23 de febrero de 2020
23.02.2020
Crónicas de Málaga

El alcalde y las entrañas del Astoria

Hallan caballeros que participaron en la toma de Málaga enterrados bajo el Astoria y De la Torre piensa en seguir al frente del Consistorio indefinidamente

23.02.2020 | 05:00
El alcalde y las entrañas del Astoria

Hay quien dice que las luchas que uno emprendió durante algún momento de su vida son eternas y se repiten independientemente de que la existencia del batallador haya concluido. Es una idea romántica, sin duda, que se ha visto confirmada esta semana por la visita guiada que organizó el miércoles el Ayuntamiento de Málaga para ver cómo van la excavaciones arqueológicas en el subsuelo de lo que fue un día el edificio que acogió los cines Astoria y Victoria. Allí estaba el alcalde, Francisco de la Torre, acompañado de su guardia pretoriana: el edil de Ordenación del Territorio, Raúl López, y la concejala del distrito Centro, Gemma del Corral, así como de Noelia Losada, edil de Cultura afiliada a Ciudadanos que todas las fuentes colocan en el PP en algún momento de este mandato, no sólo porque está funcionando, sino porque el barco naranja parece ahora una pequeña fragata a merced del embate de las olas. Curiosamente, bajo los pies del regidor descansaban entre ochenta y noventa soldados castellanos que, a falta de lo que dictaminen los informes antropológicos, bien pudieron participar en la sangrienta conquista de Málaga en 1487, fallecieron a los pies de la Alcazaba y fueron enterrados en medio de enterramientos musulmanes. Posiblemente, esos soldados creyeron dar su vida por una misión que los trascendía: incorporar a Castilla la última joya islámica en España, el Reino de Granada, y es posible que los ecos de esa batalla sean replicados en algún lugar del inconsciente colectivo por algunos de sus descendientes malagueños.

El regidor malagueño también libró una intensa batalla para sentar las bases de la ciudad que hoy tenemos. Se impulsó con los vientos favorables de su antecesora en el cargo, Celia Villalobos, y construyó su proyecto político en oposición al legado de Pedro Aparicio, gran alcalde socialista responsable, entre otras cosas, de la espectacular reforma del Teatro Cervantes o de que la familia Picasso siga manteniendo lazos con la ciudad que vio nacer al gran pintor. Veinte años después de su llegada a la alcaldía, De la Torre, el verso suelto por antonomasia del PP, el tipo moderado y tímido que venció a otros en la carrera por ostentar el bastón de mando, sigue enterrando, uno por uno, a todos los delfines que se han colocado a su estela para sucederlo al frente del Consistorio. Uno a uno, los ha masticado y deglutido y, según las fuentes consultadas, y pese a sus 77 años, parece claro que el regidor, si llega al final de la legislatura con la misma salud y buena cabeza, será el candidato del PP en Málaga si nada ni nadie se lo impiden. La cúpula de los populares malagueños ya dijo recientemente en una entrevista que el aspirante a liderar Málaga lo pone la dirección, pero es cierto que también antes de las últimas municipales trataron de descabalgarlo de su sillón y, finalmente, encuestas en mano, se decidieron a pedirle que siguiera para lograr luego una cómoda victoria en las urnas. Málaga sigue refrendando a Paco de la Torre una vez tras otra, pese al paso del tiempo, la edad y el pasado mandato que fue, desde muchos puntos de vista, un periodo de fatiga y agotamiento gestor que se ha corregido, sin duda, con una catarsis y un ritmo febril en este nuevo mandato. Si se ve bien, le dicen a este cronista, continuará. Y a fe que esas palabras debieron resonar en la mente del regidor mientras observaba los cadáveres de los primeros malagueños que trataron de conquistar la ciudad y perecieron en el intento. Si uno observa el horizonte, y aunque se dan nombres diversos para una futura sucesión (el primero, el del consejero de la Presidencia, Elías Bendodo, metido ahora en faenas autonómicas con éxito gestor y poco dado a encabezar listas si no lo ve muy claro, nos dicen; o Noelia Losada y Susana Carillo, que suenan, entre otros, tal vez muchos, tapados), la inquebrantable salud del regidor amenaza con frustrar muchas esperanzas profesionales.

