19 de septiembre de 2019
19.09.2019
Crónicas de la ciudad

Las colillas de la playa y una práctica japonesa

Frente a los irresponsables quinceañeros del Congreso de los Diputados, modestas pero esperanzadoras iniciativas acercan Málaga a los cívicos aires de Tokio

19.09.2019 | 05:00
Este era el aspecto hace unos días de la playa del Palo, donde todavía se encuentran las perchas instaladas por la Asociación de Vecinos del Palo para que los bañistas no usen la playa de cenicero y echen mano de las latas.

Cierto que bastaría aplicar adjetivos como infantil, intransigente o irresponsable a los líderes nacionales que más se nos atraganten para explicar por qué los malagueños, y el resto de españoles, iremos a unas nuevas elecciones generales. Es lo que pasa cuando se padecen políticos preadolescentes y no personas maduras y sensatas.

Pero por fortuna, la vida tiene otros aspectos mucho más gratificantes y ejemplares que este Juego de Tronos del Congreso de los Diputados. En este sentido, hay iniciativas de malagueños de a pie que suponen una pequeña revolución en el entorno y para más mérito, lo hacen sin cobrar del erario público.

Este verano que se apaga lo hemos visto, por ejemplo, con la iniciativa de la Asociación de Vecinos del Palo, que ha colocado en la playa del barrio ingeniosas perchas con latas para que los bañistas se sirvan de ellas y a la hora del fumeque, no confundan la arena con un cenicero.

Quizás haya una generación perdida de fumadores malaguitas que, tras toda la vida tirando las colillas donde les pilla, ya sea en un jardín público, en la acera o hasta en la misma orilla del mar, sean psicológicamente incapaces de tirarlas en las latas para no ensuciar la playa.

Una colilla, ya se sabe, es como un petardo de suciedad y contaminación. Pero un servidor tampoco estimaría de un gran tamaño esa 'generación perdida' para el civismo y el cuidado del medio ambiente. De hecho, es el ejemplo de los demás el que está haciendo que se reduzca a marchas forzadas.

Podemos verlo en todas esas personas mayores que, día a día, y pese a que no tengan la elasticidad de Nadia Comaneci, se agachan para recoger la caca de su perro. ¿Quién daría un duro hace diez años por que esta práctica fuera la más extendida en Málaga?

Pero hay más, porque para grata sorpresa del firmante, antes de que se haya establecido como obligatorio, el que escribe ya ha visto a dos mujeres pasear a sus perros y en cuanto estos sueltan la 'chiquetá' de las aguas menores, del bolso sacan una botella de lejía (o de agua con lejía, quizás) y la aplican sobre el pipí para desinfectar la zona.

Hace una década, este gesto de civismo y cuidado de la vía pública nos habría parecido digno de marcianos o de vecinos de Tokio, donde nos llevan varias generaciones de adelanto en cuanto a limpieza y educación medioambiental.

Pues ya tenemos esa grata práctica en Málaga y en unos años nos parecerá tan normal como cuando vemos a alguien reciclar papel, vidrio, plásticos o pilas.

Por eso, frente a los insolidarios quinceañeros que nos representan en Madrid, gestos como los de estas modestas latas para colillas, o ese chorrito desinfectante sobre el pipí, perfilan un mundo mejor y lleno de esperanza. A años luz de las patéticas peleas por el poder.

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