La calle Santa María, antiguamente calle de los Mercaderes, ha sido una de las ‘columnas vertebrales’ del Centro y recuerda al decumano de las ciudades romanas, la vía que cruzaba las poblaciones de Este a Oeste. Esta función cumple en unión con la calle Císter, de tal forma que comunican nada menos que la Aduana, la Catedral y la plaza de la Constitución para terminar en el Guadalmedina, por medio de la calle Compañía.

Sin embargo, su función de calle principal del Centro, casi de la misma importancia que calle Granada por todos los monumentos que enlaza, se ha visto alterada desde hace unos 20 años por su endiablado pavimento.

Hace unos meses, esta sección se hizo eco del sutil hundimiento del suelo de esta vía muy cerca ya de la plaza de la Constitución, lo que provoca que el agua de baldeo se acumule en días en los que en el cielo no aparece una nube. Estos inesperados (y diarios) charcos hacen posible que, además de malagueños despistados, turistas y visitantes se mojen el calzado a traición con las consecuentes imprecaciones dirigidas al Ayuntamiento.

Pero si la calle Santa María es traicionera a lo largo de la mañana aunque haga un sol de justicia, a causa de estos baldeos, los días en los que llueve haría falta que nuestro Consistorio repartiera andadores pues más que andar, muchos de los usuarios lo que hacen es deslizarse por ella contra su voluntad.

Desde luego, el nuevo piso ya apuntaba maneras cuando se inauguró hace 20 años, pues las críticas de los malagueños ante tanto resbalón obligaron al Ayuntamiento a agujerearlo, siguiendo la escuela de Pepe Gotera y Otilio, para rebajar el número de saleazos.

Pero tan picapedrera solución no ha terminado con las excelentes cualidades deslizantes del suelo. La semana pasada, el autor de estas líneas se dio una vuelta por la calle en pleno chaparrón y se limitó a observar y escuchar al personal.

Una pareja de turistas españoles de unos 60 años, nada más pisar la vía empezó a andar como las veteranas muñecas de Famosa rumbo al portal. Otra señora optó por avanzar por la hilera de piedra gris de los extremos, menos resbaladiza, mientras que un turista se limitó a decir: «El típico suelo de los arquitectos».

Pero no es cuestión de arquitectos sino de sentido común. Bastaría con aplicar agua a la piedra elegida para pavimentar y andar un rato sobre ella. En el caso de calle Santa María, lo ideal sería retirar la chapuza y reemplazarla por una piedra que no fuerce al personal al patinaje artístico.