Allí, entre el polvo de una obra incómoda en el corazón mismo de la ciudad, De la Torre llamó a la calma, dijo que en dos meses habría que visitar de nuevo el tajo y ver su evolución, aunque sí precisó que, en principio, lo hallado no ponía en solfa el futuro edificio traslúcido que los empresarios cordobeses han llamado «Málaga All Space» para convertir ese enclave en un referente cultural, gastronómico y comercial. Los huesos de esos caballeros o soldados cristianos (se sabe que son castellanos porque miraban hacia el cielo y tenían las manos cruzadas sobre sí mismos) y los de sus antagonistas, los musulmanes (enterrados en dirección a la Meca), compartían un enorme nicho ante la historia.

La parcela, ya saben, va de fracaso en fracaso. No fraguaron diversos museos y salas de exposiciones temporales que se previeron para la zona, dio la espantada nuestro Antonio Banderas con su proyecto teatral y se refugió finalmente en el Soho, y ahora no parece tan claro que el edificio traslúcido se vaya a levantar, aunque, en principio, los hallazgos no sean de tanta relevancia como para mantener expedita esa manzana y ampliar la plaza de la Merced.

En un principio, se creyó que pudo haberse localizado parte de la muralla nazarí, que sería Bien de Interés Cultural (BIC) y que posiblemente hubiera dado al traste con la iniciativa cordobesa; pero los arqueólogos consideran que se trata de un tapial anexo al hospital de Santa Ana, una de las reformas que hacía el marqués de Valdeflores, sin tanta alharaca ni riqueza patrimonial. También apuntaba la leyenda popular que por esta zona podría estar el anfiteatro romano, pero tendría que haber sido localizado, según los expertos, a estas alturas de la historia. De momento, por tanto, el edificio traslúcido parece el futuro del enclave.

Ya saben que hay quien defienden que la plaza debería quedar diáfana para reforzar las espectaculares vistas a calle Alcazabilla y a la Alcazaba, y ahora, con estos últimos hallazgos, las redes sociales se han llenado de peticiones solicitando que se conserven allí los restos y se haga un centro de interpretación para su visita o que se acristale la zona para su simple contemplación, que es lo que hacemos muy bien los malagueños, contemplar (el mar, por ejemplo), digo, en los Baños del Carmen, que ahora parecen estar saliendo de su particular estancamiento en el tiempo. Los de enfrente señalan que la plaza siempre ha tenido cuatro fachadas y no es plan de estropearlo ahora. Incluso, Losada, en una entrevista a este periódico, dijo que ella era partidaria de esperar a ver lo que sucedía y si se encontraba algo de gran valor, no hacer nada allí; si el valor era medio, bien pudiera integrarse en el futuro inmueble y, si no tenían valor los restos, igual lo ideal era construir esa zona de la plaza. Como ven, hay posturas para todos los gustos y habrá que esperar a que los arqueólogos, algunos tan poco amigos de la prensa (que pregunten a los fotógrafos que sólo hicieron su trabajo hace apenas unas semanas mostrando los primeros restos encontrados), dictaminen si lo que hay merece ser o no conservado y, sobre todo, que en mayo o junio acaben los trabajos.

Es la eterna suerte de la parcela del Astoria, cuyo futuro uso va a permanecer indefinido hasta que pasen algunos meses más. Luego veremos si habrá o no concurso o si, de las entrañas de la tierra, surge triunfante un anfiteatro. El alcalde, mientras tanto, sigue manteniendo su particular batalla contra el tiempo y la lógica vital, aunque ya defendimos en una columna que algunos hombres y mujeres dibujan sus mejores años en eso que llamamos tiernamente ancianidad. De momento, los posibles delfines siguen de soslayo la trayectoria del regidor malagueño y los espectros de los soldados castellanos, dispuestos cómodamente en una tierra por la que lucharon, y revueltos, quién lo iba a decir, con sus oponentes islámicos, miran con envidia hacia el cielo azul de esta ciudad ingrata tal vez añorando que nadie les tape tan magníficas vistas, como parecen querer muchos malagueños. Veremos.

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