Alguna vez esta sección se ha hecho eco del comentario de un taxista de Edimburgo que confesó que lo que más le sorprendió cuando visitó España no fueron los toros, ni la paella, ni siquiera los horarios de las comidas. Lo que le dejó asombrado fue la zarzuela de edificios de las ciudades españolas, donde, al lado de una casa mata podías toparte con un edificio de ocho plantas y a continuación, con uno de tres, cada uno de su padre y de su madre.

Acostumbrado a la sucesión de casas clonadas de muchas calles del Reino Unido, lo de España fue, para él, una auténtica conmoción urbanística.

Habría que precisarle que, en el caso de Málaga, una parte importante de ese paisaje caótico se lo debemos a la derogación en 1964, por el Tribunal Supremo, del Plan de Ordenación Urbana de González Edo de 1950, con la oposición del Ayuntamiento de Málaga. La medida hizo posible levantar, por ejemplo, la convención nacional de bloques de La Malagueta y otras insensateces repartidas por toda la ciudad.

Por descontado, tampoco se libró el Centro Histórico, que quedó salpicado de engendros de ínfima calidad y máximo aprovechamiento, como si hubieran caído al azar desde un bombardero enemigo.

De esta manera, justo en el momento más crítico de su crecimiento, en Málaga quedó promulgada la ley de la selva en forma de unas ordenanzas urbanísticas de 1902. Durante siete años fue Jauja para las constructoras y promotoras de media España, hasta que el plan general del 71 moderó la pitanza. El destrozo que nos causó la decisión del Supremo todavía es notorio casi seis décadas después.

Los malagueños, por tanto, nos hemos criado con el caos urbanístico, lo que no significa que lo respaldemos. Pero ya puestos, y ya que sus consecuencias nos sobrevivirán, tratamos de buscarle el lado pintoresco, lo que explica, por ejemplo, la consabida complacencia con la que juzgamos el edificio de La Equitativa, construido por desgracia sobre el extinto palacio de los Larios -mucho antes de la trastada de los magistrados , por cierto-.

Y en cierta manera, con la imagen de hoy, captada en El Perchel y tomada desde la calle Agustín Parejo, es difícil no ser benevolentes y buscar paralelismos con los altivos edificios medievales de Yemen o con un rincón de Fez. La vecindad del solar acrecienta todavía más la altura y singularidad de la blanca construcción que parece obviar lo que manda en el entorno.

Sea producto de la ‘ley de la selva’ de los 60 o no, qué duda cabe que es otro signo más de la identidad de nuestra ciudad. Y con eso hay que apechugar.