09 de junio de 2019
09.06.2019
Mirando atrás

Siete décadas de un museo de la hostelería

En 1949, José Gálvez y Aurora Toro, tras estar al frente del bar El Brillante, en Puerta Nueva, decidieron trasladarse a la calle Pozos Dulces y abrir el bar El Diamante. Siete décadas después, conserva gran mayoría del mobiliario y objetos originales

09.06.2019 | 05:00
Siete décadas de un museo de la hostelería
Francisco Cerezo, esta semana en el bar El Diamante, al que entró a trabajar con 22 años, y que compró tres años más tarde.

Nació en plena posguerra, el mismo año en el que nacían la República Popular China y la República Democrática Alemana.

El Diamante, fundado en el número 3 de la calle Pozos Dulces, cumple 70 años en plenitud de facultades y con buena parte del mobiliario de esos comienzos, 1949, como la prodigiosa nevera forrada de madera que funciona como el primer día, las estanterías o la barra de mármol.

Lo fundaron un matrimonio de primos hermanos, don José Gálvez Toro (1911-1991), de La Cala, descendiente de los Gálvez de Macharaviaya y su mujer, la paleña Aurora Toro Alcaide (1920-1996).

«Mi padre abrió primero el bar El Brillante, junto al Parador de San Rafael, en una época en la que calle Compañía y Puerta Nueva eran tal vez las más comerciales de Málaga, con los cosarios alojados en el Parador de San Rafael, que se dedicaban a comprar cosas para llevarlas a los pueblos», cuenta Miguel Ángel Gálvez, uno de los dos hijos de la pareja, exsubdelegado de Defensa y actual presidente de la Asociación Bernardo de Gálvez.

Parece que por una discrepancias en el precio del alquiler, el matrimonio cerró El Brillante y abrió El Diamante en Pozos Dulces, una calle en la que también vivieron. En cuanto a los nombres de los establecimientos, su hijo cree que tienen que ver «con que mi padre, que era la persona más seria y honesta que he podido conocer en mi vida, quería que lo que él hiciera brillara, que fuera algo conocido, lo mejor; creo que por ahí viene lo de ponerle El Brillante y luego diría que El Diamante».

El matrimonio abrió además una lechería (también llamada El Diamante) en la vecina calle Horno para vender leche de vaca y de cabra. «Estuvieron prácticamente hasta que llegó la ordenanza de que había que pasteurizar la leche y se creó la Central Lechera Malagueña».

Fueron años de muchísimo trabajo, recuerda Migue Ángel Gálvez. Su padre compró uno de los primeros land rover de Málaga y recorría las vaquerías de los alrededores de la ciudad, mientras su madre estaba al frente de la lechería y cuidaba de la casa y la familia.

El lactómetro


Don José, un comerciante ejemplar, nunca permitió que le dieran gato por liebre, por eso su hijo recuerda que cuando le llegaba la leche, «usaba un aparatito, un densímetro que él llamaba lactómetro, para introducirlo en la leche, y si aquello no estaba dentro de unos márgenes y descubría que tenía agua, pagaba al lechero y luego delante de él cogía las cántaras, tiraba la leche y le decía que no volviera más».

Esa actitud hizo que a la lechería El Diamante le fuera muy bien y surtiera Casa Mira, La Veneciana y los principales bares de Málaga.

Y como había leche tan a mano, el bar pronto ofreció uno de sus productos estrella: la leche con fresa.

En el bar, por cierto, se trabajaba a destajo. Don José abría el negocio a las 5 de la mañana, para captar a los más madrugadores, esos que comenzaban el día con una copita de coñac o de anís y el establecimiento podía cerrar a las 11 de la noche (y después tocaba barrer y fregar el bar a diario).

El Diamante, que se centraba sobre todo en desayunos y en tapas hechas por doña Aurora, atendía sobre todo a muchos comerciantes de la zona y se preciaba de no cerrar ningún día del año.

«Mis padres han trabajado muchísimo, eran 365 días al año. Nunca tuvieron vacaciones. La primera vez que cerró un domingo, después de insistirle mucho, mi padre se quedó dentro del bar, con las puertas abiertas a la mitad, por si alguien le pedía alguna cosa, para servírsela», recuerda Miguel Ángel.

Hacia comienzos de los años 80, cuando ya su padre superaba los 70 años, decidió traspasar el negocio a sus propios empleados. «Eran gente de cincuenta y tantos años y decidieron que podían sacar el negocio adelante». Se trataba de José Montilla Ponce, Juan Ruiz Rosales y Antonio Fernández Reina.

En 1991 fallece don José, y su mujer decide dejar su piso, frente el bar y mudarse encima de El Diamante.

Antigua servilleta de papel del establecimiento. Foto; Álex Zea

El relevo


Pero la historia de este clásico bar de Málaga continúa, porque en 1994 uno de los tres nuevos dueños se jubiló y para sustituirlo entró a trabajar un joven de 22 años que había hecho la FP de Electricidad. «Acababa de terminar la mili, de FP no salía trabajo, me dijeron que faltaba un muchacho y entré; pensé que sería por un tiempo», comenta esta semana Francisco Cerezo Tapias, que desde ese año no sólo trabaja en el bar sino que en 1997 decidió comprarlo a los dos dueños, a los que les había llegado la jubilación.

«Los tres primeros años ni cogía vacaciones; ya tendré tiempo de quedarme parado, pensé... pero no», sonríe.

Ya como propietario, en los comienzos sus padres le estuvieron echando una mano, y también su novia, Mariví Castillo, con la que se casó y sigue trabajando en el bar.

«Gracias a Dios, con este negocio me he casado, me he comprado el piso y el coche; para qué cambiar», comenta Francisco -Francis, para muchos clientes-.

El Diamante sigue ofreciendo leche con fresas todo el año: «Es leche con jarabe de fresa de Bodegas Quitapenas», detalla, y además del mobiliario conserva carteles, botellas de 1970 y varios objetos de tiempos del matrimonio Gálvez Toro.

Uno de ellos, todavía en activo, es la máquina de café y otro, la máquina de soda, que la tiene de adorno. La intención de Francisco es mantener estos recuerdos históricos que hacen de El Diamante uno de los bares con más encanto e historia de Málaga. Un auténtico museo de la hostelería local, en funcionamiento.

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