Con obra en varios museos de Brasil y cuadros y esculturas repartidos, entre otros países, por Brasil, Estados Unidos, Japón, Holanda, Grecia y España, Diego Ortega Algarra es un artista internacional poco conocido en Málaga, la tierra familiar donde pasó su infancia y sus últimos años.

Gracias a su hermano Bernardo y a su nieta Samara de Cobos sabemos un poco más de este pintor, muralista y escultor sin fronteras.

Diego Ortega, en una bienal en Sao Paulo en 1982, con una de sus obras.

Diego Ortega, en una bienal en Sao Paulo en 1982, con una de sus obras. Archivo familiar

La Guerra Civil hizo que, de forma accidental, Diego Ortega Algarra viniera al mundo en Valencia en 1937 y no en Málaga, pues su padre, Bernardo Ortega, taxista de la capital y republicano, huyó por la Carretera de Almería con su familia con la llegada de las tropas de Franco, convencido por su mujer, Antonia Algarra.

La II Guerra Mundial la pasaron casi entera en Francia, en concreto entre Montpellier y Marsella, hasta 1944, cuando la situación empeora y la familia regresa a Málaga, donde nace Bernardo, el hermano de Diego. De esos años la nieta del artista cuenta una anécdota de su abuelo: mientras jugaba a desfilar con otros niños, descubrió un billete, lo pisó con firmeza y lo cogió con disimulo. «Y así su madre pudo pagar lo que debía en la panadería». Además, ya desde pequeño el futuro artista comienza a trabajar para ayudar en casa. «Con seis años empezó en una farmacia, ayudando y limpiando», destaca su nieta».

Precisamente, la mala salud del pequeño Bernardo empuja a los Ortega a marcharse a Mijas en busca de aires más saludables. Allí permanecerán hasta 1950, cuando se trasladan a Tánger, donde Diego seguirá trabajando para ayudar económicamente a los suyos.

Como explica Bernardo Ortega, su hermano Diego dejó Tánger hacia 1958 y se fue a Brasil «porque no quería hacer el servicio militar obligatorio». Su familia se reuniría con él al año siguiente. En un primero momento, viven en Río de Janeiro, donde el malagueño comenzará a pintar cuadros. En la ciudad carioca conocerá a su futura mujer, María Cristina Miguéis da Cruz, hija de portugués y judía alemana, con la que tendrá tres hijos: Ana María, Diego e Isabel.

Con su mujer, en una exposición de sus esculturas en Brasil en 1986. Archivo familiar

Pero los Ortega marchan todos a Uruguay durante tres años en los que Diego trabajará de chapista. «Nunca había visto un coche en su vida pero era un manitas, hacía lo que hubiera que hacer», cuenta Bernardo. Transcurrido ese tiempo, toda la familia, con Diego ya casado, se asienta en Río y a partir de 1966, en Sao Paulo.

Será en esta ciudad donde trabaje en una agencia de publicidad, no sólo como ‘letrista’ sino también como modelo, y al tiempo, donde la vocación artística de este malagueño cambiará de rumbo: «En la plaza de la República los fines de semana se juntaban unos 200 pintores,mi hermano iba allí y como veía que, por otro lado, sólo había tres o cuatro escultores, decidió meterse a escultor por la oportunidad de ganar más dinero», explica Bernardo Ortega.

Durante cinco años se centra en la ejecución de murales en relieve de cemento policromado para arquitectos y grandes empresas, expresión artística que también puede verse en la que fue su casa en Sao Paulo: «En 1970 compré un terreno para mí y otro para mi hermano Diego. Le gustó y se hizo su casa porque era un manitas. Eran dos casas geminadas y entre las dos hizo una escultura de estilo azteca, un relieve de cemento», comenta Bernardo Ortega. «Su casa en Brasil era una obra de arte», resalta Samara de Cobos, quien llegó a vivir en ella.

En 1979, el artista malagueño se pasa a la escultura en bronce e instala su propia fundición en Sao Paulo. José Guerra, escultor español afincado en Brasil, es quien le enseña los secretos de la fundición, cuenta Bernardo.

Es precisamente el hermano de Diego quien en 1985 le anima a exponer en Miami. «Yo era comercial y tenía contacto con un señor de Miami que tenía una galería de arte y llevaba a algunos artistas brasileños», señala.

A partir de entonces vivirá a caballo entre Miami y Brasil y en la ciudad de Florida conocerá en el mundillo artístico a personajes como a la mujer de Jeb Bush -el futuro gobernador de Florida- además de cuñada y nuera de sendos presidentes de EEUU.

Sin embargo, no se olvidará de su tierra natal, por eso envía a sus tres hijos a estudiar a Málaga. A comienzos de los 90 será el propio escultor quien regrese y como explica su nieta Samara, vivirá en El Molinillo. En la ciudad de su familia y de su niñez realizará varias exposiciones, aunque con algún contratiempo como el robo de sus esculturas en una conocida sala.

Diego Ortega, en sus últimos años en Málaga delante de uno de sus cuadros. Archivo familiar

En Málaga se volcará en estudios musicales de los que saldrá su ópera ‘Concierto para la paz mundial’, para la que también pinta las diferentes escenas.

Su nieta recuerda de su abuelo Diego su simpatía y buena sintonía con los jóvenes, al ser una persona abierta y de mundo. «Con él he vivido muchísimas cosas muy bonitas. A todos los nietos nos ponía a pintar», sonríe.

Diego Ortega Algarra murió en Málaga en 2011. Su hijo Diego Ortega Cruz es también escultor y sigue al frente de la fundición familiar en Sao Paulo. A la familia del fallecido artista malagueño le gustaría que algún día pudiera celebrarse en Málaga una muestra antológica de su amplia obra.

Samara de Cobos, nieta de Diego Ortega, esta semana en Alhaurín de la Torre con una foto de su abuelo. Álex Zea