El precioso plano de Emilio de la Cerda de 1899 detalla unas afueras de Málaga llenas de fincas, ‘hoteles’ y cortijos que hoy son barrios más que consolidados.

En una de estas afueras, entre el arroyo de los Ángeles y el Camino de Suárez, se encontraba una zona conocida como El Pavero, cuya elevación sobre el terreno le valió en el siglo XX el nombre de Monte Pavero.

Vecino del Cortijo o Granja de Suárez y de la finca de Gamarra, la cercanía del arroyo le permitió el siglo pasado contar con un tejar (por algo el barrio era vecino de la desaparecida fábrica de ladrillos Salyt). Además, contaban los vecinos que hasta los años 50 en este discreto cerro se criaban y vendían pavos, aunque como vemos, la denominación ya aparece en el XIX.

Hablando de décadas, hace justo 20 años, en un reportaje realizado por el firmante, los vecinos ya se quejaban del comportamiento incívico de algunos residentes.

En concreto, del voleo por las ventanas de los pisos de las basuras, una práctica que, afortunadamente, aún no ha sido considerada deporte olímpico.

Por otra parte, hace ahora 16 años, la asociación de vecinos criticaba en este diario el estercolero que se formaba en el arranque del barrio, en la parte más cercana a la avenida de Valle-Inclán.

Allí, en la cuesta de la calle Genoveses, que homenajea a la temprana colonia de comerciantes de esa ciudad tanto como la Fuente de Génova, aguarda un escuadrón de contenedores, en un despliegue pocas veces visto en barriada alguna. En suma, que es complicado no encontrar dónde tirar los desperdicios.

Y sin embargo, 16 años después es evidente la constancia con la que un irreductible grupo de incívicos de Monte Pavero o su entorno se aplican en ensuciar todo lo posible.

También se constata que el Ayuntamiento difícilmente puede hacer más.

Cuando el lateral de Monte Pavero con la avenida era un monte pelado, la basura espurreada caía colina abajo. Cuando el Ayuntamiento plantó árboles, la zona verde no frenó a estos incívicos, que continuaron tirando la basura donde pudieron.

El Consistorio colocó entonces una valla metálica para impedir el espurreo, pero entonces los más montaraces optaron por volearla por encima de la valla, mientras otros la espurreaban junto a la calle.

La única solución posible que se vislumbra es la de ofrecer talleres municipales online de Urbanidad y atacar de raíz el problema: la falta de educación de una minoría.