19 de mayo de 2019
19.05.2019
Cosas de España

Cosas de España

Es este un libro que recomiendo vivamente, porque aunque contiene páginas memorables junto a otras que son simples crónicas de sucesos, en cada una de ellas hay una sutil observación, un comentario inteligente, una frase aguda, un descubrimiento...

19.05.2019 | 05:00
Fachada de la casa de Gerald Brenan en Churriana.

Posiblemente sea Carlos Pranger una de las pocas personas que conozco, capaz de compaginar un perfecto y pulido acento oxoniense en su inglés materno y un cerrado acento alpujarreño en su español diario, convivencia que solo espíritus ilustrados y sensibles, como él, son capaces de conseguir. Pues bien, Carlos ha utilizado ese background lingüístico, junto al cariño que pone en toda su labor intelectual, acentuado en este caso por razones obvias, en la traducción de una serie de artículos, pequeños ensayos, crónicas, recensiones y reseñas, que Gerald Brenan publicó en diversos medios, como Horizon, The New York Times, Holiday o The New York Review of Books, entre los años 1925 a 1983 y que Fórcola ha publicado recientemente, con el nombre que encabeza este artículo, con el apoyo de la Casa Brenan, en la cresta de la ola en la organización de actividades, tras el desembarco en ella de Alfredo Taján, que parece tener la intención de reverdecer los acantos, que púberes canéforas le ofrendaron en el Instituto Municipal del Libro, aniquilado en una torpe decisión ciudadana. La tarde de la presentación de este libro en Churriana, al contemplar el salón lleno y oír las palabras de Carlos, Javier, Alfredo y Paco llegué a la conclusión de que las cosas que están bien han de mantenerse y tratar de mejorarlas y engrandecerlas y pulirlas, pero nunca eliminarlas y, menos aún, olvidarlas.

Dicho esto, tengo que decir que nunca me he sentido muy «geraldiano». No sé por qué, siempre he tenido la impresión de que Brenan era un hombre no excesivamente simpático, incluso hosco. Es posible que retenga en mi memoria su relación con Julio Caro Baroja, que era ciertamente seco, aunque dotado de una finísima ironía, pero sin llegar a la simpatía extrovertida de su hermano Pío, o aquellas imágenes degradantes de un Brenan anciano, traído y llevado como un trofeo de un sitio a otro en los últimos tiempos de su vida. Algo de ello debe ser. En todo eso pensaba mientras leía Cosas de España. Hasta el punto de que llegué a enviar un mensaje a Carlos, preguntándole si Brenan reía. Me contestó que sí, que sonreía mucho, con irónica sutileza inglesa.

También, siendo sincero, como siempre intento ser en mi vida, aunque a veces no lo consiga, he de decir que la afición extranjera a estudiar España y su Historia, su vida, sus costumbres antiguas, su religión cuando la tenía, su ser y existir, que constituyen eso que se ha llamado Hispanismo, me pone un poco de los nervios, por no decir que me saca de quicio. Esos franceses supremacistas, equivocados la mayoría de las veces por su falta de rigor, que llevaron a Masson de Movilliers a preguntarse en la Enciclopedia «¿qué se debe a España?», o al desnortado Antoine Latour, en su desesperada búsqueda del exotismo oriental a comparar el puerto de Pasajes (Guipúzcoa) con Constantinopla, o una campesina vasca con una hurí granadina, qué calificación merecen? En el caso de los hispanistas ingleses suele existir, casi siempre, un verdadero amor a España, con excepciones irlandesas necrofílicas, pero no puedo evitar considerarlos como entomólogos, que con una lupa y un palito remueven un hormiguero para ver cómo reaccionan las hormigas rojas, o negras, o casi siempre obreras, en sus constantes afanes, o en sus combates a muerte.

No es este de ninguna manera el caso de Cosas de España, ni de Gerald Brenan. Es este un libro que recomiendo vivamente, porque aunque contiene páginas memorables, junto a otras que son simples crónicas de sucesos, en cada una de ellas hay una sutil observación, un comentario inteligente, una frase aguda, un descubrimiento que nadie había hecho anteriormente, o que a nadie se le había ocurrido. Hay una frase en el libro que me ha hecho reír, porque supone la constatación de algo tan obvio y tan mordaz, que no conozco a nadie que se le haya ocurrido. Viene a decir que no hay un ateo más ateo, que un ateo español y no hay un católico más católico, que un católico español. Para decir una cosa así hay que conocer muy bien este país y su historia.

Cuando hace unos meses celebramos un acto de homenaje a Gamel Woolsey en el Cementerio Inglés de Málaga, estaba presente en todo momento San Juan de la Cruz, como el místico de los místicos, el amor de los amores, «amada en el amado transformada». Todo eso late en las páginas de esta obra que comentamos: el amor a España, el comprender y entender y aprehender a San Juan de la Cruz, en su relacionarlo con Garcilaso de la Vega- el cortesano perfecto de Castiglione- y con el Cantar de los Cantares, ese extraño libro veterotestamentario, que más bien parece escrito por D, H, Lawrence que por Salomón. El análisis profundo de Cervantes y el considerar a Don Quijote como el trasunto de la desdichada vida de su autor, como todo lo que le desagradaba de sí mismo y nunca como una alegoría de España. Las altas y sublimes páginas que dedica al Museo del Prado, en las que demuestra su conocimiento del mismo y de la pintura española, de Zurbarán y sus monjes, del Greco como un bizantino de la Iglesia triunfante y no militante, como quería Felipe II y llevó a cabo Ignacio de Loyola en sus Ejercicios, de Velázquez, como el artista capaz de transitar dentro del aire de sus obras, de la Anunciación de Fray Angélico y del Tránsito de la Virgen de Mantegna, como el cuadro que salvaría del museo si hubiera un incendio, exactamente igual que dice Eugenio D'Ors en su Tres horas en el Museo del Prado. De la Mezquita de Córdoba, como el ultimo monumento bizantino de la historia, con sus influencias romanas de la doble arcada como un acueducto y los mosaicos del mihrab, hechos por bizantinos enviados por el emperador Nicéforo Focas, cargados con trescientos veinte quintales de teselas de lapislázuli, malaquita y pan de oro, en la misma línea que sostiene Gabriel Ruiz Cabrero. De la publicación de España 1808-1936, la grandiosa obra de Raymond Carr, que me trae tantos recuerdos de noches de estudio€ Y su admirable y elogiosa objetividad- cuántas veces deberían leer este libro los redactores de la Ley de la Memoria Histórica-al analizar los hechos y los crímenes que ambos bandos cometieron antes, durante y después de la Guerra Incivil...

La última de las crónicas la dedica a nuestra ciudad, Un inglés recuerda a Málaga, ¡qué certero y bellísimo título! En ella dice textualmente: «Han notado ustedes que es una de las pocas ciudades de España que no presume de algo y no se asigna ningún papel dramático?».

Por ello, está bien y es bueno que descanse para siempre en el cementerio de la Cañada de los Ingleses, rodeado de buganvillas, pimenteros, geranios y caracolas, junto a poetas y guerreros, al pie del imponente monte, esperando dar a la caza alcance. Junto a Gamel, sobre cuya tumba depositamos Maria Victoria, Rosa, Carlos, Alfredo y muchos más un ramo de rosas hace unos meses.

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