05 de mayo de 2019
05.05.2019
La Opinión de Málaga
Memorias de Málaga

Historia de una familia de aquí

Nació en la Alameda de los Tristes, jugó al fútbol en el Campo del Carbón, conoció a su novia que vivía en la Casa de las Tres Chicas, vivieron en El Desfile del Amor y prefirieron La Pantera Rosa a la Casa de los Fantasmas

05.05.2019 | 05:00
La cubierta de madera del Palacio de la Tinta, vista desde el interior del edificio en 2008.

Había nacido en la Alameda de los Tristes, frente al Palacio Chico, y siempre pensó, cuando se retiró la denominación de los Tristes por Colón, que el monumento al final en el enlace con la Avenida de Manuel Agustín Heredia, que la figura sedente correspondía a Cristóbal Colón. Más tarde descubrió que no, que el personaje del monumento era Heredia, prócer del desarrollo industrial de Málaga y que no era malagueño, sino riojano de Sierra Cameros, provincia de Logroño.

Conoció a la que después sería su mujer, una joven bella y hacendosa que habitaba en la Casa de las Tres Chicas, en una calle con salida a la Alameda de Carlos de Häes, que fue un pintor ligado a Málaga, y que se le retiró el rótulo para sustituirlo por Córdoba.

De los años de su juventud recordaba un almacén en los que se anunciaba la venta de Nitrato de Chile, la parada de algunos autobuses de líneas interurbanas y el cuartel de la Policía Armada. Se acordaba también del Café de la Maestra en la calle Tomás Heredia donde siempre había señores mayores jugando al dominó provocando un ruido infernal al depositar con fuerzas sobre el tablero de mármol las fichas.

Cuando se casaron porque ya estaban en edad y condiciones para contraer matrimonio, alquilaron un piso en El Desfile del Amor porque él trabajaba en el Palacio de la Tinta y ella rellenaba las facturas en el Chorro. Poco después alquilaron un piso más económico en las Casas de Cantó.

La pareja tuvo dos hijos, ambos varones. Los dos fueron al colegio del Palo; el mayor era muy buen estudiante y llegó cuando cursaba el sexto de bachiller a ser Príncipe, la máxima distinción del colegio de los jesuitas que se renovaba cada año; su hermano menor, poco dado a hincar los codos, no llegó a tanto. Mientras el primero se matriculó en la Escuela de Comercio que estaba en la calle Beatas, el menor tuvo tendencia para convertirse en un pinta que participaba en las pedreas de las bandas de chaveas de la Malagueta donde existían garajes, talleres de fundición, casas de pescadores, merenderos, una bodega€

Los dos hermanos se bañaban en las rocas, porque entonces no había apenas playa; el menor, más aventurero, se aproximaba a la batería de San Nicolás y se bañaba en la llamada playa de lavachochos. Después, con amiguetes de la zona, se bañaba en la dársena del puerto y se lanzaban desde lo alto del dique de la Unión de Levante al agua jugándose la vida. Lejos de estudiar en serio como su hermano jugaba al fútbol en el Campo del Carbón, se mezclaba con chicos de El Bulto y se inició en el sexo en el Relleno.

El mayor, al terminar la carrera de Comercio, empezó a trabajar en una empresa que se dedicaba a la exportación de frutos secos. Durante la vendeja, precisamente en la calle del mismo nombre, despachaba la mercancía. En dos o tres meses en la empresa se trabajaba a destajo porque el principal producto, la pasa moscatel, tenía que llegar a primeros de diciembre a los países nórdicos, ya que la pasa, entonces, era un producto navideño, como los mantecados y turrones en España. Los comercios suecos, daneses, noruegos€ ofrecían las pasas de Málaga que eran muy apreciadas.

Como se decía por aquellos años, el joven se echó una novia formal, que había nacido en el barrio de Chupa y Tira, que era el calificativo cariñoso del barrio de la Victoria. Era una chica modosa que había sido muy bien educada por sus progenitores, centrando su educación en dos materias aparte de cursar los primeros estudios en las Teresianas. Sabía tocar el piano, hacer croché y preparar galletas y magdalenas.

Era, como decían algunos conocidos, una pareja antigua, apegada a costumbres un tanto estrictas de las dos familias.

La pareja tuvo la suerte de ser agraciada con un buen pellizco en el sorteo de Navidad un año antes de la boda. Optaron, de mutuo acuerdo, por adquirir un piso en la zona este, no lejos de la casa de sus padres, en Cantó. Sopesaron dos opciones: comprarse un piso en la Pantera Rosa o en la Casa de los Fantasmas, muy cerca un bloque del otro. Por miedo –miedo de ella- de que los fantasmas existieran y su vida se convirtiera en una constante preocupación, los dos se decidieron por la Pantera Rosa aunque la visión del arroyo de la Caleta no fuera la mejor vista.

A poco de casarse, ante la cercanía de convertirse en padres, buscaron una chica que pudiera trabajar en las tareas domésticas. Se arriesgaron, contra la opinión de algunos amigos, a contratar a una joven de unos diecisiete o dieciocho años que vivía en Los Palomares. La decisión fue acertada porque no respondía a las preconcebidas ideas de que todos los habitantes de Los Palomares eran unos chorizos.

En aquellos años era costumbre los viernes o sábados bajar al centro de la ciudad para visitar dos comercios muy acreditados: La Meca de los Pantalones, sita en la esquina de Puerta del Mar con Atarazanas, y Calzados Sublime, en la calle Granada la estrecha. La Meca de los Pantalones era una empresa malagueña en la zona de Olletas tenía una nave industrial en la que fabricaba en serie una prenda que se extendió a provincias cercanas. La pareja, aparte de las obligadas visitas a los dos comercios, solía hacer una escapada a la calle Nueva para merendar en La Imperial, ella un rosco tonto y él una maceta con una espiral de merengue. El rito se cumplía con un vaso de agua que manaba de un grifo sobre una pileta de mármol.

El Batatá y la fábrica de la porla


El otro hermano, el pinta, después de rondar por un lado y otro, trabar amistad con un pitejo que le invitaba a subir al pescante del coche fúnebre después de dejar al muerto de turno en el Batatá, encontró un empleo que no respondía a las expectaciones familiares. Sus padres habían fallecido y no tuvieron que pasar la vergüenza de ver a su hijo trabajando en la fábrica de la porla, a la que acudía a diario en el Panchito López. Jubilado anticipadamente por un problema bronquial, se refugió en una modesta vivienda en la Carreterita, y algunos días, se daba un garbeo hasta La Araña para contemplar con desagrado la torre de los Chinos, cuyo inicios vivió hasta su jubilación. Pero ahora tenía que ir andando porque el Panchito se había desmantelado.

El hermano mayor, feliz en la Pantera Rosa con tres niños que por turno fueron a la guardería del Limonar, cuando llegó la crisis de la exportación de frutos secos a Escandinavia y Venezuela, hizo la carrera de Graduado Social en la que le conmutaron algunas asignaturas porque llegó a ser Profesor Mercantil. Montó una gestoría en el Callejón de las Gambas y se dedicó a una actividad muy demandada en la primavera de cada año: preparar la declaración de la renta de ciudadanos que no entendían nada de los rendimientos del capital mobiliario a integrar en la base imponible, régimen especial de fusiones, escisiones y canjes de valores, cuota diferencial, deducciones de las cuotas íntegras y otros conceptos que los ciudadanos normales no entendían. El gestor les hacía la declaración tratando de que saliera negativa o que pagaran lo mínimo a Hacienda que, en su afán de recaudar el máximo, lanzó el eslogan ¡Hacienda somos todos!... pero menos.

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