Desde los años 60 del siglo pasado una teoría sostiene que la célebre novela ‘El maravilloso mundo del mago de Oz’, publicada en 1900 por el norteamericano Frank Baum, es una sutil crítica a los que defendían el patrón oro en el sistema monetario, frente a los que, como él, preferían que también se incluyera la plata. 

Según esta teoría, Oz sería la abreviatura de ‘onza’, la unidad para medir el oro y en cuanto al camino de baldosas amarillas, lleno de peligros, ya se imaginan que es otra crítica a la creación de dinero respaldada sólo por dorado metal. 

Siguiendo la vía metafórica, en Málaga contamos con otro peculiar camino de baldosas amarillas, una senda forjada a trompicones entre la vía del tren del puerto, a su paso por la calle Héroe de Sostoa, y el puente de Juan Pablo II.

Se trata de una acera, la del lado norte de Héroe de Sostoa, que más que por baldosas está formada por la ausencia de ellas, ya que en este corto paseo, en las inmediaciones del barrio de La Isla, el peatón se topa con 13 huecos en el suelo. Y no se trata exactamente de 13 baldosas sino de unas pocas más, pues en un par de casos el paseante se topa con sendos cuadrados formados por varios baldosines que se fueron a por tabaco y jamás regresaron.

Lo curioso es que en algunos casos, el cuerpo del delito se encuentra justo al lado: los restos troceados de los baldosines descansan en alcorques vecinos. 

Hace unos días, una vecina de esta calle paseaba en carrito a su hijo Tomás, de 16 meses, y sin pedir cita el carrito se empotró en uno de los huecos y el niño casi roza el suelo del vuelco del transporte. 

No es un caso único, el terreno está tan minado de baldosas desaparecidas en combate, que las personas mayores tienen que andarse con ojo para sortear tanto hueco. 

En uno de ellos, por cierto, florece la hierba, lo que es señal tanto de que la primavera ya se ha asentado como de la veteranía de este ‘accidente orográfico’. 

El mes pasado hemos conocido que la Gerencia de Urbanismo ha adjudicado a una unión temporal de empresas el nuevo Plan de Conservación Viaria de la Ciudad de Málaga, que está dotado nada menos que con 8 millones de euros, y con un centenar de personas en el momento de más actividad (en el pico de la curva). 

Quizás bastaría con una sola de esas cien personas para rellenar, con paciencia cartujana, el camino malaguita de baldosas amarillas de la Carretera de Cádiz que -lo saben bien sus usuarios- no conduce a ningún mago de Oz sino, en el peor de los casos, al traumatólogo de guardia.