03 de mayo de 2020
03.05.2020
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Actualizado: 3-5-20 11:13h
Mis días marinos

Algunos hombres para la eternidad

Personajes ejemplares como Thomas Moore, Thomas Becquet y John Henry Newman fueron hombres coherentes que siguieron el camino marcado por su conciencia, en un país como el Reino Unido en el que ser católico, hasta tiempos recientes, era una heroicidad. ¿Saben alguno de los políticos españoles del momento de coherencia, intelectualidad, decencia y sacrificio personal?

03.05.2020 | 05:00
Tomás Moro.

En torno a mil novecientos sesenta y seis, Fred Zinemann dirigió una muy buena película sobre la vida de Thomas Moore -Tomas Moro en español- que tituló 'A man for all seasons', mal traducida entre nosotros como 'Un hombre para la eternidad', título que parece cargar con un peso de trascendencia del que carece el sentido original en inglés, que simplemente describe la vida de un hombre recto, cuya rectitud y coherencia con su propia conciencia le lleva a ser válido en todas las épocas. Un hombre para todos los tiempos, diría yo. A pesar de ello, prefiero titular estas líneas como lo hago por razones que van a comprender inmediatamente.

Una de estas noches de confinamiento, recorriendo caminos virtuales mando en mano, encontré por casualidad esta película y volví a verla y ese es el motivo de estar hoy escribiendo sobre lo que allí se muestra: el valor de un hombre, que se niega a hacer algo que contradice su conciencia, entendida esta como la necesaria coherencia entre lo que ella le dicta y lo que le ordena el rey. La lucha entre dos órdenes contradictorias, una interior y otra exterior.

Y se juega la vida, porque entiende que al dictado interno es al que debe someter sus actos, antes que a una orden que para él es inmoral, ilegal e ilegítima. Thomas Moore era un ilustre y docto abogado, escritor, moralista, par de Inglaterra, y Lord Canciller de Enrique VIII. El Boris Johnson de la época, con perdón. Son los años en los que va a producirse algo, que siempre ha estado latiendo en el pulso nacional inglés: el no sometimiento a ninguna autoridad externa con la excepción del rey y el parlamento. A nivel personal individual y a nivel colectivo nacional. Ese algo ha estado latiendo por siglos en la isla, desde el primer asesinato real, cometido por Enrique II Plantagenet, en la persona de su más que amigo íntimo Thomas Becquet, también Lord Canciller de Inglaterra y arzobispo de Canterbury, que se niega a aceptar por vez primera el planteamiento del rey inglés como jefe de la iglesia católica en sus reinos, por encima del Papa.

Las sugerencias de los poderosos desalmados y despiadados son a veces entendidas como órdenes por los más viles de sus lacayos y cuatro caballeros normandos así lo entienden y asesinan a Becquet en el atrio de la Catedral de Canterbury, episodio histórico recogido por T.S.Elliot en 'Asesinato en la catedral', por Jean Anouilh en 'Becquet, o el honor de Dios' y por Peter Glenville en el cine en la memorable 'Becquet', duelo de dos enormes del teatro inglés, Richard Burton y Peter O'Toole.

Incluso 'Los cuentos de Canterbury' comienzan cuando un grupo de peregrinos inician el camino a la fuente que ha brotado en el lugar del asesinato de Santo Tomás Becquet, que desde entonces se convierte en un lugar de tradición religiosa, de bellísimas narraciones populares de cuentos y leyendas, intercaladas con viejas baladas como 'Scarborough fair' «€Parsley, sage, rosemary and thyme», que revisarían Simón y Garfunkel en el siglo XX. Es curiosa la afición de los reyes ingleses por cortar las cabezas de sus allegados más cercanos. Hasta la Reina de Corazones anda de un lado para otro gritando: «que le corten la cabeza» al Conejo Loco en 'Alicia en el país de las maravillas'. Si el pobre Felipe II llega a descabezar a la mitad que Enrique...

