14 de agosto de 2019
14.08.2019
Crónicas de la Ciudad

Desconchones de Dickens en la Cámara de Comercio

Recuperadas las pinturas murales del lateral de Don Juan de Málaga, a la Cámara de Comercio le urge abandonar la imagen precaria de su fachada.

14.08.2019 | 05:00
La reciente transformación de la Aduana en Museo de Málaga ha provocado que miremos el entorno con otros ojos, y así, que no pase desapercibido el aspecto de dejadez de la Cámara de Comercio de Málaga, pese a que hace poco ha rehabilitado el lateral de la estrecha calle Don Juan de Málaga. El rastro de desconchones y manchas de la fachada hacen pensar en que lo más sensato sería rehabilitarla cuanto antes para recuperar las fastuosas pinturas murales del XVIII que, probablemente, aguardan detrás.

En 2018, la Cámara de Comercio de Málaga recuperó las pinturas murales de su lateral, la estrechísima calle dedicada a Don Juan de Málaga, bisnieto de Alíx-Dordux, el hombre que entregó la Málaga musulmana a los Reyes Católicos.

Esta calle, en la que quienes tengan un abdomen catedralicio es más sensato que entren por ella de perfil, conserva la placa original de la vía de tiempos pretéritos y de aparente mármol blanco. Desde luego, todo parece que es uno de las placas del callejero más antiguos.

La rehabilitación del lateral nos ha dejado una preciosa decoración geométrica, de las más bellas de la ciudad, aunque quien las admire corra el peligro de pillar una tortícolis, por lo estrecho del 'mirador'.

Lástima que al pie de la restauración, un campeón de tarugos haya dibujado un pintada del tamaño de un bisonte, inquietante símbolo de su fracaso como ser pensante.

Como recuerda el colectivo Málaga Monumental, las pinturas murales recuerdan mucho a las del Instituto Gaona (Vicente Espinel), porque los dos edificios fueron del mismo dueño: el simpar Conde de Buenavista.

Hay que aclarar que en este inmueble vivía cada vez que acudía a Málaga el primer conde de Buenavista, José Francisco Guerrero -el que está enterrado en la cripta de la Victoria- y que luego pasó a su hijo, el segundo conde, Antonio Tomás Guerrero (1678-1745), que fue quien hizo posible la iglesia de San Felie Neri. El palacio pasó a continuación a su sobrino, José María Echeverri, el conde de Villalcázar, de quien el palacio toma el nombre, aunque a su vez era el tercer conde de Buenavista.

En resumen, nos encontramos con un palacio del XVIII repleto de historia, del que la catedrática de Historia del Arte, Rosario Camacho, ya contaba en 1992, en su 'Guía histórico-artística de Málaga', que se encontraba «muy abandonado».

El abandono persigue al palacio y podemos verlo en nuestros días en la descascarillada fachada principal, que ofrece una pared digna de una novela de Dickens. Esta enciclopedia de desconchones frente a la esplendorosa Aduana es un despropósito y debería mover cuanto antes o a un repintado urgente o, mucho mejor, a plantearse restaurar de una vez la fachada, donde seguro que nos aguardarán pinturas tan fatuosas como las del lateral.

La Cámara de Comercio debería hacer un esfuerzo para, de este modo, dignificar su sede y regalarnos un motivo más para disfrutar del Centro: recuperar el colorido del Siglo de las Luces. Ánimo.


Frondosidad


Una rotonda que es casi un ecosistema, presidida por un olivo cargado de años y un ensayo de acequia, es la del cruce de la avenida de Moliere con el Camino del Pato. Cuidado con perderse en ella.

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