El historiador Manuel Muñoz, que tanto camino ha abierto en las investigaciones sobre las familias de Málaga y el desarrollo urbano de la ciudad, nos recuerda que la zona del barrio de San Alberto originalmente estaba formada por tierras pertenecientes a la llamada Dehesa de la Carne.

Se trataba de terrenos municipales en los que se alimentaba al ganado antes de conducirlo al matadero.

La abundancia de agua en esas alturas de Málaga propició este fin. No se sabe en qué momento el Ayuntamiento vendió las tierras, que inicialmente pasaron a llamarse ‘de Don Alberto’, aunque con el paso del tiempo llegó la ‘santificación’, suponemos que en honor del propietario.

Nos cuenta don Manuel que se dedicaron entonces las tierras a viñas, hasta que la filoxera las convirtió en un páramo sólo frecuentado por las cabras.

Los tiempos cambiaron y el paraje se llenó de casas mata. A mitad de la primavera visitó esta sección la zona, atravesada por el viaducto de la Ronda Oeste. Es un lugar interesantísimo porque en él se cruza la tecnología puntera en infraestructuras con las huellas que todavía en Málaga nos ha dejado, probablemente, el siglo XVI o el XVII.

Porque más allá del viaducto, es decir, en la continuación de la calle Tormes se encontrarán con que la vía pasa a llamarse Camino de los Alcabuceros (sic).

Resulta bastante evidente que en el habla popular se produjo el cambio de la erre por la ele, y así, de ‘arcabuceros’ se pasó a ‘alcabuceros’. El nombre por el que este camino tomó el nombre es, para un servidor, un enigma. Al tratarse de antiguas tierras municipales para la crianza de reses, quizás estuviesen vigiladas por soldados que portaban estas armas o bien, el camino llevaba a la propiedad de un arcabucero o también pudo ser que a las tierras de un fabricante de arcabuces, pues esta es otra acepción de la palabra.

Llama la atención , por cierto, que al pie de este viaducto, una auténtica tierra de nadie, una pintada con trazos rojos advierta de que está «Prohibido tirar escombros bajo multa de 100.000 pesetas». Ni que decir tiene que la advertencia, no actualizada en euros, tiene a sus pies una pequeña montaña de escombros.

También por estas alturas vegetan lo que parecen los restos de una estación eléctrica, y el cartel de la calle Vulcano -en el callejero municipal- está pintado con brocha. Son las huellas de la periferia, que siempre tardan en uniformarse con el resto de la ciudad. Desde luego, lo de los ‘alcabuceros’ es una huella histórica preciosa.