Con bastantes siglos de retraso, el fugaz Imperio Británico levantó en el siglo XIX un cadena de torres costeras en Irlanda, en plenas guerras napoleónicas.

Cumplían la función defensiva de las torres almenaras de nuestra costas, sólo que no se levantaron para proteger de los piratas ni de los corsarios sino de un ‘corso’ en particular.

Una de estas torres irlandesas es la que protagoniza el arranque de la legendaria novela Ulises de Joyce, la obra más veces comenzada y más veces abandonada por lectores de medio mundo, con permiso de Paradiso y Moby Dick. En la torre que protagoniza la acción vivió James Joyce una temporadita.

La recia plataforma circular ha pasado a la Historia de la Literatura. La que todavía no ha logrado pasar ni a la Historia de Málaga, gracias a la apatía de nuestros políticos, es la imponente construcción circular de la antigua noria de la Huerta de Godino, datada en el siglo XVII.

Hablamos de la construcción de calle Salvador Dalí, junto a Martiricos y la avenida del Arroyo de los Ángeles. Se encuentra en terrenos de la Diputación que, como una ironía del destino, bautizó como La Noria su proyecto colindante en los antiguos terrenos de la Huerta de Godino, pero dejó que la noria auténtica se cayera a pedazos, y eso que a los políticos les encanta eso de ‘poner en valor’ (con perdón por el ‘palabro’ francés).

La noria nutría de agua a la huerta de Godino, llamada así desde el siglo XVI por uno de sus más tempranos propietarios, Alonso Godino de Zaragoza.

Como a algunos les sonará, en 2016 se aprobó en la Comisión de Urbanismo una moción de Ciudadanos para restaurar la noria y su entorno (un aparcamiento), mediante un acuerdo con la Diputación para que cediera lo que queda del artefacto, al que en los últimos lustros sólo le ha aplicado un corsé de hormigón para que no reviente como una tarta con petardos.

Esa es la impresión, porque sobre la plataforma con los restos de la noria crece un auténtico ‘bonsái de bosque urbano’.

El paso del tiempo, cinco años, demuestra que las mociones demasiadas veces sirven para tranquilizar nuestras conciencias pero no para solucionar los problemas.

Los cuatro siglos de esta olvidada obra sólo han servido para que los coches aparquen a su alrededor, al tiempo que proliferan las pintadas más parcas en ingenio, pues sólo aparece el nombre o el apodo del grafitero infractor.

Estos días, por lo menos, la enorme estructura sirve para acoger como vecino el acopio de una obra. Faltan más políticos que se interesen por ella.