28 de abril de 2019
28.04.2019
La masculinidad tradicional está herida

En el búnker de la hombría

Ante el avance del feminismo y el igualitarismo, muchos varones se radicalizan para conservar ese mundo hecho a imagen del ideal de hombre. Tras el Día de la Mujer y el Día del Padre, diseccionamos la virilidad tradicional y los temores que encierra

28.04.2019 | 05:00

Aferrados al modelo tradicional a la espera de una alternativa

  • Conscientes de muchas de estas realidades, los varones de hoy siguen aferrados al modelo tradicional porque no existe una alternativa. Cualquier paso fuera de los límites puede ser contenido con un «planchabragas», «nenaza» o «maricón», y la mayoría opta por observar y esperar. «No hay un referente claro de ese nuevo tipo de hombre. Se están trabajando modelos alternativos en las asociaciones de hombres por la igualdad, pero es difícil cargarse lo de ser un hombre por las seguridades que aporta a nivel existencial», opina Sanfélix. «No hay alternativas, nos las tenemos que inventar a partir de nuestro propio malestar», concluye Pescador. El otro sexo ya ha empezado a hacerlo, y va ganando en esta tarea. «Las mujeres han roto con el modelo doméstico para abrirse al mundo. Las reivindicaciones feministas han conseguido que cambie lo que es deseable socialmente y ahora el macho ibérico sin complejos es visto como un gañán», apunta. Mientras que ellas se liberan gozosamente y exploran ámbitos que les estaban vetados, los varones parecen tener que afrontar terrores profundos si quieren vivir mejor y formar parte del futuro que se está gestando. Un tránsito que, paradójicamente, retiene una mística heroica perfecta.

Las asociaciones de hombres por la igualdad proponen cambiar las ventajas de ser varón por recuperar el bienestar

¿Qué significa realmente «ser un hombre»? El feminismo está obligando a los hombres a escuchar preguntas que nunca se han hecho o que no quieren hacerse. Con la figura del machote repudiada por la misma sociedad que antes parecía existir sólo para imitarla o admirarla, y comprobando cómo la estructura del patriarcado se revela nítida a poco que se quieran ver sus pilares, muchos varones se preguntan en silencio en qué momento el ideal del guerrero fuerte y heroico hacia el que se encaminaban se convirtió en el enemigo público número uno. Una minoría se rebela y trata de cambiar, otros pocos se encastillan y radicalizan su posición y una mayoría silenciosa observa y calla, sin saber muy bien qué hacer.

No es una pregunta nueva para las ciencias sociales pero hace muy poco que ha irrumpido en el debate público. Ahora la televisión anuncia marcas de afeitado que se posicionan contra la «masculinidad tóxica» y en los programas empiezan a salir hombres igualitarios que promueven la renuncia a los privilegios de género. Internet y las redes, sin menos filtros, difunden las ideas igualitarias pero también acogen a la reacción, más sofisticada y adaptada a la audiencia joven que el viejo macho ibérico que sobrevive en bares, festejos y tertulias.

«Hoy en día existen los machistas radicales, que se han quitado la máscara y presumen de ello, como los que llevaron camisetas de 'chupa y calla' a los sanfermines tras el caso de La Manada, y luego hay gente que está redefiniendo sus límites y posicionándose», sostiene Erick Pescador, sociólogo, sexólogo y especialista en masculinidades. Este es, para su colega de campo Joan Sanfélix, «un momento histórico, en el que algunos hombres pueden sentirse marginados porque se pone en duda su ontología, su ser».


La mística del guerrero


«La masculinidad, si la intentamos definir, es la forma aceptada de ser varón en una cultura. Existe un modelo hegemónico, con matices y variedades, que comparten los países occidentales. George L. Mosse dice que el ideal de masculinidad como lo conocemos se forma en la Edad Moderna y que desde entonces se ha puesto en cuestión muy pocas veces, en el movimiento hippy y poco más. Se centra en la producción, en la función proveedora, ser el cabeza de familia, llevar los pantalones y tener ese punto heroico y de valentía», explica Sanfélix, sociólogo y especialista en género. Afirma que «toda una mística rodea a ese ideal».

Tendemos a pensar que esta idea es antigua como el mundo, pero algunos investigadores lo discuten. «El modelo no tiene más de tres o cuatro siglos. Está la idea extendida de que viene de las cavernas, pero en realidad procede del capitalismo industrial. Algunos estudiosos ya hablan de cómo el guerrero se transformó en cortesano y cómo posteriormente este caballero de espada acabó trasladándose a la figura del deportista y del gentleman», resume Sanfélix.

