El pasado viernes el autor de estas líneas ascendía el camino de Gibralfaro a las 3.30 de la tarde, con un sol invernal de justicia y (lógica) ausencia casi total de paseantes.

Si la pandemia ha mermado radicalmente la afluencia, la hora tampoco acompañaba mucho a hacer alpinismo por el pizarroso camino del monte.

El ascenso sirvió una vez más para constatar que, si se lo proponen, nuestro gamberros autóctonos pueden ensuciar todo lo que se menee, en incluso lo que desde hace muchos siglos permanece inmutable.

Las antiguas piedras de la coracha terrestre son testigo de las andanzas de estos homínidos armados con spray, capaces de desvirtuar una obra de la Málaga musulmana en cuestión de segundos.

El garrulismo pictórico tiene estas cosas: nulo valor artístico pero una inquietante tendencia a permanecer durante años en nuestros monumentos.

El mirador de Gibralfaro tampoco se libra de esta fiebre mastuerza. De hecho, es tradición en esta sección -que este año cumple 22 primaveras- el subir al mirador una o dos veces al año y en todos estos ascensos la conclusión siempre ha sido la misma: apaga y vámonos.

¿Por qué el mirador lleva tanto tiempo abandonado a su suerte? Parece una tontería pero todo apunta a nuestro famoso refrán: «Ojos que no ven, corazón que no siente». Porque el problema principal es que nuestros representantes públicos no son todo lo andarines que debieran. Hay que recordar que para llegar al mirador no hay acceso directo en coche y esto dificulta la inspección institucional.

Claro que si el coche oficial depositara a nuestro alcalde o a nuestros concejales a la entrada del Castillo de Gibralfaro, tan sólo tendrían que descender unos metros para percatarse del olvido tan terrible en el que se encuentra uno de los puntos turísticos más famosos y veteranos de Málaga.

Es la única explicación racional posible a que el monolito de piedra del mirador continúe atiborrado de pintadas, algunas fechadas hace 15 años. A esa barandilla pintarrajeada y llena de adhesivos. A todos los elementos de piedra sucios, gracias a los gamberros del spray. A la plancha metálica con el perfil de la ciudad con sus principales hitos llenos de garabatos. Al código QR que explica las vistas adornado con una pintada fálica. A los candados de amores eternos, quién sabe si rotos hace lustros.

En suma, necesita una limpieza general y para eso sólo hace falta que nuestros munícipes lo visiten y comprueben el deterioro por sí mismos. Ánimo.