Cuando alguien pasa por el Pasillo de Santo Domingo, justo por delante de la capilla de la Virgen de los Dolores del Puente, recibe un saludo correspondiente a la hora del día que proceda por parte de una entrañable señora rubia con grandes ojos azules a la que todos conocen como «María la de la capilla».

María López, así se llama, es la guardesa de esta capilla desde hace 18 años. De padre portugués y madre perchelera, su devoción por la Virgen viene desde que era muy pequeña. «Recuerdo venir a verla cuando solo era una niña y cuando su capilla no parecía más que una casita», cuenta la guardesa.

Aquella niña trabajaba en Antequera, en el cuartel de la Guardia Civil. Sin embargo, un día, de buenas a primeras, su madre decidió irse a Barcelona. En palabras de López, «me tuve que ir porque era menor de edad, no me quedaba otra». Creció en la ciudad catalana, donde comenzó a trabajar limpiando una farmacia en la que también dormía. «Yo era una niña y fueron muy buenas conmigo, hay que reconocerlo», cuenta emocionada.

María López, de 80 años, dejó todo en Barcelona para acompañar a la Virgen de los Dolores del Puente cada día cuidando su capilla, situada en el pasillo de Santo Domingo

En Gavá, un municipio barcelonés fue donde conoció a su marido, que en aquel entonces trabajaba en la casa Roca. Hace 20 años, al tiempo de fallecer él y justo en el momento en el que los seis hijos que tenían estaban ya casados y tenían sus vidas encaminadas, comenzaba a tener sueños con la Virgen de los Dolores del Puente. Aquellos momentos que recordaba de su infancia volvían una y otra vez a su cabeza. Sentía que tenía que volver a Málaga, la Virgen de los Dolores del Puente la llamaba. Tenía que regresar. «Mis hijos intentaron que no me fuera sola pero yo lo tenía claro. Málaga es mi tierra y sabía de sobra que aquí no me iban a abandonar. Y así fue, Cáritas me buscó una casa y empecé de nuevo mi vida aquí».

La llave con la que abre cada mañana la reja de la capilla de María Santísima de los Dolores del Puentes es la misma que le entregó, hace ya dieciocho años, Jesús Castellanos, el que fuera en los años 80 cofundador de la cofradía de la que a posteriori se acabaría convirtiendo en hermano mayor.

Un día decidió ir a San Pablo para hacerle una visita al Cautivo. De repente, cuando iba por el puente de la Aurora, giró la cabeza y recordó a la Virgen de Dolores del Puente, que estaba en la capilla actual. Así que fue a verla y cuando llegó se encontró la puerta cerrada y a una mujer mayor de rodillas, rezando, a la que le preguntó cuándo abrían la reja de la capilla. La mujer, que no tenía respuesta a su pregunta, la envió a hablar con Jesús Castellanos en el interior de la iglesia. Jesús le preguntó a María que quién le había dicho que hablase con él y ella le habló de la anciana. «Fuimos los dos a la capilla y no había nadie, la mujer ya no estaba. Así que Jesús me miró y me dijo que viniera al siguiente día que íbamos a hablar para darme la llave. Y así fue, hasta el día de hoy. Me parece una historia muy bonita y me encantaría saber quién sería aquella señora», explica.

La guardesa arreglando las flores de la capilla Alba Rosado

«Jesús era muy bueno conmigo, ahora debe estar vistiendo a la Virgen en el cielo, estoy segura. Todo el que pasa por la cofradía es encantador conmigo, como Enrique, el actual hermano mayor. Si necesito cualquier cosa ahí está él y eso es digno de agradecer»

Desde hace ya dieciocho años, María, de lunes a viernes abre la capilla en un horario aproximado de 10 a 12.30 y de 17.15 a 19.30 horas y los sábados solo por la mañana. «Los domingos no voy que, como todos, yo también tengo que descansar», cuenta riendo. Entre sus labores, limpiar la capilla al completo, retirar las flores mustias y atender a todos los fieles que pasan por allí por si quieren encender una vela o comprar algún producto de la cofradía, como estampas, llaveros o rosarios.

«Normalmente, siempre tengo ganas de venir pero tengo que reconocer que cuando está lloviendo, hace frío o me encuentro bajilla de moral, a veces, me tengo que recordar «¡Vamos María, a vestirse!» para levantarme de la cama», cuenta la octogenaria. Por su edad, alguna vez se ha replanteado dejarlo pero reconoce que al final nunca se atreve. De su trabajo, a nivel económico, se lleva una propina por parte de la cofradía o una compra de alimentos que se suma a alguna de las propinas que le hacen los fieles que visitan la capilla.

María no le tiene miedo a nada y no tiene ningún tipo de reparo a la hora de contar que la bondad tiene límites. «Yo soy muy buena con todo el mundo pero al que viene con ganas de molestar, lo mando al río. Si tienes algún problema, te metes conmigo, pero no con la Virgen». Tampoco le teme al virus, ya que, por cierto, lleva un mes vacunada, aunque no recuerda cuál le pusieron. «La gente tiene que ir a vacunarse igual que yo hice. Aunque ya la tenga, no puedo bajar la guardia porque puedo pillarlo con menos síntomas. Es un rollo estar todo el día sola en casa, yo soy muy activa y el confinamiento se me hizo muy largo sin salir y sin mi familia. Lo que más vi en televisión fueron documentales de animales. Me encantan. No quería más noticias ni me gustan los cotilleos, así que los tigres y leones me hicieron mucha compañía en esa etapa».