Para Pescador, la deconstrucción pública del macho ha enviado a quienes quieren seguir imitándolo a dos santuarios. «Hay un refugio del hombre violento en dos campos; el deporte y los videojuegos. Y añadiría el ambiente de cazadores», cuenta el especialista en identidades masculinas.

«Pese a la evolución social, el modelo sigue intacto. Es así porque sigue habiendo privilegios por ser varón», explica Sanfélix. Cree que la principal razón para el inmovilismo es el programa de beneficios sociales que aporta ser hombre, ya que, aunque el ideal del héroe guerrero es una fantasía inalcanzable para la inmensa mayoría de varones, no lo ponen en duda porque «les beneficia». Para Sanfélix, los varones mantienen una actitud cómplice con la masculinidad hegemónica porque les permite «mantener la brecha salarial, los usos del tiempo desiguales o el acceso a los cuerpos de las mujeres». «Pedirles que cambien esto es como pedirles a los ricos que distribuyan su riqueza», zanja.

Muchos varones se sienten como herederos de terratenientes que no pueden sacar partido a su patrimonio porque la economía ha cambiado. Y una parte de ellos estaría exigiendo volver al antiguo régimen, donde se respetaban los privilegios por nacer, juego de palabras mediante, barón. Sanfélix cree que al varón se le ha «roto la brújula» y que la pérdida de posición es combustible de fenómenos políticos extremos.

Lo cierto es que en Europa proliferan partidos tradicionalistas, algunos, como Vox, con electorado mayoritariamente masculino, y movimientos y publicaciones pro supremacía masculina como Alt-Right o Incel en EE UU. Pero el modelo pervive también en votantes, líderes y discursos de izquierdas. El vínculo entre extremismo y los ataques a la virilidad estaría en que la pérdida de poder obliga a los afectados a buscar referencias hipermasculinas en el pasado, desde donde saludan con rectitud y hombría los fascismos. El sociólogo concluye que «es muy posible que el dulce canto de las sirenas fascistas les dé un sentido identitario, una posición en el mundo, para la que de alguna manera se han estado preparando y puesto que el capitalismo neoliberal global parece no haberlo hecho».

La decadencia en el exterior instala dudas existenciales en la cabeza. La reacción virulenta contra los colectivos que desafían la masculinidad, especialmente el feminismo y el mundo LGTBI, tiene para algunos expertos una razón muy concreta y quizá inconsciente: que la identidad masculina consiste en gran medida en no ser lo que ellos son.

«Para Elizabeth Badinter, la identidad masculina se adquiere por oposición, negando el lado femenino, es decir, negando el primer vínculo materno. El hombre deberá convencer a los demás de tres cosas. Que no es una mujer, que no es un bebé y que no es homosexual», escribe Sanfélix en un reciente trabajo publicado en la revista Nuevas tendencias en antropología. También recuerda que el antropólogo Juan Carlos Callirgos sostiene que «la masculinidad se adquiere en el proceso de diferenciación con la madre y el mundo femenino» y una sentencia de Gilbert Herdt and Robert J. Stoller: «La primera orden en la empresa de ser un hombre es no ser mujer».


Muertes «por huevos»


«La masculinidad es frágil porque estar intentando demostrar todo el rato tu poder te hace estar en alerta todo el tiempo. Estás en pelea contigo mismo. Cuando estás seguro de quién eres no tienes que pelearte todo el rato», explica Pescador, acostumbrado a exponer la raíz del malestar en la masculinidad en charlas y cursos. El sociólogo aplica la idea de que exhibir constantemente alguna cualidad sólo indica inseguridad.

En esta lógica, cualquier mensaje del feminismo se puede interpretar como propaganda enemiga, una estrategia para debilitar al rival. Pero cuando la crítica a la masculinidad procede del propio bando, de otros hombres, se dedica más atención a distinguir si el que habla es amigo o es un traidor. Y es en esas condiciones como están trabajando las asociaciones de hombres igualitarios.

Su mensaje cala porque conocen el modelo de hombría y saben que no funciona. «Lo que se pretende visibilizar es que el modelo patriarcal de privilegios confiere beneficios pero limita nuestra existencia», resume Sanfélix. Están tratando de convencer a los varones de que ser un machote perjudica seriamente la salud de los que están a su alrededor, pero especialmente la suya. «Se trata de mostrar que cambiando de modelo no hay castración, sino una recuperación de la parte humana».

Esa «vigilancia constante», esa demostración sin tregua, acaba agotando a quien la practica, según Pescador. E intenta convencer a los varones para que huyan de esa referencia. «El propio autoconocimiento ha llevado a cada vez más hombres a ver que ese modelo no funciona y a decir que esa es una película que no es para ellos», afirma. Lo que dice está respaldado por los resultados de una investigación reciente de la Asociación Americana de Psicología: «Por primera vez se ha publicado un estudio que vincula la masculinidad tradicional con problemas de salud. Ser un machote duele y es malo».

