Tengo la mala costumbre de leer todo cuanto me viene a las manos, como, por ejemplo, la información, a veces ilegible por el tamaño de las letras, de los integrantes de los productos alimenticios y de forma especial los de los productos farmacéuticos que me recetan para curar o superar dolencias o enfermedades pasajeras.

Con respecto a los productos alimenticios soy bastante escrupuloso porque no me gusta que me engañen, y no digamos en las medicinas porque incluso he leído en el prospecto de una de ellas que mal administrada puede ocasionar la muerte.

Sin orden ni concierto, o sea recordando de aquí y de allá lo que me he encontrado en la lectura de los productos que consumo, el primero que me viene a la memoria es una tortita cuyo nombre oculto para evitar posibles denuncias con juicio condenatorio. Dice que el producto está compuesto de harina, azúcar, huevos y… Y en letra un poco más pequeña avisa que pueden detectarse sabor a leche y almendras. Y me pregunto, si en la composición no figura la leche ni la almendra ¿de dónde coño salen la leche y la almendra que pueden localizarse en la tortita de marras?

Un experto (esta figura se lleva mucho desde que el Covid-19 hizo su aparición) me aclaró que en el obrador o fábrica donde se elabora la tortita, además, se fabrican otros productos y que se pueden producir emanaciones de las almendras y leche, que se transmiten a las otras especialidades. Acepté la aclaración… y me pregunté si la emanación de la lejía, jabones y detergentes que se utilizan en la limpieza del obrador son captados también por la masa de los dulces.

En otro caso, cuando voy a un supermercado necesito una lupa de doscientos aumentos para comprobar un producto de la alimentación cotidiana. Intento leer la obligada información al consumidor aunque a veces además de la lupa haya que portar un diccionario de bolsillo para traducir algunas palabras. Soy inflexible, por ejemplo, con el aceite. Si en la composición aparece el aceite de palma, el producto se queda en la estantería; lo mismo cuando se recurre a algo tan difuso como «aceite vegetal». ¿De qué vegetal hablamos? Todos los aceites que se destinan al consumo son vegetales; el de oliva es el primero, y como afirmaba el perianense que puso en órbita el aceite de Periana, es un producto que habría de venderse solo en farmacias por su alto valor alimenticio y mil beneficios más. Girasol, maíz, colza, cacahuete¸ palma… son vegetales ¿o no?.

En algo tan simple y sencillo como un refresco de limón me encuentro entre sus ingredientes, aparte el 6 por ciento de zumo de limón, azúcar, edulcorantes, sulfato potásico, antioxidante, ácido ascórbico, estabilizantes, goma arábiga, gliféridos de colofonia goma garrofín… y más cosas. Entonces desisto de su compra y con agua y zumo de limón fresco, con o sin azúcar, me fabrico mi refresco sin ingredientes, como el garrofín, que por lo visto es una goma del algarrobo.

Cuando llega la Navidad y voy a comprar turrón, me leo los ingredientes: almendra, azúcar, yema de huevo, jarabe de glucosa, agua, estabilizante (E 420), conservantes (E 200, E 202) y aroma. ¿Y qué es eso de 420, 200 y 202? Misterios para el consumidor. Por curiosidad me he ido a Google, y en relación con el 420 dice que es un sorbitol de origen químico, y termina la información con espeluznante aviso: ¡Precaución!

En los vinos aparece siempre una notita que dice que contiene sulfitos, o sea un derivado del azufre con propiedades conservantes, antifúngicas y antimicrobiana.

Continúo la investigación. Los productos alimenticios envasados contienen espesantes, estabilizadores de espuma, suavizantes, abrillantadores, ambientadores… ¡perdón! Me he desviado y me he ido a los productos necesarios para el funcionamiento de las lavadoras y lavavajillas; bueno, es casi lo mismo: detergente, fregasuelos, antigrasa, mistol, lejía, quitamanchas, limpiador en polvo, aceite limpiador de superficies de maderas barnizadas, mata insectos boom… Y con tantos y variados productos químicos y eléctricos, el mal uso, salta una chispa…y, el boom de los insectos estalla. Adiós cocina con su placa de inducción, extractor de humos, la termomix, la batidora, la exprimidora, la tostadora, la elaboradora de palomitas de maíz, el último modelo de cafetera que anuncia la televisión, el microondas, la trituradora, la cortadora de fiambres y el cortacésped… que por razones desconocidas estaba en la supercocina con un televisor incluido, saltan por el aire y el fuego acaba con todo. Ojo, las cocinas de hoy, con tantos productos químicos y eléctricos son una bomba de relojería

El actor británico Boris Karloff en una escena de Frankestein

Prospectos de las medicinas

En uno de esos larguísimos prospectos que acompañan a los medicamentos, y que una vez desdoblados es imposible volverlos a doblar como estaban antes, se informa de que entre las posibles reacciones, figuran el mareo, erupción con ampollas, hinchazón de los párpados, cara, labios, brazos o piernas, fallo cardíaco, diarrea, estreñimiento, vómitos y el síndrome de Stevens-Johnson. Me voy a Google y mejor no seguir porque habla de necrólisis epidérmica.

