02 de junio de 2019
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Actualizado: 02-04-20 11:52h
Rey Juan Carlos I

Old fashion

Hoy, dos de junio, será el día en que el Rey diga adiós a la vida pública. Con él tenemos una deuda de gratitud: recibió de Franco todo el poder, sin freno alguno, y lo entregó a su legítimo propietario y dueño, el pueblo español

02.06.2019 | 05:00
El Rey Juan Carlos, en la inauguración del Museo Picasso, en 2003.

Los protagonistas de la Transición eran personas pasadas de moda, antiguas, que no habían alcanzado, gracias a Dios, el grado de modernez del que hoy disfrutamos

Como todos sabéis, el título de mi artículo de hoy significa «pasado de moda» en inglés. Y el escribirlo en inglés lo hace aún más pijo y anticuado, cosa que es lo que realmente pretendo. Son las ocho y media de una tarde de principios de verano, en que la luz transparente del ocaso se filtra tamizada por entre los castaños de Indias del Limonar y crea una atmósfera irreal, añeja, como un retorno al pasado, como cuando no existían bloques de pisos, ni tiendas de chinos y mi casa era el Hotel Limonar, donde a esta hora los ingleses cenaban en el jardín, alumbrados por pequeños candelabros en las mesas y solo se oían los ecos de alguna música de fondo que tocaba una orquestina en un rincón con bambúes. Venía pensando en todo eso y observo como entra gente vestida de boda en Limonar 40, la antigua Villa Amalia y en la casa de Concha Álvarez, hoy colegio del Limonar, una cola de padres endomingados esperan que se abran las verjas del jardín, para asistir a la fiesta de graduación de sus hijos e hijas.

Hago la distinción para poder decir ahora que los chicos van de smoking y las chicas de blanco largo. Una espectacular jacaranda recibe de lleno los rayos de la última luz del sol y se destaca contra el verde del túnel del paseo. Podría ser plausible que ese verde y morado fueran el origen de la extraña combinación de colores de la bandera de esta ciudad. Tan extraña que solo la he encontrado en las corbatas de un college de Oxford. Sería muy hermoso que ese fuera el origen, aunque ya sé que fue una concesión de los Reyes Católicos.

Adiós a la vida pública


Hablando de reyes – con más frecuencia de la debida escribo de cosas pasadas de moda, o fuera del tiempo, de cosas que no se estilan – cuando ustedes lean estas líneas será dos de Junio y será el día en que el Rey dirá adiós a la vida pública y lo hará en una corrida de toros-con perdón- como debe ser, en Aranjuez, junto a los canales del Tajo, donde las falúas reales representaban naumaquias en el Dieciocho. La corrida será en honor y homenaje a su madre, Maria de las Mercedes, tan sevillana como el amor inconcluso de Alfonso XII, que le inculcó el amor a los toros- sin perdón- y acompañado por los miembros más castizos y auténticos de la actual Familia Real. Los demás podrían ser noruegos con toda tranquilidad y normalidad.

Tras este largo y añejo inicio, tengo que decir que si alguien me hubiera dicho el año setenta y cinco que hoy estaría escribiendo esto, no me lo hubiera creído. Ni muerto. Pero no porque yo haya pertenecido nunca a la cofradía del permanganato potásico, como decía un muy querido amigo que la leucemia me arrebató, sino porque al comenzar su reinado, nadie hubiera apostado veinte duros de entonces porque Juan Carlos I fuera a permanecer tantos años en el trono.

Dicho lo cual, no voy a discutir las razones por las que el Rey- con mayúscula, el actual es el rey Felipe- ha tomado la decisión de desaparecer. Pilar Urbano puede decir lo que quiera y Federico también. En mi opinión se va porque tiene ochenta y dos. Está hasta las reales narices de críticas, de cotilleos, de difamaciones, de murmuraciones, de programas del corazón en los que intervienen zarrapastrosos indocumentados y, sobre todo, de ingratitud. Sí, de ingratitud.

Recuerdo a Juan Carlos I como un señor joven, que te apretaba la mano al estrechártela y te hacía daño con el sello que lleva en su meñique derecho, con una extraordinaria elegancia y presencia, con un porte imponente, como diría un castizo, con marcadas y ennegrecidas ojeras, con la palidez de la cera, jurando como rey en unas Cortes, presididas por el energúmeno Rodríguez de Valcárcel, gritando «desde el recuerdo a la memoria de Franco, Viva el Rey», mientras los procuradores ovacionaban frenéticamente al Caudillo, dejando claro que ese era su señor y no el Borbón. ¿Cómo iba a durar aquello? Era absurdo. Y encima aquel miserable Arias Navarro, que ninguneaba al Rey y se dedicaba a conspirar, como llevaba años haciendo en aquella corte pueblerina y beata del marques seudo Barnard, Doña Carmen, entre López y Aldao, y aquella colección de momias y esperpentos, que le habían hecho el vacío y apodado «la griega» a Doña Sofía, hija, nieta, esposa y madre de reyes y bisnieta del último emperador de Alemania y de Victoria de Inglaterra.

