26 de mayo de 2019
26.05.2019
Mirando atrás

Miguel Ángel Delgado, la enseñanza cálida y de calidad

El profesor malagueño ha enseñado durante cerca de 35 años en el Colegio San Estanislao

26.05.2019 | 05:00
Miguel Ángel Delgado Baeza, esta semana delante del Colegio San Estanislao, del que ha sido alumno y más tarde profesor.

Cofundador en 1971 del Grupo Scout 125, en su trabajo han destacado la innovación pedagógica y el fomento del conocimiento de la Naturaleza

Miguel Ángel Delgado Baeza, además de amar el campo es una fuerza de la Naturaleza, por eso este malagueño del 45, hijo de un generoso médico militar que atendía a los más humildes del Palo y que fue pionero en el estudio del cáncer, y de un ama de casa que le inició en los primeros paseos por el campo, no deja de crear y participar en mil y un proyectos.

Creció junto a la tapia del Colegio del Palo, en la calle Padre Hidalgo y ya en parvulitos acompañaba a su maestra, Antoñita Báez, a clases particulares, con el permiso de sus padres. «Desde pequeño iba mamando la Enseñanza», explica.

Entrar en el vecino colegio de los jesuitas fue «una experiencia muy bonita», sobre todo al comprobar cómo los entonces llamados maestrillos se preocupaban por los alumnos externos como él, los que no dormían en el colegio.

De esos años 50 recuerda «la subida clásica de todos los colegios de la zona al Monte San Antón», y cómo a veces coincidían tres colegios, «así que el primero que subía se quedaba arriba, y los demás esperábamos abajo, a una cierta altura, hasta que nos dejaban subir».

Tanteó unas oposiciones pero decidió ser maestro y entrar en la Escuela de Magisterio de El Ejido. Allí sacaría el título, pero como explica, «donde verdaderamente aprendí a ser maestro fue en la mili y en los scouts».

La mili la hizo en Granada con los Boinas Verdes. «Fue una mili dura pero me encantó porque me gustaba la montaña. Aprendí a escalar y quise hacer un club de montaña en Málaga», detalla.

De esta mili tan activa cuenta que «aparte de formarme, aprendí a ser libre, a no tener miedo a nada, a andar por el campo por la noche, a andar por esas calles que te dicen que no te metas...¿por qué no?», sonríe.

Y le marcó el capitán, Pedro Cobos, «por la forma de docencia, el saber mandar y estimular para que hiciéramos cosas que parecían imposibles; además, si había que andar 50 kilómetros, él los andaba y si había que escalar, escalaba. Me enseñó valores humanos y sobre todo, como docente. Este es el maestro, me dije».

También le marcaron los Boy Scouts. Precisamente, en 1971 funda junto con los jesuitas José Pablo Tejera y Antonio Aibar el Grupo Scout 125. «Con ellos aprendí los valores del escultismo, en los que creo y también que mi tiempo es mío, no es igual a pesetas, así que puedo dar mi tiempo».

En 1984, en Perea, a los pies del Monte San Antón con el padre Tejera y compañeros scouts del Grupo 125.

Regreso al colegio


Por todo ello, confiesa que cuando dos años más tarde, en 1973, pudo entrar como profesor de EGB en el Colegio San Estanislao, se sintió feliz. «Para mí fue una gozada, no lo creía».

Además, su primera promoción, 45 alumnos que acompañó en Tercero y Cuarto de EGB, le dejó una huella imborrable. De hecho, todos los años, cada 3 de enero, se reúne con ellos en una venta de Málaga. «Creo que vamos a hacer algo por el 45 aniversario», cuenta. Entre estos alumnos se encuentran el poeta y antiguo columnista de La Opinión, Álvaro García y Eduardo Pastor, expresidente de la Agrupación de Cofradías.

Con esta primera promoción inició unas innovaciones pedagógicas que han sido una constante en su carrera. Con ellos empezó a hacer salidas al campo acompañados por sus padres «y se formó un grupo, fue una clase de la que aprendí mucho y no sé si yo les marqué», destaca.

Con su primera promoción de alumnos, 1973/75, que marcó su carrera como profesor y con la que se reúne todos los años.

Los viernes por la tarde


También inició entonces la pequeña fiesta de los viernes por la tarde, una ocasión para que los alumnos cantaran, hicieran obras de teatro escritas por ellos, poesía, imitaciones, programas de radio... una forma de que los niños «además de pasárselo bomba, aprendieran a pensar, a crear, aprendían vocabulario, a expresarse y a perder el miedo al ridículo, algo que aprendí de los scouts en los fuegos de campamento».

Eran funciones a las que a veces acudían los padres y hasta actuaban las hermanas de los alumnos. Y todo ello, sin que ese viernes por la tarde impidiera desarrollar el programa escolar establecido.

Y así era cada vez que salía con la clase al campo o a un museo, oportunidades que el profesor aprovechaba para enseñar, «no solo los valores humanos, también los sociales, los artísticos, los de la Naturaleza...».

Otra iniciativa que llevó a cabo hasta su jubilación fue fomentar la escritura de cuentos escritos a mano por sus alumnos y que él mismo se encargaba de encuadernar. Todavía se conservan cerca de 200 de estos volúmenes en la biblioteca del colegio. Y una curiosidad: primaba la creatividad, por eso no importaban en este caso las faltas de ortografía. «Porque para corregírselas, para eso les ponía mejor un dictado».

En 1975-76 se pide un año de excedencia para mejorar su inglés y conocer novedades pedagógicas, marcha a Cambridge y allí se da cuenta de que algunos alumnos que tuvo en Málaga con dificultades en realidad tenían dislexia, algo desconocido en España.

Estudios en el Reino Unido

Durante su año en el Reino Unido se especializa en dislexia, acude a cursos y a su regreso funda la Asociación de Dislexia de Málaga, la primera de este tipo en España. A su vuelta, sigue desarrollando esa docencia cálida, cercana y de calidad que le ha caracterizado. Y con su espíritu de lucha, a mediados de los 90 supera una grave enfermedad («tuve un paro respiratorio, llegaron a darme por muerto») y con los conocimientos adquiridos para superar la dislexia, él mismo pudo regresar a las aulas en un tiempo récord.

El profesor malagueño, esta semana con algunos de los libros de cuentos de sus alumnos que ha encuadernado a lo largo de toda su carrera.

La vida de Miguel Ángel Delgado no cabe en este reportaje. Hace cuarenta años que creó el Club de Cultura de San Estanislao, lleva casi dos décadas organizando el Gran Juego Botánico en La Concepción, es Premio Montes de Málaga, fundador de la Asociación de Profesores Jubilados y Prejubilados del Colegio San Estanislao de Kostka, del grupo de scouts adultos de Málaga, autor de dos libros, un experto en huertos escolares...

Este querido y admirado profesor quiere dar las gracias a Lola, su mujer, y a sus hijos, a todo el personal docente y no docente del Colegio del Palo, a sus antiguos alumnos, a la Asociación de Antiguos Alumnos, padres, abuelos, a la dirección del colegio, APAs, a las colaboradoras del Club de Cultura SEK...

Cuando echa la vista atrás a su etapa de profesor concluye: «He tenido la suerte de ser feliz y además me he jubilado siendo feliz».

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