Crónicas de la ciudad

Del pasaje del cantero Sancho Meléndez

Recuperada la entrada por el Ayuntamiento y lleno de plantas, en el precioso Pasaje de Meléndez lo que patina es el estado mejorable de muchos de sus edificios

El pasaje de Meléndez, visto desde el interior, con la puerta y el recuperado dintel al fondo.

El pasaje de Meléndez, visto desde el interior, con la puerta y el recuperado dintel al fondo. / A.V.

Alfonso Vázquez

Alfonso Vázquez

Hace unos días hablábamos de un libro estupendo, ‘Málaga en 1487, el legado musulmán’, parte de la tesis doctoral de la historiadora María Victoria García Ruiz, publicado por el Cedma.

En él nos recuerda la experta que, en la Málaga de hace casi cinco siglos y medio, había muchas calles sin salida, también llamadas ‘barreras’, bastantes de las cuales estaban presididas por arcos y contaban con puertas que se cerraban al anochecer para seguridad de los vecinos.

En el plano de Carrión de Mula de 1791 localizamos dos calles sin salida junto a Ollerías. Se trata de las calles Sargento y Pardo Bazán de nuestros días.

Sin embargo, hay un tercera que se abrió en el siglo siguiente: el Pasaje Meléndez, llamado durante un tiempo Callejón de Meléndez.

A finales del XVIII, donde luego se abriría el pasaje, había una sólida e ininterrumpida manzana que se correspondía con la Real Fábrica de Medias de Seda, una institución desconocida para muchos malagueños.

El Pasaje Meléndez debe su nombre a Sancho Meléndez, cantero del comienzo del siglo XVII que trabajó en la Catedral y en los conventos de San Agustín y San Francisco.

Curiosamente, esta pequeña vía decimonónica actualizó el modelo clásico de calle sin salida o ‘barrera’ de la Málaga musulmana, al presidir la entrada un dintel con una gran farola y al contar con una artística puerta enrejada En los años 60 del siglo pasado se colocaría el enchinado artístico y se convirtió, literalmente, en una imagen de postal. De esa época es el cartel que anuncia el pasaje, nada más traspasar la puerta.

Sin embargo, no entró en buena forma en el siglo presente. Hace doce años esta sección ya alertaba de que, cualquier día, el dintel y la farola se desplomarían sobre la cabeza de cualquier desprevenido.

Finalmente, el Ayuntamiento lo arregló en 2014 y devolvió el esplendor perdido al antiguo callejón.

En nuestros días, los vecinos que todavía viven en él siguen volcándose en adornarlo con un buen número de plantas y flores. También hay sillas para que no se pierda la tradición de la tertulia.

Lo que ya no presenta tan buen estado de revista son los edificios que lo escoltan. Alguno tiene las ventanas tapiadas, otro ha desaparecido y en su lugar florece un tupido solar, mientras que los desconchones en los supervivientes ofrecen una imagen de barrio deprimido de las novelas de Galdós (o de doña Emilia Pardo Bazán).

Sin duda el cantero necesita un buen lavado de cara.