Entre los hallazgos del trabajo destaca que «la ideología tradicional masculina limita el desarrollo psicológico de los hombres, restringe su comportamiento, da como resultado tensiones y conflictos de género e influye negativamente en la salud mental y la salud física». Y aporta algunos datos ilustrativos: los hombres cometen el 90 % de los homicidios en EE UU, representan el 77 % de las víctimas y son casi cuatro veces más propensos al suicidio.

Pescador las llama muertes «por huevos». «¿Cuántas se producen? En hombres hay más accidentes de tráfico, más muertes por abuso del riesgo, por conducción temeraria, por comas etílicos», abunda. Para el divulgador, la masculinidad asume el riesgo como forma de interacción social, lo que explica la predisposición a la violencia. La necesidad de adquirir la hombría y de certificar la conquista con la aprobación externa instala la ansiedad en los chicos desde la pubertad. Desde entonces y para siempre, el varón que no rompa con el ideal deberá cumplir con sus expectativas y condiciones. Para los investigadores, los datos de la AAP muestran el resultado de este empeño.

Como señala Sanfélix, los varones han puesto en duda este ideal muy pocas veces. Los movimientos antimilitaristas y pacifistas de los 60 fueron los primeros en Occidente en pedir la renuncia a usar armas. Una grieta importante en la corteza de la identidad masculina, porque son el símbolo del guerrero y de la sociedad moderna que construyó. Pero el cambio que ahora amenaza al búnker, al núcleo, se había sembrado y pronto brotarían flores de los cascos de los soldados.


La ruptura de la insumisión


Juanjo Compairé, profesor y miembro de la asociación Homes Igualitaris de Catalunya, recoge en un trabajo titulado Rompiendo filas. Voces desde la objeción de conciencia y la insumisión testimonios de personas que participaron en el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) y en grupos de insumisos durante los años 70, 80 y 90 en España. Entre 1985 y 1995, el número de llamados al servicio militar obligatorio que se negaban a tomar las armas pasó de 12.170 a 72.882 según un reportaje publicado en Interviú recogido por el MOC. Muchos varones ya no se identificaban con la misión del soldado, al menos de forma literal.

La mili desapareció. «A finales de los 90, centenares de miles de jóvenes se oponen al servicio militar y lo hacen inviable. Cayó en 2001 como una fruta madura», explica Compairé. Supuso un tremendo cuestionamiento de los valores, o más bien de su reverso tenebroso, que van aparejados a la figura ideal masculina. «El antimilitarismo del MOC y la insumisión tenía detrás a un grupo diverso de hombres que rechazaba la uniformidad y los roles militarizantes, violentos o de obediencia sin razonar ni criticar», recuerda Compairé.

«El MOC fue una escuela de deconstrucción del hombre violento y fue piedra de toque en esa revisión de la masculinidad, pero luego cada movimiento ha tenido su evolución. Muchos objetores e insumisos forman parte hoy de asociaciones igualitaristas. Y es significativo cómo está aumentando ahora el número de hombres en los estudios de género», concluye el autor de este informe. «Pero la oposición al ejército no es oposición al patriarcado. En eso han sido más influyentes el feminismo y el movimiento LGTBI», aclara.

Uno de los logros más importantes del antimilitarismo en España fue romper con el rito de paso para lograr la «ciudadanía masculina» que representaba la mili. Jóvenes lampiños abandonaban su entorno por primera vez en su vida y aprendían lo que era el mundo real en un escenario jerárquico, autoritario e inflexible. Los gestos, actitudes y comportamientos que imperaban allí se viralizaron y siguen muy marcados en los varones de cierta edad, mientras que los jóvenes han ido relajando el rictus marcial de la generación de sus padres.

«La mili era un rito de paso en cuanto que enseñaba a obedecer órdenes y pretendía ser un aprendizaje de como ser hombres adultos. Otra cosa es que no se consiguiese. Sí podía ser un rito el espíritu de los quintos, porque eran grupos de gente que había pasado por lo mismo en los que se fragua una camaradería excluyente, de gente uniformada que tiene un enemigo y no duda en usar la violencia. De todo esto alguna cosa queda, yo lo sigo viendo en algunas peñas de amigos», considera Compairé. Son características observables en muchos grupos de varones.

El juego de someter para no ser sometido alcanzaba el absurdo durante las novatadas a los que entraban nuevos a hacer el servicio. «La forma de perpetuar el estilo se hacía a través de las novatadas, donde se descargaba la rabia acumulada hacia los nuevos. Había una cierta transmisión de la violencia», recuerda el autor de este trabajo sobre la insumisión.

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