José Ascanio, estudiante de la UMA. | L.O.

Pronto hará un año que subsistimos entre restricciones, limitados a cuatro paredes y al núcleo familiar. Desde el principio, los jóvenes han sido culpados de ser propagadores del virus y de comportarse de manera irresponsable ante la pandemia. Unas críticas que son recibidas como un trato injusto por culpa de esta visión generalizada.

Puede haber jóvenes responsables y adultos irresponsables, no podemos olvidarnos. Como tampoco deberíamos olvidar que ser joven nunca es fácil, y menos ahora. En estas circunstancias es casi un milagro poder acceder a un alquiler, emanciparse de la casa familiar o tener algo de estabilidad laboral. Por todo esto, es bueno tener una mirada más amplia respecto a las consecuencias que viven los jóvenes por culpa del virus y así, tratar de entender que el impacto de la pandemia para ellos está siendo peor de lo que se puede imaginar.

El coronavirus ha hecho que los jóvenes no viajen, no vean a los amigos y familia cuando ellos quieran y tener hora fija para volver a casa. No es un drama, pero les va a marcar la vida. Para Álvaro Suárez, malagueño de 22 años y estudiante de Periodismo, el Covid-19 ha supuesto un antes y un después en su vida. «Por culpa de la pandemia he perdido familiares, he sufrido una ruptura sentimental y he desaprovechado medio año de universidad presencial y todo lo que esto supone», cuenta con resignación.

Muchos estudios han corroborado el aumento entre los jóvenes de la ansiedad y la depresión. Respecto a este tema, Aurora Brown, sevillana de 23 años, estudiante de Antropología y trabajadora del sector de la telecomunicación, reconoce que se ha sentido frustrada, cansada y con ansiedad durante toda la pandemia. «No tenía estabilidad laboral y veía que la cosa empeoraba tras bajar los pedidos y cerrar los locales vecinos. Pensaba que iba a perder el trabajo y eso me hacía no tener ganas ni de estudiar. Estar todo el día en casa, sin poder despejarme me ha hecho vivir en un estrés diario».

A su vez, esto ha provocado que muchos jóvenes tengan problemas de convivencia en casa. José Ascanio, cordobés de 21 años y estudiante de Periodismo, reconoce que «después de estar 3 años viviendo fuera y estar tanto tiempo con sus padres en casa ha provocado algún que otro roce con ellos».

La incertidumbre y las dificultades sobre lo que les espera el día de mañana son la causa que provoca síntomas físicos y psicológicos como los que comenta Aurora. En cuanto a las consecuencias económicas del Covid-19, Luka Leal, cordobés de 23 años, estudiante del doble grado de Historia e Historia del Arte y trabajador de un restaurante de comida americana, asegura que en su casa se ha notado mucho el impacto del virus. «Tenemos un presupuesto muchísimo más ajustado que antes. Además, solo hace falta salir por mi barrio para ver todos los negocios que se han visto obligados a cerrar», lamenta.

Otra consecuencia de la pandemia es todo lo que se están perdiendo los jóvenes por la reducción de la movilidad y de las relaciones sociales en el día a día. Marta Becerra, malagueña de 21 años y estudiante de Periodismo, explica que su familia es de Ronda y que por culpa de las restricciones no ha podido visitarlos como hacía normalmente, «y mucho menos reunirnos en Navidad, siendo de las pocas ocasiones en las que todos, siendo una familia tan grande, nos reencontrábamos». Isabel Barranco es compañera de clase de Marta, tiene 21 años y es almeriense. Ella apunta que, pese a las reducciones de movilidad y de relaciones sociales, la tecnología le ha ayudado mucho a soportar la pandemia. «Me ha ayudado a entretenerme, si no hubiese sido por ella no hubiese podido seguir mis clases o estar en contacto con mi entorno. Si tengo dependencia a la tecnología, ya la tenía antes», dice entre risas.

Hay una cosa que los jóvenes no han perdido gracias al coronavirus y es la etiqueta de irresponsables, egoístas y rebeldes. Frente a esto, Melchor Villalba, jienense de 22 años y estudiante de Periodismo y Filología Hispánica, piensa que se le ha proporcionado un trato injusto a los jóvenes y añade que «siempre destaca lo malo y pagamos justos por pecadores. Durante la pandemia ha habido corridas de toros y centros comerciales a rebosar y no creo que el público fuera solo joven». Como solución a esto, Noelia Muñoz, canaria residente en Córdoba y graduada en Historia del Arte, piensa que es necesario un cambio de perspectivas y nuevas políticas que rompan el actual cruce de culpas entre generaciones. Asimismo, argumenta que hay que cambiar el modelo de ocio, pues «el que existe es sólo beneficioso para según quienes, pues se basa en alcohol, drogas y casas de apuestas. Por esto, se da una imagen de irresponsabilidad y falta de conciencia a los jóvenes, y quizás es la única alternativa que tienen algunos para evadirse de las nulas posibilidades de un futuro digno».

Los jóvenes tienen escaso peso en la agenda y gasto público en España, o al menos así lo piensa Mario García, cordobés de 22 años y estudiante de Periodismo. «En la agenda seguro, no hay más que ver, por ejemplo, el caso de las universidades. Ni siquiera, después de tener a todos los estudiantes andaluces protestando, el presidente de la Junta refirió ninguna medida sobre ellas en el último anuncio de nuevas restricciones. Por no hablar a nivel nacional, porque al ministro de Universidades ha sido imposible verlo más de cuatro veces contadas. Y cuando lo ha hecho, ha sido para decir nada», protesta. Ana Pulgarín, cordobesa de 20 años y estudiante de Psicología en Huelva, comparte la indignación ante este aspecto con Mario García, y agrega que «en ningún momento se han preocupado por las condiciones sociales y económicas de los alumnos».

Las consecuencias de la crisis del Covid-19 han irrumpido en las expectativas profesionales y vitales de estos jóvenes. Ante esta situación, Álvaro Suárez intenta ser positivo y seguir formándose para «buscarse las habichuelas». A nivel personal, todos reconocen haber aprendido algo gracias al Covid-19. Quizás es lo único positivo de todo esto. Noelia Muñoz asegura que ha aprendido a «valorar más los pequeños detalles del día a día, como el café en la cafetería de la universidad con mis compañeros y compañeras, y por supuesto a mi familia, el tiempo junto a mis seres queridos», manifiesta con emoción.