Pese a que parece que llevamos toda la vida conviviendo con la palabra ‘cenutrio’, se trata de un vocablo de reciente incorporación al diccionario de la Real Academia de la Lengua, que, según parece, no lo acoge en su seno hasta la edición de 1984.

Aunque hay varias teorías sobre su origen, parece que es una creación del argot hispano que suma la sílaba ‘ce’, presente en palabras despectivas como ‘ceporro’, con la nutria, para dar la sensación de que estamos -como este mamífero acuático- ante algo de apariencia deforme, en este caso las entendederas del sujeto objeto de este poco cariñoso apelativo.

De esta manera, ‘cenutrio’ y ‘merluzo’ siguen un funcionamiento interno parecido, al tomar como base el rico reino animal, y demuestran a su vez la rica expresividad de la lengua que hablaron Quevedo, Cela y José Luis Coll, tres grandes expertos en el ramo de las imprecaciones.

Esta introducción viene a cuento porque uno o varios cenutrios con todas las letras evidencian más moral que el Alcoyano, a la hora de ensuciar con denuedo un elemento de nuestro Patrimonio Industrial, que en el escueto universo del cenutrio sólo es una superficie para dejar la firma.

Hablamos de una chimenea que recibe las caricias pictóricas de cenutrios de gran calado una y otra vez, como si el ladrillo de esta centenaria construcción fuera la imborrable mancha de sangre de la novela ‘El fantasma de Canterville’.

Alcanzado el grado profesional de cenutrio, suponemos que les importa un bledo que la Asociación en Defensa de las Chimeneas y el Patrimonio Industrial de Málaga (Apidma), presente en la crónica de ayer, haya peleado durante tantos años hasta conseguir su protección.

Hablamos de la chimenea que hoy descansa junto a los restos del convento carmelita de San Andrés, en El Perchel, y que en 2009 fue trasladada hasta este emplazamiento desde su ubicación original, a unos metros, a causa de unas obras.

Como destaca en uno de sus libros Francisco Rodríguez Marín, presidente de Apidma, esta chimenea de la segunda mitad del XIX quizás sea las más antigua de Málaga aunque no se sabe con certeza qué usos tuvo, quizás la fabricación de crémor tártaro que se empleaba para hacer vino, ya que el solar era propiedad del vinatero Juan Clemens en la década de 1860.

Toda esta historia le importa un pimiento a nuestros cenutrios de campeonato que podrían aspirar a batir grandes marcas mundiales en alguna olimpiada cenutria. Dadas sus cortas luces, el bronce estaría asegurado.