No es bueno en general esperar al último momento para nada, porque luego no hay forma de rectificar, mejorar o cambiar el resultado si a uno no le gusta el que se ha obtenido.

Es lo que tiene el final, que tras él todo termina y lo que se pudo hacer ya no se puede. Hay estudiantes -por ejemplo- que no estudian durante todo el semestre y esperan salvarse tras una noche milagrosa o una inspiración madrugadora y divina que les lleve a saber las respuestas sin entender siquiera del todo las preguntas, personas que esperan arreglar su relación de pareja cuando su pareja lo único que quiere ya es no tener relación alguna con ellas y buscan la paz de una soledad agradecida, gente que pretende remontar una situación desfavorable en un último gesto heroico. Todavía son muchos y en muy diferentes situaciones los que esperan a ese último minuto para darle la vuelta al marcador de la vida, agarrar el balón en medio del campo y como en una jugada maradoniana sortear todas las adversidades y obstáculos -gigantes convertidos en molinos-, regatear los imposibles y anotar el tanto de una victoria que nadie veía venir.

Sin embargo, a veces, muy pocas, es precisamente en ese último momento cuando todo se salva, cuando cambia la suerte y el destino, cuando se endereza de golpe todo un camino torcido y aparece la meta y se celebra la remontada agónica e inesperada. Y luego queda en la memoria que todo cambió justo antes de terminar, y nos confunde, porque no es el final el que lo cambia todo, sino la insistencia hasta el último segundo, el no desfallecer con todo en contra, seguir empujando aunque no aparezca la oportunidad.

El premio nunca llega de intentarlo sólo cuando se agota el tiempo, sino de seguir intentándolo como si no se agotara hasta el final.