Vuelvo a Thomas Moore, que se niega a sancionar el divorcio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, reina amada del pueblo y legitima esposa del rey, sin la aprobación papal. Moore, hombre culto, ilustrado, irónico, feliz patriarca de una gran familia, sincero y noble, amigo de Erasmo, autor de 'Utopía', traductor al inglés de la biografía de Pico della Mirandola, un hombre del Renacimiento, se enfrenta a la muerte antes que traicionar su conciencia y es decapitado en la Torre, mientras habla irónicamente con el verdugo y pronuncia esas palabras que han pasado a la historia: «Mi lealtad al rey es absoluta, pero por encima está mi lealtad a Dios». Será santo Tomas Moro.

Esto no tiene nada que ver con el honor mal entendido. Como en el caso de Becquet, se trata del imperativo categórico de la propia conciencia, que le prohíbe a sí mismo la traición al juramento de cumplir las leyes y los mandamientos. Son mártires para los católicos. Pero ambos eran primeros ministros. Hombres para todas las épocas para cualquier hombre decente, concepto escasamente valorado en la actualidad y nulamente ejercitado por la mayoría de los políticos que nos desgobiernan, que hacen de la mentira una forma de vida y del incumplimiento de la ley una norma de conducta.

El Oratorio de Brompton Road en Londres -situado en esa zona elegantemente privilegiada, entre Knightsbridge, South Kensington y Belgravia, de calles en silencio roto por el apagado rodar de algún coche de color oscuro, carísimas tiendas, restaurantes con porteros uniformados y velas en las mesas, casas georgianas por cuyas ventanas de guillotina se atisban madera, cuero y tenues luces, todo ello tamizado por el buen gusto y el confort, embajadas, nada es desmesurado, salvo los grandes museos o el Royal Albert Hall- es un bellísimo edificio neobarroco de la Roma católica y papista, erigido personalmente por Newman, junto al neogótico del Victoria and Albert Museum. Y esa diferencia de estilos no es casual.

Allí descubrí a John Henry Newman, en la misma línea de seguimiento de la propia conciencia por encima de cualquier otra atadura, el más grande pensador del catolicismo en los últimos siglos, amado, estudiado y venerado por Pablo VI y Benedicto XVI, inspirador del Concilio Vaticano II, un intelectual de una altura descollante, que reina en Oxford y en los medios culturales británicos, miembro de la High Church, que comete el pecado de convertirse al papismo, en unos tiempos en que en Inglaterra ser católico era no solo algo que vetaba muchas puertas, sino que se consideraba incluso una muestra de mal gusto, algo casi idolátrico de adoradores de imágenes y curas repulsivos.

El catolicismo en el Reino Unido ha sido perseguido de tal manera, que ser católico ha sido hasta tiempos recientes una forma de heroicidad. Incluso Tony Blair tuvo que esperar a dejar de ser Primer Ministro para hacer efectiva una conversión que era un secreto a voces y en el bastante improbable caso de que el príncipe de Gales sobreviva a la reina Isabel, Camila no podrá nunca ser reina, no solo por ser divorciada, sino también por ser católica. No sé cuántos de los que me leen, que siempre han considerado a aquel país como la cuna y sede permanente de las libertades, conocen todo esto, que aparte de una discriminación intolerable, es una extraordinaria prueba de mal gusto, utilizando su propia terminología, y casposidad, utilizando la nuestra.

Newman, que contó con el respeto y la estima de personajes como Wilde, Elliot, Joyce, o Gladstone, según recoge Ignacio Peyró -al que tuve el honor de presentar aquí en Málaga- en su magnífica enciclopedia sobre aquel país, sus figuras, costumbres, usos y tradiciones, 'Pompa y circunstancia', utilizando la conocida y hermosa marcha de Edward Elgar, acordes imperiales donde los haya y cuyo catolicismo seguramente desconocerán los miles de asistentes, que la entonan, 'Land of hope and glory' al final de los Proms en el Royal Albert Hall.

