11 de octubre de 2020
11.10.2020
La Opinión de Málaga
Memorias de Málaga

De la pandemia y una novela corta

Entre las teorías sobre el origen del coronavirus no han faltado ideas truculentas que entroncan con una novela de la primera mitad de los años 90, 'Viaje fin de vida', de la que sólo se hicieron 17 ejemplares en Málaga

11.10.2020 | 05:00
Test de la Covid en el Centro de Salud de La Roca.

No hace mucho –tres o cuatro años- un político japonés se permitió recomendar a sus compatriotas de edad avanzada que se fueran muriendo porque el aumento del sector longevo ponía en peligro el plan asistencial de la población. Japón, recordémoslo, es el país de mayor esperanza de vida del mundo; España, si las estadísticas no han variado, ocupa el segundo lugar.

La 'recomendación' del político nipón dio lugar a muchos comentarios, entre ellos, el reto que le lanzó un desconocido que le dijo que diera ejemplo y se muriera primero él.

Más recientemente, un personaje de la Comisión Europea llamó la atención sobre el aumento de personas mayores y los problemas que se derivan del coste de atención a este sector que ha roto todo el entramado del mantenimiento de los planes de jubilación.

Y miren por dónde, no hace nada, surgió en China un virus –el denominado coronavirus o Covid-19 que afecta principalmente al sector longevo, vamos, que provoca la muerte de muchas personsa de edad avanzada. Como no se conoce toda la verdad sobre los fallecimientos por el nuevo virus –preferentemente ancianos-, es prematuro sacar conclusiones.

Una novela


La preocupante situación me ha traído a la memoria una novela escrita entre los años 1993 y 1994 titulada 'Viaje fin de vida', en la que se cuenta una truculenta historia basada en el galopante aumento de personas de la mal llamada tercera edad. El aumento de la esperanza de vida en los países más desarrollados estaba provocando graves problemas de sostenibilidad en el pago de pensiones. Cuando la jubilación estaba fijada en los 70 años, parte de la población no llegaba a esa edad; fallecía antes de cumplirlos y por lo tanto no podía disfrutar del merecido descanso después de muchos años de trabajo.

Hoy, en España, la esperanza de vida de los varones es de 80 años, y en las mujeres, de 86.

En la novela que comento, en esa página que se destina para recoger un pensamiento o una frase de unos personajes de la ciencia, o dedicatoria del escritor a un familiar allegado –esposa, marido, familia...- el autor escribió lo siguiente: «En el año 2010 no habrá dinero para el pago de pensiones» (De los periódicos).

Cuando escribió la novela (1993-1994) presentía el problema del desfase entre cotizantes y beneficiarios: a más beneficiarios y menores trabajadores en activo, menos dinero para el sostenimiento de uno de los logros de la sociedad moderna.

Quizá pecó de pesimista porque en 2010 y hasta el momento presente, el pago de las pensiones a los jubilados se sigue cumpliendo pero con avisos urgentes de que la cosa no se podrá mantener. Se puede sustituir el 2010 por el 2050.

Una idea macabra


El autor de la novela cuenta la puesta en práctica de una idea macabra, suavizada como un premio a la jubilación: Son elegidas personas de avanzada edad, pero con buena salud dentro de las limitaciones biológicas para disfrutar de un viaje, un crucero por aguas del Mediterráneo. Adrede se seleccionan las que están bien de salud y por lo tanto con posibilidades de subsistir muchos años. Se tiene el buen cuidado en la elección: preferentemente son seleccionados los que residen en residencias públicas sin familia.

El viaje fin de vida es una oferta apetitosa, un premio a toda una vida de trabajo y privaciones. Al estar solos, sin familia, la idea de gozar de un viaje por mar y disfrutar de los atractivos y delicias de un sueño no cumplido durante la juventud y madurez, tiene gran acogida entre la población afectada,

Precisamente se escogen aquellos que están en condiciones de viajar y perspectivas de vivir bastantes años más. Su atención representa una pesada carga para el país. Los aquejados de graves enfermedades o desahuciados, al estar cerca del fallecimiento, no son invitados al crucero.

El soñado viaje fin de vida tiene una doble lectura: lo de fin de vida no es un premio, es una sentencia de muerte. Los que embarcan ignoran que es un viaje sin retorno, un auténtico viaje fin de vida porque ninguno de los embarcados regresará a su residencia. Sus restos irán al fondo del mar tras una dulce muerte, una eutanasia sin dolor ni padecimiento.

En cada uno de los cruceros cuarenta o cincuenta personas de edad avanzada serán eliminadas sin dejar el menor rastro. Nadie les echará de menos porque ninguno tiene familiar conocido.

¿Ciencia ficción?


Si me he acordado de la novela es porque en la larga relación de verdades y mentiras aparecidas en los periódicos, televisiones y redes sociales, con toda la gama de opiniones y afirmaciones sobre el origen del coronavirus, que de epidemia pasó a pandemia y cuyo final se desconoce, dejan abiertas muchas puertas sin resolver todavía. No han faltado versiones tan truculentas como la de 'Viaje fin de vida'. Se ha llegado a decir que el virus es una enfermedad creada o inventada, como lo fue en su día la mixomatosis para reducir la población de conejos.

No editada


La obra, una novela corta de 88 páginas, no fue editada. Se hicieron diecisiete ejemplares en una impresora. Cada ejemplar lo dedicó el autor a familiares y amigos. Pese a su restricción, al menos la leyeron entre los años 1993 y 1994 más de sesenta personas, sin contar los miembros de los jurados de sendos premios de Novela Corta a la que concurrió el autor en aquellos años. Se supone que, de acuerdo con las bases de ambos certámenes, al no ser premiada la novela serían destruidos los cinco ejemplares.

Ya solo falta el final de esta historia. Si conozco tantos datos, incluso los nombres de los lectores es porque el autor de la novela es el autor de estas líneas. Me inspiré en las primeras alarmas sobre la imposibilidad de mantener los actuales planes de jubilación pues, como dicen los economistas, la pirámide sobre los nacimientos y fallecimientos se había invertido.

Una de las lectoras de la novela, tras decirme que le había gustado, me dijo que le recordó lo que una vez le manifestó una costurera que llevaba años acudiendo a su casa y que se sentía muy mayor para continuar trabajando. «Señora -le confesó-: ya estoy para el barco». La señora sorprendida le preguntó: «¿Para qué barco?». La respuesta más o menos fue: «Al barco donde meterán los viejos para tirarnos al mar».

La vieja costurera, cuyo nombre puedo dar, pero no lo voy a hacer por un principio de privacidad, murió sin llegar a embarcar en el barco de la muerte porque todavía nadie se había atrevido a semejante monstruosidad. Se me adelantó en la idea.

Repito: la novela no se editó. El original está en mi ordenador y por ahí andan los diecisiete ejemplares con mi dedicatoria y firma.

Confío en que nadie se inspire en mi novela para resolver el problema de la longevidad.

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