Miguel González Giménez (Málaga, 1968) cuenta que está pensando en cambiar el coche, «porque ahora mismo tiene 600.000 kilómetros».

Aunque su familia es malagueña -es bisnieto del ingeniero Manuel Giménez Lombardo, el autor de la presa del Agujero y de los puentes de la Aurora, Armiñán y El Carmen- este prestigioso restaurador de 51 años pasa muchos meses lejos de Málaga porque no para de recibir encargos dentro y fuera de España.

En pleno trabajo de restauración en la Sala Capitular de Toledo.

Una de sus últimas satisfacciones, ya que también es pintor, ha sido ver colgado un cuadro de su autoría en la Sala Capitular de la Catedral de Toledo, un espacio monumental que precisamente terminó de restaurar el año pasado.

El malagueño resultó el elegido entre una terna de artistas para pintar al arzobispo saliente de Toledo, Braulio Rodríguez, así que su obra comparte espacio con retratos pintados por Goya, Velázquez y Juan de Borgoña.

Miguel González Giménez.

Y aunque su vocación ha sido siempre el Arte, lo cierto es que cuando terminó los estudios en el Colegio San Estanislao de Kostka comenzó Derecho. No fue hasta un año después, cuando se marchó a Irlanda a aprender inglés, «y me doy cuenta de que no sirvo para estar metido en un despacho, me vuelvo a Málaga y me apunto a la Escuela de Bellas Artes», explica.

A la vez que estudiaba, se formó como pintor con el hiperrealista malagueño Francisco Triguero y con Pepe Robles, que le enseñó «la filosofía de la pintura, que hay que pintar para ti y que todo lo que pintas sea lo mejor que puedas pintar».

Con la pintura, Miguel se iba pagando los estudios y en cuarto de carrera decide no continuar con Bellas Artes sino, gracias a sus ahorros, costearse un máster con Lucio Maire, dorador del Palacio Real. «Siempre he buscado lo mejor, me fui con él y estudié dorados, trampantojos, piedras duras... técnicas de restauración de todo tipo», detalla.

Un poco antes, ya se había dado a conocer al aceptar un reto de envergadura: pintar los 142 metros cuadrados del gajo central de la cúpula de la Real Basílica de San Francisco el Grande de Madrid, la tercera cúpula más grande del mundo. «Era un triángulo enorme donde se había perdido toda la pintura», comenta.

Gajo central de la cúpula de San Francisco el Grande

Como explica, la situación estaba tan estancada, que la iglesia llevaba 33 años con andamios. «Nadie se atrevía a pintar la cúpula, con unas figuras gigantescas, pero yo tiré para adelante», resume.

Esta intervención, que realizó hace casi veinte años, le abrió las puertas a importantes encargos y a ser fichado por Dragados, empresa a la que durante cerca de 15 años le ha llevado todos los procesos de restauración en toda España.

Uno de sus primeros encargos fue la fachada del palacio episcopal de Murcia, que pintó «a modo de palacio veneciano, precioso, y por dentro estuve haciendo todas las escaleras».

Otro reto importante fue su trabajo como jefe de obras de la Catedral de Vitoria, un momento en el que Dragados ya le dio poderes para empezar a dirigir trabajos de restauración. En el caso de la catedral alavesa, «casi todo fueron temas estructurales, inyectando a columnas, consolidación de las pinturas... un trabajo muy interesante».

Por cierto que comenta que allí constató la manera de trabajar que suelen exhibir en el norte de España: «Allí haces un pedido y te tarda 20 minutos y en Málaga son dos días y no sabes si te va a llegar».

Alhambra y Medina Azahara

El restaurador malagueño también ha realizado trabajos en varias ocasiones en La Alhambra así como en Medina Azahara, este último encargo con la empresa madrileña Bauen, para dejar la ciudad preparada para la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Con Bauen, también ha trabajado en el Convento de Santa Clara de Sevilla.

Y además de en la Catedral de Vitoria, Miguel González Giménez ha dejado su huella en las principales catedrales de España (León, Burgos, Murcia, Madrid...) pero sobre todo, en la Catedral de Toledo, en la que trabaja en la actualidad, y de la que dice: «Es como mi casa».

En ella empezó con la capilla de San Blas, de un discípulo de Giotto y que supone el inicio del fresco en España. Por este motivo, el malagueño montó un equipo hispano italiano, con Simone Vetore, Francesco Giovannoni y Daniela Murphy, que con algunos cambios se ha ido manteniendo en el tiempo.

Capilla de San Blas de la Catedral de Toledo.

Al hilo de este equipo, Miguel González confiesa que aprendió italiano a marchas forzadas, en dos meses y por las noches, para poder atender a las explicaciones del padre de Francesco Giovannoni, Sabino Giovannoni, «el gurú de la restauración», cuando supo que iba a llevar toda la parte técnica de la restauración de la capilla toledana, que fue inaugurada por el Rey Juan Carlos.

Con la capilla de San Blas fue la primera vez que trabajó con la World Monument Fund, un gran patrocinador mundial.

Fuera de España, a propósito, ha restaurado en la iglesia de Saint Patrick de Londres y en la Catedral de Jamaica (Kingston), donde estuvo año y medio. De paso, con su equipo montó una suerte de ONG para enseñar técnicas de restauración a decenas de jamaicanos con pocos recursos. La obra fue inaugurada por la Reina Sofía.

Las buenas artes del restaurador malagueño también se han visto en la Catedral de Cabo Verde y en la de Panamá, la más grande del Caribe, donde además le han encargado cerca de 60 retratos de todos los obispos a lo largo de su historia.

Catedral de Málaga

Cuando se le pregunta por la Catedral de Málaga, Miguel González Giménez es muy consciente de los problemas de humedades que arrastra. A su juicio, la solución actual «no es la adecuada porque el material no es el apropiado». En su opinión lo ideal sería «una cubierta tradicional a dos aguas como tienen casi todas las catedrales del mundo, que además podría servir de almacén y visitarse en otras condiciones».