La vida de Pepe Fernández, de 58 años, podría haber servido para el guión de una película de Frank Capra, pues contaría el ascenso, la caída y el renacer de un hombre bueno que, en el camino de su rehabilitación, hasta impidió el robo en una tienda del Centro de Málaga.

Hoy, a punto de marcharse a vivir a un piso, cuenta cómo ha sido pasar dos años en el Centro de Acogida San Juan de Dios, una institución que este año cumple tres décadas y gracias a cuyos programas de atención ya es una persona nueva.

Hijo de emigrantes malagueños, nació en Bélgica en 1962, allí se casó y trabajó de camarero y en una fábrica de cables para ascensores. A los 33 años, divorciado de su pareja, decidió buscarse la vida en la tierra de sus padres. En Bélgica se quedaron los cuatro hijos que tuvo con su mujer.

Nada más llegar a Málaga, encontró empleo en el Chiringuito María, donde estuvo siete años, hasta que empezó de camarero en una conocida pizzería de la zona de Santa Paula. «Estuve 16 años de camarero, hasta que el dueño tuvo un problema de salud y en 2016 me convertí en el propietario», detalla.

Como recuerda, tanto ese año como el siguiente fueron «impecables» y en el negocio llegó a tener 14 empleados. «Me centré en el trabajo y todo funcionaba de maravilla», reconoce.

Pero en 2018 el juego entró en su vida: «Bonoloto, Primitiva y después el póker. Mi mala suerte fue que empecé ganando mucho dinero. Pero con los juegos de azar siempre pierdes porque si juegas 100 euros y ganas 70, en realidad has perdido 30», remarca.

De esta manera, empezó a pensar cada vez menos en el trabajo «y cada vez cogía más dinero de la caja, cuando nunca antes lo había hecho». La bola se fue haciendo más grande hasta que, desesperado, intentó suicidarse. «Cuando me desperté estaba en el hospital. Los médicos me mandaron al psiquiátrico de San Francisco, luego estuve en el Clínico, en el Hospital Marítimo de Torremolinos y me mandaron a San Juan de Dios», cuenta.

Cuando llegó al Centro de Acogida de la orden hospitalaria de San Juan de Dios, hace dos años, «estaba muy reacio a aceptar la realidad, era muy obstinado en el error y empezamos a trabajar eso», destaca la trabajadora social Araceli López Rúa, coordinadora de programas del centro, que explica que «a la persona no se le puede tratar como es, hay que tratarla como puede llegar a ser».

«Al final fui tan egoísta que sólo me importaba yo y me daba igual lo que le pasara a los otros», reconoce Pepe.

Gracias a un trabajo paciente e intenso, este hijo de emigrantes terminó reconociendo su problema de adicción al juego «y poco a poco, creo que cuando sintió apoyo y confianza, descubrió que tenía capacidad y potencial para trabajar el problema y salir adelante», señala la coordinadora de programas.

Con la directora de programas del Centro de Acogida, Araceli López Rúa A. V.

Confinados en el centro

Así, el trabajo dio sus frutos e incluso cuando hace un año comenzaron los meses de confinamiento obligatorio por la pandemia, este malagueño de Bélgica se convirtió en el paño de lágrimas de muchos compañeros: «Si tenían un problema les decía: vamos a hablarlo. Al final cogieron confianza y todo el que tenía un problema venía a mí», explica.

Pero su labor no sólo se dejó notar en el Centro de Acogida. Como explica, en una ocasión, mientras se encontraba en la placita de San Juan de Dios, sorprendió a un hombre robando en una tienda. «Le dije, ‘¿adónde vas?, ¿están trabajando estas personas y les vas a robar?’, y lo cogí», explica. A partir de ahí, se hizo amigo de los responsables de la tienda, que hasta le compraron una chaqueta para una entrevista de trabajo.

Con el apoyo recobrado de sus hijos, en mayo, Pepe Fernández dará un paso más hacia una vida normal y compartirá piso en alquiler con un amigo que ha conocido en la institución. La pasada Navidad, además, un viejo amigo, antiguo deportista paralímpico, le invitó a compartir la Nochebuena con su familia.

Como explica la coordinadora de programas del Centro de Acogida, Pepe cumplirá pronto 59 y aunque podría irse a vivir a una residencia de mayores de la orden religiosa, a la que se puede entrar a partir de los 60, «él dice que se siente preparado para seguir trabajando».

En el Centro de San Juan de Dios, confiesa Pepe Fernández, ha encontrado «techo, comida, afecto, cariño y me han enseñado nuevos valores». Por eso, da un consejo a todos los que estén en un callejón sin salida: «Siempre hay una puerta abierta. Y si ellos no pueden que no se avergüencen y pidan ayuda».