23 de junio de 2019
23.06.2019
Aniversario

Museo Alborania: tres décadas al servicio del mar

Cinco soñadores echaron a andar el Aula del Mar en 1989. Hoy, treinta años después, el proyecto, que nació para la educación ambiental de la población, sigue desarrollando actividades de este tipo, tiene un gran museo en el muelle dos y un centro de recuperación de especies

23.06.2019 | 05:00
Museo Alborania: tres décadas al servicio del mar
Una morena reposa tranquila en su acuario del Museo Alborania.

El 7 de julio de 1989, cinco soñadores (dos biólogos, una psicóloga, un maestro y un especialista en acuarios) decidieron crear el Aula del Mar, un centro que nació con una vocación de educar ambientalmente a la población, de alertar sobre el daño que el humano puede hacerle a los océanos. Tres décadas después (que se cumplirán el 7 de julio), la entidad, que es una cooperativa, continúa con su labor con el Museo Alborania, 400 metros cuadrados de espacio expositivo en el corazón del muelle dos, el Centro de Recuperación de Especies Marinas (CREMA) y con sus talleres para concienciar, entre otras cosas, del daño que las toallitas que arrojamos al váter o el plástico que lanzamos al mar son muy nocivos para el medio acuático.

La Opinión de Málaga ha visitado el Museo Alborania, que expone más de 5.000 piezas y al que acuden no sólo escolares, sino muchos turistas, con el fin de celebrar con el Aula del Mar sus treinta años de vida. Juan Jesús Martín, biólogo y socio fundador de la cooperativa, destaca que, en su existencia, han constatado la existencia de dos milagros: «Seguimos los cinco que empezamos y continuamos ayudando a malagueños y visitantes a descubrir el patrimonio natural del Mar de Alborán». «Nosotros siempre pensamos en la educación ambiental, veíamos que nadie se da cuenta si en el mar, oculto por el gran azul, desaparece una pradera marina; en cambio, si vas por el campo o por el bosque, sí lo ves», explica. Por eso iniciaron así su actividad, con acciones para concienciar a la sociedad sobre la importancia de respetar nuestros mares y con el museo, que estuvo 23 años en la antigua Cofradía de Pescadores, hasta que en diciembre de 2012 se mudaron al nuevo emplazamiento del Museo Alborania, en el corazón del muelle dos, junto al Palmeral de las Sorpresas. «Llegamos a buen puerto, somos una sorpresa más del palmeral, al principio recibíamos a escolares, pero el sector turístico también es importante. Tenemos unas 40.000 visitas al año y hacemos campañas con todos los organismos, no sólo en el museo, también vamos a las playas con un laboratorio marítimo itinerante o a lugares protegidos como el Paraje Natural del Guadalhorce, a los acantilados de Maro-Cerro Gordo, Peñón de Cuervo o las Dunas de Artola». También salen con barcos a alta mar con estudiantes, escolares o grupos, así como colectivos turísticos.

En 1994, el Aula del Mar fue pionera al crear el CREMA. «Le propusimos a la Junta, que es quien tenía las competencias, crear un hospital para animales marinos; al principio íbamos a todo el litoral andaluz y ahora tenemos los litorales de Málaga y Granada», explica Martín, quien destaca que, por entonces, los bañistas los llamaban si había muchas medusas en la playa o los pescadores al hallar alguna tortuga herida accidentalmente. Llamando al 112, ellos se encargan del rescate. Junto a la lonja de pescadería del Puerto malagueño, tienen un hospital con veterinarios, salas de cura, quirófano y todo el equipamiento necesario para tratar a tortugas, delfines o focas que han ingerido plástico o se han enganchado en redes de pesca. «Es que los mamíferos –dice– tienen infecciones, se resfrían como nosotros», ríe. José Luis Mons, coordinador del CREMA, explica que ahora tienen cuatro tortugas, la mayoría por haber ingerido plásticos. Una de ellas ha perdido parcialmente una de las aletas al engancharse una bolsa de plástico en la misma. «Atendidos, vivos y muertos en estos años, hay más de tres mil animales, tortugas, delfines, grandes cetáceos y, más ocasionalmente, focas», subraya. El 80% de estos son, sin duda, tortugas, y han ayudado a vivir a unos 500 animales. «En la segunda quincena de julio vamos a liberar a dos tortugas; el problema es que ingieren plásticos, trozos de cuerda o se les enganchan en las aletas», explica Mons.

