el Rey, es gritar viva la libertad».

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