Mucho antes del nacimiento de Jordi Hurtado, el geógrafo griego Estrabón nos recordaba lo fácil que era diferenciar, a simple vista, la Malaka fenicia de la Mainake griega.

Sin duda se refería al aspecto apiñado de las casas de la ciudad fenicia original, en las que también escaseaban los patios, pues entre las principales preocupaciones de los fenicios no se encontraban las comodidades del hogar ni las anchas avenidas, sino el contar con un puerto comercial en condiciones, con una ciudad amurallada y con una elevación en la que levantar uno o varios templos para sus divinidades (la casi imperceptible colina en la que hoy se levanta la Catedral).

Con los romanos se produjo una importante mejora y con la llegada de los árabes, un regreso al 'garrapiñado' urbanismo fenicio, aunque con la incorporación romana de los patios interiores.

Ecos de ese urbanismo primigenio, de la noche de los tiempos, podemos verlos todavía -que no apreciarlos- en la calle dedicada al compositor británico Edward Elgar, entre la estación de tren y el puente de Juan Pablo II. Es un asunto tratado con anterioridad en esta sección pero que todavía colea.

Esta calle del arranque de la Carretera de Cádiz se trazó en principio como si fuera el mismísimo 'decumano' o avenida horizontal principal de una ciudad romana. Pero, lástima, se topó con un obstáculo en mitad de la espléndida vía: con un destartalado almacén o taller, quién sabe si del año de la polka (hacia 1830) y la calle tuvo que tomar un requiebro que se traduce en un peligrosísimo estrechamiento, así que de dos direcciones pasa a tener una, obligada por la añeja y abandonada construcción.

El estrechamiento es además el lugar en el que el Ayuntamiento de Málaga ha plantado un paso de cebra, que en un tercio comparte espacio con la pared del destartalado taller.

Como resultado, además de los conductores son los peatones los que tienen que tener extrema precaución y asomar la cabeza fuera de la construcción antes de seguir cruzando el paso de cebra.

También corta el paso de una acera, así que los viandantes tienen que jugarse el físico mientras avanzan por la carretera.

El casetón en cuestión quedaría muy bien en algún viejo capítulo de 'El Ministerio del Tiempo' por sus evidentes herrumbres y su decadencia general. Apenas resultan legibles las letras que nos recuerdan que alojó un almacén o taller de cerrajería.

Si este año lleno de esperanza, bisontes, vacunas y nieve nos trae la desaparición de la edificación, todos ganaremos.