Ayer hablábamos del muro de la extinta Hacienda Giró, en el Paseo de Sancha, el único vestigio de una de las mansiones más lujosas de la ciudad, construida, parece, en los últimos años del reinado de Isabel II y demolida pocos años antes de la llegada del PGOU de 1983, que probablemente habría dado algo de protección arquitectónica a tan hermosa construcción.

A saber dónde terminarían los techos con pinturas neopompeyanas de la casa que fue de Juan Giró, probablemente su destino fue el mismo que el de muchos otros de la antigua Pompeya el día de la erupción del Vesubio.

El caso es que este muro ‘florece’ como una deidad pagana de los bosques cada vez que se acerca la primavera, porque de él sólo queda el ladrillo desnudo con recovecos por los que asoman todo tipo de plantas.

Un caso mucho más frondoso y espectacular, este sí, un antecesor claro de los ‘jardines verticales’, siempre que no nos remontemos a los jardines de Babilonia, lo encontramos en la calle Ferrándiz.

Esta vía fue en su día una auténtica frontera, uno de los límites de la ciudad entendida como un núcleo compacto de barrios, más allá del cual se extendían hotelitos y villas de descanso.

Evidencia de ello era la existencia de una caseta de consumos o fielato por el otro lado, por el Camino Nuevo, en realidad una indigna choza de aires neolíticos, de la que un cónsul francés dejó testimonio gráfico en el arranque del siglo XX.

La calle Ferrándiz, como saben, recuerda al pintor valenciano Bernardo Ferrándiz, unido a Málaga y fallecido en nuestra ciudad en 1885, quien tenía sus frecuentadísimos dominios en la Hacienda de Barcenillas, un retiro artístico fuera del casco urbano pero a las puertas de la ciudad, que hoy da nombre a un barrio.

Barcenillas, sin embargo, quedaba en el arranque de la calle Ferrándiz. El ‘jardín vertical’ del que hablamos es otro también muy querido y conocido, un poco más arriba: el impresionante muro de contención del Colegio del Monte, un colegio levantado en la antigua finca de Los Eucaliptos, obra de 1926 del arquitecto más conocido en la Historia de Málaga: Fernando Guerrero Strachan.

El muro, una auténtica preciosidad, tiene estos días una frondosidad amazónica, con el aliciente de que en lo alto se encuentra vigilado por un veterano ciprés, de los que tanto abundaban en estos andurriales.

Siempre y cuando el ‘exorno floral’ no mine la capacidad de contención de la obra, seguirá siendo un espectáculo anual digno de admiración.