Como el libro de la papel o la cuchara, hay inventos que difícilmente admiten una mejoría, puesto que hace siglos que alcanzaron la perfección.

Con algunos espacios públicos y elementos urbanos de Málaga no se ha llegado a tanto, pero sí que el consenso prolongado en el tiempo es el de no tocarlos mucho -al menos hasta que llegue una razón de peso-pues si esto sucede, nuestros cargos públicos pueden encontrarse con la indignación del respetable, entendido este como un ingente número de votantes de todas ideologías sin movilización sectaria alguna.

Sucede con la plaza de la Merced, cuya perfección se alcanzó en el siglo XIX y a lo más que se han atrevido los sucesivos ayuntamientos es a cambiar la solería y los árboles (en la jerga urbanística, ‘el arbolado’, que queda mucho serio y profesional).

Es más, ahora lo que se discute por personas de todos los partidos es si esta plaza no podía ‘exportarse’ al solar de al lado, el del Astoria, para evitarnos el trigesimoséptimo ‘hito’ arquitectónico del ‘iconismo’ malagueño que, quién lo duda, será un «edificio emblemático», según el parco español de nuestros representantes públicos, siempre tan escaso de adjetivos.

Mientras, en otro rincón del Centro cientos de malagueños tocaron a rebato ante el anuncio de reforma de la Tribuna de los Pobres, una escalinata que iba a cambiar por completo y a perder por tanto todo su simbolismo unido a la Semana Santa y su imagen tradicional. Una decisión poco meditada que, ante las protestas, fue reconsiderada.

Por ahora, no se escuchan vientos de cambio en otro rincón de Málaga muy querido por los malagueños como es el antiguo jardín de los Monos. El jardín de la Victoria mantiene el aspecto general de hace 60 años con alguna pequeña reforma municipal.

La foto de hoy no tiene retoque alguno. Fue tomada en la tarde del martes, cuando el sol se despedía por el ocaso y doraba las copas de las tres jacarandas de la plaza.

La imagen es, de paso, la constatación de que la plaza de la Victoria avanza hacia su ‘inmutabilidad’, como también ha ocurrido con la plaza de la Merced o la de Capuchinos. Son espacios consolidados en la memoria de los malagueños, cada uno con sus peculiaridades y sin ninguna causa de fuerza mayor que lo justifique hacen bien en ganar poso porque nada parece sobrar ni faltar en ellos. De hecho, lo único que chirría en esta foto es el desnortado baile urbanístico de alturas de los edificios que rodean la plaza en flor.