17 de noviembre de 2019
17.11.2019
Mi días marinos

El rey de España en La Habana

«Días después de producirse las Elecciones Generales del 10N, Felipe VI viajó a Cuba, un lugar que me trae 'momentos hermosos' y donde conocí a Eusebio Leal Spengler, historiador y conversador de la tierra nombrada»

17.11.2019 | 05:00
Los Reyes de España recorriendo esta semana La Habana Vieja.

El aparentemente extravagante viaje de Felipe VI a Cuba, llevado a cabo al día siguiente de las elecciones generales, con el vago motivo de cumplirse el quinto centenario de la fundación de la villa y después ciudad de San Cristóbal de La Habana, ha despertado en mí recuerdos dulces, que estaban cabalmente archivados en mi memoria. Recuerdos de mis viajes a Cuba hace años, de lugares bellísimos, momentos hermosos y personas admirables, alguna de las cuales como Rafael García Padilla -amigo fiel, empresario brillante y hombre bueno a la par que inteligente- ya no se encuentran entre nosotros. Y gracias al cual llegué a conocer a personalidades deslumbrantes, como Eusebio Leal Spengler, Historiador y Conservador de La Habana, de verbo criollo y barroco, voz armoniosa y grave, amplísima erudición, inagotable capacidad de trabajo, imaginación desbordante y responsable de que aquella increíble ciudad de las columnas no se haya venido literalmente abajo. El exilio de la aristocracia y la burguesía habanera, la emigración de los guajiros a la capital en busca de «resolvel» su situación, como ellos dicen, con el consiguiente abandono del campo y la ocupación de palacios y residencias, algunos de los cuales son del siglo XVII, la construcción revolucionaria de barriadas soviéticas, que lo mismo que allí podrían estar situadas en Bucarest o Varsovia, el aire salitroso caribeño, el calor espeso y húmedo y el oleaje que constantemente bate el Malecón, todo ello contribuyó a la decadencia implacable de la ciudad A ello habrá que añadir la carencia absoluta de cualquier tipo de bienes, desde los de primera necesidad hasta medicinas y no digamos de materiales de construcción, desde el momento en que cae el Muro de Berlín y la Union Soviética se desploma. Ahí comienza lo que en la terminología evasiva del régimen se llamó el Periodo Especial, que es lo mismo que fueron los años del hambre en España. Pero peor.

Ahí es donde y cuando aparece para sostener en pie la ciudad Eusebio Leal, con quien andar por las calles Obispo, Mercaderes, Oficios, o la plaza de la Catedral tiene algo de caminar con una especie de mesías al que todos saludan y él les pregunta por sus familias y sus niños y sus vecinos y sus enfermedades y ellos esperan remedio a sus menesterosas vidas, después de generaciones enteras sin hábito de trabajo, sin esfuerzo, sin superación, porque da igual trabajar, que no, nadie tiene nada, nadie gana nada, nadie lucha por nada, que no sea salir de allí como sea y ya. Y a pesar de ello no se ven rostros tristes, la gente conversa, pasea, platica, toman un buche de café, un roncito y se fuman la colilla de un puro inagotable, mientras se oye constantemente sonar Lágrimas negras imitando a Compay Segundo y los rollizos turistas occidentales campan a sus anchas en todos los sentidos, pensando que aquello es un decorado creado por la Revolución, mientras devoran con los ojos los bellísimos tonos de piel que adornan cuerpos esculturales, que se pavonean y contonean por la acera del Malecón, mientras la brisa mece las intensamente verdes palmas reales de Cuba, cuyos troncos blanquecinos se confunden con las diez mil columnas de los palacios y un viejo carguero, que desafía el bloqueo entra por el canal que conduce al interior de la espléndida bahía, navegando tras el Seminario de San Carlos en una imagen surrealista de collage y el Castillo de La Cabaña, el mayor que construyó Carlos III en el Imperio permanece impasible en su altura arrogante. Eusebio Leal pudo haber sido el Suárez cubano, pero su caída en desgracia truncó esa vía de escape. Por ello la imposición de la gran cruz de Carlos III y el abrazo que le dio el Rey tienen un profundo sentido.

Conocer La Habana y enamorarse de ella es un solo instante, un flechazo a primera vista, el deslumbramiento de uno de los cientos de relámpagos que cada atardecer descargan las tormentas del norte sobre la ciudad, sin que a nadie les importen, porque al rato vuelve a brillar un sol que raja las piedras en medio de cielos cárdenos, violetas y anaranjados.

