«Como nos estamos viendo en situaciones desesperadas, entendemos las de los demás. Nos ponemos en su lugar», confiesa una voluntaria que, como el resto, prefiere mantener el anonimato. Madre soltera con tres niños, en pocos meses se le acabará la ayuda municipal para el alquiler. Y pese a todo, cada tarde noche sale a repartir comida a las personas que duermen en la calle en el distrito de la Cruz de Humilladero.

«Ayer fueron unas treinta y tantas personas, desde las 5.20 hasta las 9. Les dimos comida, mantas y ropa. Estaba lloviendo, se estaban mojando y algunas no podíamos contener las lágrimas», comenta otra voluntaria. La Opinión acompañó a estos voluntarios en la tarde noche del pasado jueves.

Manuel, en la calle Mauricio Moro, lleva 30 años viviendo en la calle. Álex Zea

El único que parece no haber caído en la indigencia en los últimos años se llama Manuel, es un donostiarra de 58 años y está sentado en el soportal de un lujoso edificio de oficinas. Mientras recibe la bolsa con una barra de pan, sardinas, atún y se toma un zumo, cuenta que lleva 30 años viviendo en la calle, el último año largo en Málaga. «Recalé aquí más que nada por el clima, porque tengo mal las rodillas».

Manuel, que es afable y educado, explica que ha logrado salir alguna vez de la mendicidad, «pero he vuelto a entrar». Como detalla, él y otros indigentes suelen dormir en grupos, «para darnos seguridad». A su juicio, ahora hay más gente durmiendo en la calle «por la burbuja inmobiliaria».

Con el joven venezolano que fue refugiado político. Álex Zea

Al otro lado de la calle, maleta en mano, se encuentra un joven venezolano de 20 años, que en 2018 entró en España como refugiado político, pero que cuando la ayuda económica concluyó, «hace seis meses me quedé en la calle por primera vez en mi vida».

El sueño de este joven es marchar a Alemania, donde tiene varios contactos que le podrían dar alojamiento, y así estudiar una carrera, para ganar dinero «y poder ayudar a los demás, a la pobre situación de Venezuela».

Hasta el pasado fin de semana cuenta que tenía permiso para dormir en un módulo del albergue municipal. Ayer, en principio, se le acababa el plazo. No sabe qué será de él pero tiene una cosa clara: «Nunca he pedido en la calle ni me gustaría».

Cuando los voluntarios terminan de charlar con este amable venezolano una de ellas subraya: «Con la edad que tiene, hasta podía ser mi hijo».

Rebuscar en la basura

En un lateral del Centro Larios, con absoluta expresión de desamparo se encuentra el tímido Amín, de 29 años, arrebujado entre mantas y cartones. Como explica, llegó a España de forma ilegal hace tres años, procedente de Marruecos, y desde hace uno duerme en la calle. Dejó su país por falta de trabajo y se ha topado con una situación parecida al otro lado del Estrecho.

Para sobrevivir, saca dinero rebuscando cosas en la basura que luego revende. Al albergue municipal acude a ducharse. «Trabajo en lo que sea, trabajo muy bien», subraya.

A pocos metros se encuentra Radu, un rumano de 43 años que habla un fluido español y que explica que ha trabajado en la construcción, de soldador, jardinero y recogiendo aceitunas. En Rumanía ya no le quedan parientes. Sus padres murieron y está solo.

Cuando pasó por el albergue municipal, «antes del virus», cuenta que por medio de una asociación llegaron a hacerle un currículum, «pero en año y medio no ha llamado nadie».

Radu subsiste como aparcacoches en las inmediaciones, con los alimentos que le reparten voluntarios como los de esa tarde noche y gracias a la generosidad de una vecina que le ha regalado unas mantas para soportar el frío.

Como su compañero de infortunio, pide un trabajo, no importa cuál sea la duración. «De cinco meses, de tres meses, de jardinero, de lo que sea».

Una voluntaria junto a una tienda improvisada para pasar la noche en los Jardines de Picasso Álex Zea

Bajo los grandes ficus de los Jardines de Picasso varios grupos de indigentes se preparan para pasar la noche, una de estas personas agradece con un gesto y una sonrisa la comida pero prefiere no hablar. Acaba de salir de una pequeña tienda que se ha fabricado con plásticos y cartones al pie del inmenso tronco de un ficus.

Sí habla, y mucho, Francisco, de 39 años, que departe con otros dos indigentes. A su lado, un joven colombiano vecino de los alrededores que explica que le gusta reunirse y conversar con ellos «de la guerra de la vida».

Francisco, por su parte, comenta que es almeriense y que terminó en Málaga porque aquí, en un centro, pudo quitarse de la metadona. Hasta el estado de alarma estuvo cuidando un cortijo por La Palmilla y explica que ha trabajado en la construcción y además es tatuador y pintor. Su única esperanza este año es poder cobrar la renta activa de inserción: 420 euros, 11 meses. «Que mejoren las cosas con ayuda de Dios», se despide.