Newman es hijo de un banquero y una calvinista descendiente de hugonotes franceses, en cuyo hogar la única ley es la Biblia. Estudiante y profesor en Oxford, imbuido del espíritu oxoniense de no dejarse entusiasmar en demasía por nada, empieza su lento camino de estudio de los textos de los santos padres de la Iglesia, pertenece al Movimiento de Oxford, organización intelectual típica de aquellos claustros de estudio y reflexión callada, que pretende despojar al anglicanismo de todas sus connotaciones luteranas y adoptar en lo posible todo lo que sea aprovechable y utilizable de Roma y se hace clérigo anglicano.

Hasta que descubre por la razón y la inteligencia, que no tienen que hacer nada en ese sentido, porque esa iglesia ya existe y es la de Roma. Y sin vacilar, se enfrenta a todos los medios intelectuales ingleses, tiene que dejar su querido Oxford y entra en el catolicismo.

Es posible que a muchos de los que me leen, todo esto pueda sonarles a beaterías de gente estúpida y aburrida. Bueno, les recuerdo que Oxford era el más importante templo del saber del mundo en aquel tiempo, como hoy sigue siendo uno de los más consolidados lugares de estudio también del mundo. Estas cosas no pueden leerse con mentalidad provinciana y modernita por gentes que no han pisado nunca aquellos edificios, ni paseado por sus calles, ni estudiado en sus aulas, ni bebido pinta tras pinta en sus pubs.

Este es otro mundo en el que se habla y se discute de temas seriamente trascendentes, un mundo de intelectuales, no de gentecilla de la pretendida cultura subvencionada, en el que nadie se asombra de nada y en el que todo está permitido siempre que no se moleste, ni se caiga en la zafiedad, o la irrelevancia. Ese es el mundo de Newman, que obviamente tiene problemas allí, porque eso se considera algo impropio y en Roma también, porque se piensa que "no es uno de los nuestros". A Newman nadie le corta la cabeza, pero intentan cortarle las alas y escribe la gloriosa 'Apología pro vita sua' para dejar las cosas claras.

Al final de su vida es consagrado cardenal y aquel hombre profundamente vitalista, elegante, divertido, amante de la buena vida, sólido como una roca en su vida, en sus actos y en su obra, solo había seguido un camino: la coherencia entre lo que le dictaba su conciencia de acuerdo con su razón y su vida pública y privada. Y eso le lleva a la santidad, por voluntad e inteligencia de Ratzinger, que lo considera el puente - 'pontifex' significa constructor de puentes- para llegar a la unión Londres-Roma, que silenciosamente avanza un paso cada día en silencio.

Pero, aunque lo parezca, este no es un artículo de Historia, ni de divulgación religiosa, como algunos, que están cargados de prejuicios, pensarán. Este es un artículo con carga política. He hablado de dos cancilleres de Inglaterra y de uno de los grandes pensadores de los últimos dos siglos en el mundo, casi desconocido en España, victimas los tres, cada uno de modo diferente, de la intolerancia y la sinrazón ajenas, pero también de su propia coherencia intelectual.

¿Sabe alguno de los políticos españoles del momento lo que es coherencia? ¿Saben lo que significa intelectualidad? ¿Conocen el significado del término decencia? ¿O de honradez? ¿O de sacrificio personal? ¿Saben lo que es dejarlo todo, no solo el poder, sino hasta la vida, por cumplir con lo que su conciencia les dicta? ¿Tienen conciencia? ¿Han estudiado algo, conocido algo, construido algo, mejorado algo, luchado por algo, o alguien que no sean ellos mismos? ¿Han hecho algo que merezca la pena ser recordado el día de mañana, aparte de traer muerte, ruina y desolación?

Personajillos inanes, insignificantes, mediocres, arribistas y atrabiliarios, que contemplan aterrorizados como todo se derrumba a su alrededor y no pueden hacer nada, porque nada saben, excepto conservar su sitio, sea el que sea. Ninguno de ellos será un hombre para todas las épocas. Y mucho menos para la eternidad.

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