La elegancia decó del edificio Bacardí, la belleza del Hotel Nacional, que luce su solidez sobre un promontorio de rocas, recordando los buenos tiempos de Lucky Luciano, el Vedado y sus palacetes afrancesados, los monumentos a los padres de la independencia, desde José Martí, a Félix Varela, Carlos Manuel Céspedes o Máximo Gómez, las residencias de Miramar, que un día fueron hogar de las grandes familias y que hoy son embajadas, o domicilios de héroes de la Revolución como Sotomayor, o Alicia Alonso recién muerta, todo conforma un conjunto difícil de igualar en hermosura, impregnada de un profundo toque de melancolía y dolor, que solo los radiantes colores que despliega una naturaleza exultante, consiguen mitigar escasamente. Y en el aire flota el recuerdo de un adolescente José Cemí, que Lezama desarrolla en ese prodigio cósmico de Paradiso, desde su cama de enfermo del exilio interior y el sonido de La Habana para un infante difunto, que Cabrera Infante recrea desde el exilio exterior en Londres. Y Pedro Juan Gutiérrez llora por su Habana sucia y Severo Sarduy muere de sida en Paris y Reynaldo Arenas se suicida en Nueva York, después de haber sufrido prisión y tortura en La Habana, por su condición sexual y su enfrentamiento a un régimen en el que ese icono de modernidad asesina, que se llamaba Ernesto Che Guevara - cuya imagen adorna las camisetas de los atolondrados e ignorantes chicos de la extrema izquierda española – se dedicaba a hacer redadas de homosexuales por la Habana Vieja y el Vedado, a los que enviaba a ser torturados en la fortaleza de la Cabaña y posteriormente a campos de concentración, a cortar caña con el objetivo estúpido y fallido de los diez millones de toneladas de azúcar de ese monstruo llamado Fidel, que después vendía al paraíso soviético a precio muy superior al de mercado.

Pero tengo recuerdos entrañables de aquel país, que ciertamente era la joya de la corona española. Algunos de ellos me traen la memoria de otros amigos que se fueron, con quienes tanto quise. Como Antonio Garrido y una excursión aventurera a Trinidad, anclada en el XVIII, puerto de entrada de los navíos esclavistas y donde todavía se oye hablar «congó». Y el Valle de los Ingenios, tan difícil de describir por su belleza de verdes imposibles, con la torre de la Hacienda Manaca-Iznaga, donde el guarapo, el jugo de la caña con ron, que bebimos con los guajiros, hizo que termináramos cantando Chan Chan, mientras se escuchaba el eco del primer tren que se instaló en España – porque Cuba era España, no una colonia – y que aún circula.

Cuando empecé a escribir estas líneas pensaba que iba a escribir un artículo no excesivamente político, pero uno propone y Cuba dispone. A pesar de ello, no quiero terminar sin apuntar un par de cosas que me parecen importantes. En el jardín del Hotel Nacional hay un enorme cañón, el Ordóñez, conservado en el mismo lugar que ocupaba cuando el Imperio. Esperando como en Cádiz, Cartagena de Indias o San Juan de Puerto Rico a los ingleses de siempre. Pero esta vez no llegaron los británicos, sino sus primos hermanos norteamericanos, por parte de padre y madre. Mira desafiante al mar. Al norte. Una inscripción en una placa adjunta dice que ese cañón de las defensas españolas disparó el trece de Junio de mil ochocientos noventa y ocho contra el acorazado Montgomery de la armada norteamericana, cuando aquella guerra inicua. Y uno mira al norte y cree entrever los cayos de Florida y siente que los pies los tiene firmemente plantados en una tierra que no es extraña, que está en casa y que, a pesar del régimen político, estos son los míos.

Lo otro que quería decir es que la primera vez que estuve en el Palacio de los Capitanes Generales, al entrar en el salón del trono, la señora mulata que nos los enseñaba, dijo: «Este sillón es para cuando venga el Rey». Le preguntamos con asombro que qué Rey. Y casi con indignación nos contestó: «¿Cuál va a ser? El Rey de España. No hay otro».

El mismo día que un grupo de españoles homenajeaba en Londres a Chaves Nogales, el grande, el de la tercera España, el incómodo para ambos lados, el mismo día que el presidente en funciones cerraba un pacto vergonzoso en Madrid con los que creen que Cuba es el paraíso y el cielo a conquistar, ese mismo día el Rey de España, ese al que aborrecen los independentistas catalanes, proclamaba en La Habana su defensa de los derechos del hombre, de las libertades civiles y del valor de la democracia, incluidas las de opinión, expresión, reunión y participación en su discurso ante el Presidente de la República de Cuba. Ni que decir tiene que el Granma, portavoz del partido comunista y único periódico que se edita en Cuba, ha censurado y omitido todo ese apartado del discurso real. Creo que sería conveniente que muchos de los que se rasgan las vestiduras por el auge de la extrema derecha en España, pensaran primero, despacio, profunda, sincera y limpiamente en la que se nos viene encima. Yo no tengo hijos. ¿Pero qué será de los suyos?

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook