29 de marzo de 2020
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Actualizado: 10-04-20 11:36h
Coronavirus

La vida a través de una mampara

Recorrido personal por una nueva semana del confinamiento en casa al que obliga la pandemia vigente del coronavirus

29.03.2020 | 05:00
Una caja de un supermercado protegida por una mampara.

A las generaciones que no han vivido grandes cataclismos, la crisis del coronavirus les está mostrando de golpe las piezas del disperso puzzle de imágenes impactantes que habían sumado a lo largo de los años. Puede, por ejemplo, que aquella protección acristalada que tanto inquietó al estudiante de pueblo -en una ciudad recién estrenada- al subir a los autobuses urbanos que iban a los barrios más conflictivos, se haya generalizado y regrese para quedarse. Sin tiempo para asimilarlo, hemos empezado a mirar a la vida a través de una mampara. A través del cristal de la ventana de casa y de la coraza necesaria que nos intimida en la cola del supermercado.


Obsolescencia programada


Esa efímera salida semanal que hace la compra por confusa inercia parece ya, a estas alturas del obligado confinamiento, una cita a ciegas con el botón en off de nuestros actuales días.

En la calle todo parece más apagado que en la propia reclusión casera. De repente, ahora son los semáforos los que se encomiendan al Santo Job, el patrón de la paciencia. Da igual el color que los ilumine. Otra de las vueltas que le ha dado al calcetín cotidiano esta crisis aflora sin apenas tráfico en las proximidades de cada paso de peatones. Ya no esperan los coches con ansiedad a que el semáforo varíe su tonalidad y las prisas del conductor encuentren como ilustrativa metáfora la sucia estela que vomita el tubo de escape. Ahora, los semáforos aguardan en inédita soledad la presencia de sus clientes pedestres y motorizados.

La estampa que sacude a lo que realmente acontece al otro lado de la ventana recuerda al oportuno título de un poemario publicado, el verano pasado, por la editorial RIL. Su autor es el poeta extremeño-almeriense-atlético-murciano Víctor Peña Dacosta y vino a llamarle a su nuevo conjunto de poemas 'Obsolescencia programada'. Ese apagón casi amañado que acorta la vida de los dispositivos tecnológicos se sugiera ahora mismo, sin ir más lejos, como una amenaza para sociedades como las actuales en las que a las alarmas iniciáticas del coronavirus se les hizo el mismo caso que a quienes, años atrás, vieron venir los estragos del cambio climático.

La sensación de apagón es tan acechante entre las cuatro paredes y las 24 horas del hogar que hay ya quien piensa que esto va de lo mismo. Que alguien ha desconectado el cable de la apresurada existencia para empezar de nuevo, con otra batería y otra mirada, en las rutinas que antaño escribían el guión y se lo dictaban a cada una de las criaturas humanas.

Hay teorías e impresiones para todos los gustos. Quizás tantas como personas. Se comprueba en la inmensidad del pasillo del supermercado de una gran superficie comercial, cuando una clienta rompe el silencio reinante para contarle su gran preocupación a una empleada. Entra en escena una visión del apocalipsis que encumbra a uno de los grandes actores secundarios del sector agroalimentario local: «No entra en mi cabeza que la gente no quiera pasas. Ahí están todas como el otro día. Y a mí me encantan. No entiendo este fin del mundo sin las pasas», proclama convencida para dibujar la consiguiente estampa de póker en el rictus de la voluntariosa y paciente trabajadora.

A la salida de esta gran superficie, el mapa urbano vuelve a ejercer como un 'no lugar' que podría estar enclavado en cualquier latitud del desigual globo terráqueo. A la intemperie y a la amplitud de los descampados le siguen largas avenidas que sienten en su lateral las espigadas naves de un polígono industrial.

En la tímida circulación que discurre por el asfalto, se cuenta un par de motocicletas y en ambas sus pilotos llevan ataviada la mascarilla como si fuese un elemento tan reglamentario como el casco de seguridad. Es otra postal que envía un mensaje contundente e invita a tomarse el paréntesis con la máxima filosofía y sin dejar de extremar la precaución. ¡Quién iba a decirlo! Ahora nos alegra más seguir sanos que en las horas posteriores a ese sorteo de la lotería de la Navidad que nos privó del chalet, el cochazo y el crucero.


Palmas en el salón


Hay quien ya no sabe quién le ha retrasado el reloj hasta el punto de que, cuando son las ocho de la tarde, esa llamada a la oración heterodoxa la siente a través del estruendo de las palmas que se cuelan en el salón. Ya no sabe si serán las cosas del teletrabajo o que las manecillas de los vecinos viven en otro hemisferio horario. Así, todos los días para llegar con retraso a una fiesta que esta semana ha sucumbido al ritmo de la esquizofrenia climática. Unas veces, las manos del aplauso calentaban el frío. Otras, emulaban el sonido de la lluvia. Y el apacible jueves, saludaban a una atmósfera tan agradable que resultó ser un espejismo.

Eso sí, sea cuál sea la temperatura, el color del cielo ya no es el mismo. La carrera silenciada de los almanaques hacia el estío han aclarado la negritud celestial y le han dado argumentos a quienes están convencidos de que el confinamiento va para largo: «Sí seguimos como vamos, saldremos a aplaudir y será de día». El tiempo tampoco influye en el surrealismo de la discoteca de los vecinos que amenizan la salida a los balcones y ventanas. Puede que, tras el himno de España, haya reguetón o irrumpa a bocajarro el 'libre quiero ser' de Los Chichos. También hay ocasiones en las que el único himno que suena es la voz de Nino Bravo cantándole a la libertad como si no hubiera un mañana.

Sea cual sea la antagónica versión que de un día para otro le trae un tiempo inestable al meteorólogo de la caja tonta, la luna siempre acompaña en la liturgia solidaria en la que reinciden al atardecer las terrazas. Catalina se ha mostrado horas atrás tan mimetizada con un gajo de naranja que en su silueta blanca se leen los esperanzadores versos de Federico García Lorca: «La luna está muerta, muerta; pero resucita en la primavera».

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