Otro medicamento que advierte de: Alucinación, confusión, disminución de los niveles de sodio en la sangre…y ritmo anormal del corazón, espasmos musculares, etc.

Mi médico de cabecera, por supuesto de la Seguridad Social (profesional de primera división y ojo clínico de la Champions league) me aconseja que no lea los prospectos, pero yo soy un poco masoquista y me los leo a fondo hasta la fecha de la última revisión, que es algo así como la fecha de caducidad de las galletas, las judías cocidas, las conservas de atún… y no agrego miel porque un día leí que la miel de abeja no tiene fecha de caducidad, como los cubitos de hielo, que curiosamente en una de las bolsas de plástico que compré un día figuraba la fecha de caducidad. ¿Un cubito de hielo conservado a 20 grados bajo cero tiene fecha de caducidad? «Mí, no entender», como decía un extranjero cuando no entendía algún giro de nuestra lengua.

Creo que lo conté alguna vez en una de mis colaboraciones semanales en este periódico. Como los cines de Málaga me cogen a trasmano, o sea, lejos de mi domicilio, y renuncié al uso del automóvil por razones de edad, el vicio de ir al cine lo tuve que abandonar. Algunos años ya un poco lejanos llegué a ver hasta quinientas películas en los doce meses.

Como el cine de terror entraba entre mis preferencias y ahora no puedo gozar de este tipo de realizaciones, cuando me entra el mono (síndrome de abstinencia en el argot de la droga), rebusco en la botica particular que todos tenemos en casa porque el que más y el que menos atesora diez o doce medicamentos algunos caducados, elijo cualquiera de ellos, extraigo el prospecto y lo leo a fondo. Su lectura provoca auténtico terror por la cantidad de males que me pueden ocurrir al consumirlos, porque ¡todos! los males habidos y por haber le pueden a uno afectar por su consumo. Lo paso bomba como en las películas de Boris Karloff, Bela Lugosi, el doctor Mabuse, Nosferatu, las películas de terror de la Hammer… filmes que tengo en la memoria y que forman parte de mi acerbo peliculero.

En el último prospecto que he leído me encuentro los males que puede ocasionar su mala administración o por una desconocida alergia: náuseas, vómitos, sequedad de boca, espasmos abdominales, hipercalcemia, fotofobia…

Incitación al consumo

Lo malo de las medicinas es que los envases son tan bonitos que invitan a comprarlas y consumirlas, sobre todo los fármacos que anuncian las televisiones.

Incitan a adquirirlos al contemplar cómo los enfermos, mujeres jóvenes y menos jóvenes, hombres de todas las edades y niños gorditos que sonríen, saltan de alegría al extender en una parte del cuerpo una cremita milagrosa que calma los dolores; los ancianitos de blanca cabellera rejuvenecen al beber un trago de un frasco que contiene un jarabe que cura el reuma; una joven que derrocha salud se lleva una mano al vientre simulando dolores abdominales y aparece junto a ella el anuncio de un medicamento que puede adquirir sin receta alguna y que eliminará las molestias de la digestión y evacuación, otra con dolores de espalda se toma una pastilla rosa y baila la Yenka de los años 50; los afónicos se comen un caramelo y cantan ‘Los maestros cantores de Nürenberg’ de Richard Wagner y las jóvenes lucen una dentadura de profidén después de cepillarse los dientes con un dentífrico que recomienda un odontólogo de pacotilla.

Todos contentos pensando en la infusión que aparece en la pantalla para evitar errores de identificación, que le ayudará a dormir como un bendito incluso cuando el vecino de arriba o de abajo festeje todos los días el triunfo del Real Madrid, el trofeo de Nadal, la victoria de Marc Márquez, o de Hamilton en Tanzania, y una modelo se retoca los labios con el último modelo de pintalabios anunciado por otra joven ataviada de etéreas gasas que en un dulce francés que nadie entiende sale despepitada a la calle para asistir a la fiesta de su amiga Huysa que antes se llamaba Pepa y que se cambió el nombre aprovechando las nuevas leyes.