Ninguna historia nacional está libre de su ración de mitos y leyendas, empezando por la española. En todo caso, resulta fascinante, aunque vaya en detrimento de las arcas públicas, el fomento en pleno siglo XXI de entidades épico-legendarias como el centro cultural El Born, en Barcelona, creado para divulgar una versión de la Guerra de Sucesión española tan veraz como una conferencia de Miguel Bosé sobre vacunas.

En el terreno de las banderas, por cierto, los más inflamados nacionalistas catalanes divulgan una fantasía Disney según la cual las famosas barras rojas de su enseña habrían nacido del trazo mojado en sangre dibujado por los peludos dedos del conde Wifedro el Velloso.

Si esta historia se diera por buena, el blasón catalán se habría adelantado tres siglos al nacimiento de los emblemas heráldicos en Europa.

Pero una cosa es la inflamación patriótica de quienes aspiran a la pureza de la tribu y otra, en el extremo opuesto, el pasotismo más absoluto, que es lo que suele caracterizar a los malagueños cuando de los símbolos de todos se trata.

Incluso en el terreno de las administraciones, estas se pueden gastar el oro y el moro en la sede más costosa -preferiblemente acristalada para que la factura por el aire acondicionado y la calefacción alcance la estratosfera-; sin embargo, por regla general, a las banderas que cuelgan de los edificios públicos ya les puede caer la intemerata que siempre se esperará al último minuto de su degradación para sustituirlas.

De esta forma, hay una regla no escrita en Málaga según la cual toda bandera que cuelgue de una sede oficial sólo se reemplazará cuando alcance la categoría de ‘trapajo indescriptible’ y nunca antes.

De esta forma, sólo cuando el sol ha descolorido la enseña y el viento de Levante y Poniente la ha hecho jirones, ha llegado el momento de gastarse cuartos y calorías y colgar el relevo.

Es el caso de la Oficina de Extranjería de la calle Mauricio Moro. Se trata de un recio edificio de la administración central que a los extranjeros que la frecuentan, muchos de ellos en pos de la nacionalidad española, les obsequia con una inquietante imagen: la bandera de la Unión Europa está hecha un gurruño, replegada en sí misma; la bandera de España luce excelsos jirones rojigualdos y la de Andalucía, la más estropeada de las tres, atacada por titánicos vientos, está rasgada en dos.

La foto fue tomada el sábado 15. A lo mejor algún alma caritativa ya las sustituyó. Si no fuera el caso, tiempo es de hacer algo por vergüenza torera.