Doña Sofía, la Reina, venía efectivamente del palacio de Tatoi, un chalet grande en Atenas y una familia sin recursos, hasta el punto de que el primer día que Villacieros le enseñaba Madrid desde un coche, creyó que la imponente embajada de Italia en la esquina de Velázquez con Juan Bravo, era el palacio real. Cuando la pobre señora, con perdón, contempló el Palacio de Oriente casi se desmaya.

Esa es la grandeza de este país, aún llamado España. Y más grande aún cuando este Rey, con el que el pueblo español tiene una deuda de gratitud, porque es de bien nacidos ser agradecidos y si no, seríamos unos mal nacidos, recibió de Franco todo el poder, todo, absolutamente todo, sin freno alguno, sin cortapisas, sin obstáculos, un poder como el de Napoleón o el zar de Rusia, y lo entregó a su legítimo propietario y dueño, el pueblo español, que gracias a su inteligencia pasó de ser súbdito a ciudadano y soberano de sí mismo y de su destino.

La única salida


Gracias a su inteligencia y a Adolfo Suarez y Torcuato Fernández Miranda, y Felipe González y, naturalmente, Santiago Carrillo, que aceptó la corona y apareció en televisión junto a la Bandera Nacional. Y no me hablen, por favor, de asesinatos, que los hubo a miles en ambos bandos. Pero aquel grupo de hombres inteligentes, generosos y patriotas llegaron a la conclusión de que la única salida para no volver a matarnos era aceptar unas reglas de juego comunes, convinieron y acordaron que no habría represalias, ni venganzas, ni agravios comparativos, ni prisiones debidas, ni ajustes de cuentas.

Eran obviamente, personas pasadas de moda, antiguas, que no habían alcanzado, gracias a Dios y por suerte para ellos, el grado de modernez del que hoy disfrutamos. Se imaginan ustedes una Transición con los afectados, incapaces, inanes, inermes, iletrados y en algunos casos, zafios politiquitos de hoy?

Pues aquello fue posible porque el Rey, sí, el Rey, perteneciente a aquella familia que los falangistas cantaban a voz en grito «no queremos reyes tontos», cogió el toro de la democracia por los cuernos y dijo, ¡ya está bien!

Los que vivimos aquello sabemos de lo que hablamos y contemplamos con estupor la ignorancia inducida de los españoles menores de cincuenta años, a los que nadie, en ningún sitio, familia, escuela, colegio o universidad les ha enseñado que lo que hicimos entonces entre todos, encabezados por el Rey que hizo dejación de su poder, fue algo realmente extraordinario, de lo que sentirnos orgullosos, algo que conmovió al mundo y que se estudió fuera infinitamente más que dentro, como suele suceder aquí en esta casa común.

El Rey se había ido ya, pero ahora lo hace definitivamente y se cierra otra página más de nuestra historia y de nuestra experiencia vital. De nuestra vida en definitiva, que va acabándose como esta tarde de comienzos de verano.

Yo sí le doy las gracias, Señor, porque nos devolvió la libertad, en una muestra de generosidad solo comparable a la inteligencia que demostró con ello. El futuro está por escribir, pero nada parece augurar una felicidad sin límites, sino todo lo contrario. Como entonces. La diferencia es que entonces había un grupo de hombres, que hoy no existen ni por asomo. O al menos, no se les ve. Demos un margen a la esperanza.

Yuval Noah Harari


Estoy leyendo a Yuval Noah Harari. Lo empecé porque mi cuñada Rosario Puig me convenció. Tengo que decir que me tiene enganchado. La inteligencia siempre suele engancharme y este profesor de Jerusalén la tiene a raudales, la claridad de ideas le desborda y es una delicia su lectura. Se lo recomiendo. Hace dos semanas recomendé Cosas de España de Brenan y me entero de que hoy se lo han regalado a Doña Letizia en la Feria del Libro. Bueno, pues dice Harari que vivimos un mundo de mitos, que devienen en convenciones, que aceptamos entre todos como una fórmula de convivencia. Es decir, que la monarquía es un mito, como las sociedades anónimas y como la república también.

Los conservadores liberales somos muy poco aficionados a cambiar lo que se ha demostrado que funciona muy bien. La cuestión, como siempre está en la educación, la formación, la enseñanza y la pedagogía.

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