Vivir en una gran urbe o bien ser ciudadano de una pequeña ciudad, que esté encajada entre sistemas montañosos o abierta al mar, que sea muy poblada o carente de densidad demográfica… todas estas fórmulas acaban convirtiéndose, irremediablemente, en factores muy determinantes no solo para el medio ambiente sino para la condición humana.

Los combustibles fósiles -petróleo, carbón y gas natural- son una fuente de energía polifacética, asentada desde hace décadas, que puede emplearse en aspectos habituales como el tráfico rodado o a mayor escala, como la actividad industrial o la producción de electricidad. Sin embargo, su uso tiene un alto coste para la salud y se mueve en forma de partículas finas y gases de efecto invernadero que comprometen la calidad del aire que respiramos, entre ellos, las PM2,5 y el NO2.

«Los óxidos de nitrógeno sí son un gas, las partículas no, son material particulado formados por sólidos y líquidos. Tanto uno como otro tienen sus peligros», explica María Ángeles Larrubia, catedrática de Ingeniería Química en la Universidad de Málaga, que advierte de la peligrosidad de ambos compuestos para la salud humana. «[Las partículas finas] son tan pequeñas que las podemos respirar, llegar a los pulmones y causar grandes problemas. El NO2 es tóxico y lo respiramos. Además, contribuye al efecto del calentamiento global, es un gas de efecto invernadero».

Un estudio liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), con investigadores del Swiss Tropical and Public Health Institute (Swiss TPH) y de la Universidad de Utrecht, ha calculado por primera vez la mortalidad asociada a la contaminación del aire por estos dos compuestos en un millar de ciudades europeas, entre las que se incluyen cinco ciudades costeras de la provincia: Málaga, Fuengirola, Torremolinos, Marbella y Benalmádena.

En el caso de la capital de la Costa del Sol, los datos indican que la ciudad no es la que presenta los mayores índices de contaminación del aire, favorecida por su apertura al mar, su cercanía con el Estrecho o sus pequeñas dimensiones, que descartan un exceso de tráfico rodado en comparación con grandes metrópolis como, por ejemplo, Madrid. Eso sí, cuenta con puntos contaminantes como son la fábrica de cemento de la Araña o la central térmica de Campanillas.

Málaga presenta unas emisiones anuales de partículas finas (PM2,5) de 13,4 microgramos por metro cúbico, por lo que supera levemente el límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), fijado en 10. Lo que la sitúa en el puesto número 31 de las 92 ciudades españolas recogidas en el estudio en cuanto a emisiones, y en el número 350 -de 858 analizadas- si se compara con el entorno europeo.

Con estos datos, el estudio revela que en Málaga se respira mejor que, por ejemplo, en La Línea de la Concepción, Oviedo, Bilbao o Murcia, pero peor que en Chiclana, Toledo, Pontevedra o Ávila.

Aún así, si la capital malagueña redujese sus emisiones anuales para adaptarse al umbral de la OMS, podría evitar hasta 109 muertes anuales relacionadas con la mala calidad del aire y hasta 304 fallecimientos menos si consiguiese adaptar sus emisiones a la ciudad menos contaminada del listado: Reikiavik, la capital de Islandia, con una concentración anual de PM2,5 de solo 3,3 microgramos por metro cúbico.

En el extremo contrario, la ciudad europea con la mayor concentración de partículas finas es Brescia, ubicada en la región italiana de Lombardía, con una concentración de 27,5 microgramos.

En cuanto al dióxido de nitrógeno (NO2), Málaga emite una media anual de 26,2 microgramos por metro cúbico, por lo que se mantiene muy por debajo de las recomendaciones de la OMS para proteger la salud de la población (40 microgramos). Esto la sitúa en el puesto 16 en cuanto a sus emisiones entre las ciudades españolas y en el puesto 200 en el entorno europeo. El estudio recalca que se podrían evitar 204 decesos si se ajustase los niveles a los de Tromsø, en Noruega, la menos emisora con una media anual de 3,41 microgramos por metro cúbico. La ciudad europea más contaminante por NO2 es Turín, en Italia, con una concentración de 40,8.

Aire en la Costa

La siguiente ciudad malagueña del listado es Fuengirola, con una concentración de PM2,5 anual de 13,3 microgramos por metro cúbico. Si se ajustase a los niveles de la OMS, podría evitar 10 muertes al año y 29 si asimilase sus registros a los de la capital islandesa. Su concentración de NO2 es de 23,6 y, si se ajustase a los niveles noruegos, podría evitar 18 muertes.

Continúa Torremolinos, con 13,2 microgramos por metro cúbico de estas partículas finas, por lo que sigue superando el índice de la OMS. Esta ciudad podría evitar entre 9 y 27 fallecimientos al año por contaminación del aire si redujese sus emisiones de partículas finas. Este municipio emite unos 23,4 microgramos de NO2, que de reducirse podría disminuir la mortalidad anual en 16 personas.

En el caso de Marbella, la concentración de PM2,5 es de 12,6 microgramos por metro cúbico de PM2,5, lo que el estudio traduce en 14 y 47 muertes evitables. Su concentración de dióxido de nitrógeno es de 20,6 y con una reducción de las emisiones podrían evitarse 26 decesos.

Por último, Benalmádena presenta un nivel de partículas finas en el aire de 11,9 microgramos, y podría evitar entre 4 y 19 decesos al año por una calidad del aire deficitaria. Este municipio tiene la misma concentración de NO2 que Marbella, y podría evitar hasta 11 muertes.

El dióxido de nitrógeno y las partículas finas, de origen antropogénico

Tanto las partículas finas (PM2,5) como el dióxido de nitrógeno tienen un origen antropogénico, es decir, están generadas por la actividad humana. En el caso de las PM2,5, estas partículas se generan por la quema de los combustibles para producir energía, la electricidad, en los motores de los coches... y debido a su tamaño diminuto se mantienen en suspensión en la atmósfera durante un período prolongado. «En determinadas zonas en las que hay muchos vehículos, muchas plantas industriales... se genera más cantidad, la concentración es mayor y permanece ahí mucho más tiempo», explica Larrubia, catedrática de Ingeniería Química en la UMA.

En cuanto al dióxido de nitrógeno, se produce fundamentalmente en la combustión, ya que muchos combustibles llevan compuestos «nitrogenados», añade Larrubia, que señala que los coches ya vienen equipados con catalizadores para filtrar esas emisiones. «Cuando se quema ese nitrógeno con el oxígeno, genera esos óxidos de nitrógeno». Entre esos óxidos (NOx) se encuentra el dióxido de nitrógeno (NO2). Ambos compuestos tienen unos efectos nocivos para los humanos, siendo factores desencadenantes y agudizantes de bronquitis, asma y otras enfermedades respiratorias crónicas. Ante esto, las energías renovables se presentan como una solución ya que están exentas de compuestos nitrogenados y de partículas. «Las renovables no llevan compuestos de nitrógeno en su constitución y no darán lugar a esos óxidos de nitrógeno ni a partículas».