El Museo se llama Alborania por una razón. «Es el mar más rico, tiene una gran vida marina, porque tenemos todas las especies del Atlántico, todas las del Mediterráneo y al ser la puerta del mismo el Estrecho de Gibraltar, las especies migratorias pasan por aquí: ballenas, delfines y otras muchas», destaca Juan Jesús Martín. De hecho, una de las salas es nombrada como «explosión de vida», por la diversidad y riqueza de este mar nuestro. Por ejemplo, hay una muestra de invertebrados marinos, desde esponjas a corales, pasando por moluscos, cangrejos, erizos, peninos de mar y cangrejos, o una exposición con algas verdes, rojas y marrones, todas ellas especies que se hallan en el Mar de Alborán. «Algunas parecen acuarelas», dice. El museo, insiste, tiene más de 5.000 piezas. En esta sala también puede verse el cuerpo de un calamar gigante llamado «kraken» o architeutis, que se enganchó a la caña de unos pescadores de Fuengirola en 1997, «se llevaron un buen susto». Estos ejemplares pueden medir hasta 20 metros, pero este alcanzaba los 3,15. Otros pescadores capturaron otro tipo de calamar gigante, el pota, cuyo cuerpo también puede verse disecado en el museo.

Otra de las zonas más valoradas por el público es un puente de mando, con instrumentos de navegación, la carta de navegación del Melillero, un barco de pesca con radar o con sonda, para ver las profundidades y dónde hay que echar las redes.

El museo dedica otra parte a contar la historia de la ciudad, «porque Málaga surgió del mar, pese a que se dice el tópico de que vivimos de espaldas a él; a la bahía llegaron los fenicios con sus barcas de jábega, montaron sus aldeas; esto era un puerto natural, me refiero a la ensenada, y trajeron en ánforas aceite, vino y trigo. Por ejemplo, ellos introdujeron aquí el vino Moscatel». Hay aparejos, arte de pesca cedidos por pescadores de Pedregalejo, radiografías de tortugas con anzuelos, una maqueta de una galera romana y jábegas y otros barcos malagueños (reproducciones u originales). «Son maquetas de barcos emblemáticos que vinieron a Málaga. Por ejemplo, un trozo del palo mayor del Gneisenau», el buque insignia de la Marina alemana, hundido el 16 de diciembre de 1900 en el puerto. «Al almirante le dijeron que se metiera en el Puerto, él se negó, dijo que el Mediterráneo era un mar tranquilo, pero el viento lo tumbó y los pescaderos malagueños pusieron sus colchones en las escolleras para que no murieran más marineros. Al final, murieron más malagueños que alemanes. Luego, nos cedieron el Puente de los Alemanes, del que se dice popularmente que venía sin tornillos. Fue un rescate de los españoles a Alemania», bromea.

Hay una maqueta de la playa del Campamento Benítez en tiempo de los fenicios, justo cuando inventaron los salazones, explica, que después los romanos perfeccionaron y convirtieron en garum, un salsa de pescado muy salada que le echaban a todo. Hay también una exposición sobre la Farola, que tiene 300 años y es el faro más antiguo de la comunidad, «la única femenina», y sobre los acontecimientos de los que ha sido testigo como el gran terremoto de 1884.

Hay una parte de la muestra dedicada a los gigantes del mar, donde puede verse un esqueleto de ballena o una reproducción del delfín calderón, «frente al Puerto vive una familia»; o del delfín mular, que muchas noches se abriga en el Puerto para descansar. «El delfín común y el listado se ven cuando salimos con los escolares. Estos no se pueden encerrar porque se agobian, en los acuarios están los mulares», recalca. Puede visitarse la mandíbula de un cachalote varado en la playa del Rincón de la Victoria o una vértebra de ballena regalada por el buque oceanográfico Expérides tras una visita a la Antártida. Asimismo, puede visitarse un ejemplar de Marlín de 420 kilos, varado en Torre del Mar, del que el artista local Paco Martín hizo un molde y conservó el pico, las aletas y la cola. Recuerda Juan Jesús Martín que en Europa, hace setenta años, sólo había dos acuarios, uno en Mónaco y otro junto a la Farola (del Instituto Oceanográfico), aunque cerró hace muchos años, lo que también estuvo en la base de la idea colectiva de crear el Aula del Mar. En el Mar de Alborán, añade, hay hasta 20 especies de tiburones, siendo el marrajo la más típica (pueden verse en el museo ejemplos de ello).

En la planta baja, hay varios acuarios, uno con tiburones pintarrojas en un paridero (recién nacidos), separado de jureles y bogas pero acompañados por un caballito de mar, o una morena, «a quien los romanos, que eran muy excéntricos, ponían brazaletes para que se escondieran en ellos»; hay una parte dedicada al daño que hacen los plásticos y un cachalote y peces hechos por escolares con residuos recogidos en las playas, fósiles marinos de Málaga («la provincia estaba sumergida, hay un amonite hallado en El Torcal o fósiles de tiburón de El Atabal») y un vídeo de la primera tortuga nacida en la Península Ibérica, en Vera, en el año 97 («nacieron 42 tortugas y nos llamaron, claro»). Una de las tortugas que van a liberar en julio nada juguetona en su acuario, sabe que mientras esté allí nada le pasará.

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