El Área de Sostenibilidad Medioambiental del Ayuntamiento, que dirige la concejala Gemma del Corral, y en concreto el servicio de Parques y Jardines, junto al biólogo, doctorando en Botánica y Biomecánica y Técnico Europeo del Árbol Luis Alberto Díaz-Galiano Moya, está realizando un ambicioso plan de gestión del riesgo del arbolado de Málaga, que se ejecuta efectuando un complejo sistema de hasta cuatro fases para determinar qué ejemplares de todos los ubicados en la ciudad son susceptibles de generar algún tipo de riesgo (posibilidad de que se caigan ramas, por ejemplo; o la existencia de cavidades o patologías diversas, etcétera). Inicialmente, se realiza un inventario de arbolado que contempla más de una veintena de variables, muchas de ellas relacionadas con la presencia de indicadores de defectos asociados al posible fracaso de una estructura, tras el inventariado se genera un mapa de riesgo que establece una categorización según colores, indicando así el orden de actuación según la urgencia que presenten. Lo que se busca con este plan es ver la salud de todos los árboles y, una vez hecho el diagnóstico, hacer todo lo posible por que estén sanos y, por otro lado, que no causen problemas (que son mínimos) en su interacción con el ciudadano (a eso se refiere el riesgo).

Uno de los inspectores inspecciona un ejemplar de gran tamaño. | L.O.

«Lo que estamos haciendo ahora precisamente es desarrollar un plan de riesgo del arbolado, que es el estudio del riesgo de la arboleda de Málaga para tomar acciones sobre la misma en caso de que sea necesario», explica Javier Gutiérrez del Álamo, director de Parques y Jardines. El estudio tiene una metodología bastante extensa, «pero es muy práctica y resolutiva: se analiza la totalidad del arbolado de la ciudad, con ocho inspectores que hemos formados y esa formación, claro, está certificada». «Se ha dado una formación a ocho inspectores, en el Ayuntamiento, se ha certificado con una certificadora esa formación y estas ocho personas llevan ahora mismo revisados 41.900 árboles en la ciudad y 7.130 palmeras; nuestra idea es llegar a los 100.000 árboles que puede haber en la ciudad entre el viario y zonas verdes».

Uno de los evaluadores introduce los datos. | L.O.

Explica que hay tres fases del riesgo: «En la primera se inspecciona el árbol, se dice si ese árbol necesita alguna acción, o sea tiene algún riesgo mínimo, o no tiene ningún tipo de problema, con lo cual automáticamente ese árbol se descarta; y si está estupendo, pues está estupendo». Si tiene la más mínima afección, pasa a fase dos, indica: «Si hay que hacerle algún tipo de poda al árbol, se le hace; a lo mejor tiene una rama que está seca, o una parte del árbol muy pegada a la fachada, o una rama que sobrevuela un parque infantil, no conviene y se elimina esa rama; digamos que a esa fase dos pasan esos árboles que habría que hacerles un estudio más completo, son muy grandes o muy sensibles; a estos hay que hacerles test de tracción, pruebas con resistógrafo para ver cómo está la madera, o sea, son árboles a los que, en esa fase tres, se les hace un estudio muy pormenorizado del árbol para evitar cualquier tipo de riesgo». Esto lo hace ya un arborista profesional en base a una metodología alemana. Ahora mismo, dice Gutiérrez del Álamo, «estamos en esa fase uno, esos 41.900 árboles; en fase dos hay 13.000 árboles, y algunos en la fase tres». En la fase dos, dice, ya se han tomado algunas acciones, «cortado una rama o lo estamos haciendo». Y en la fase tres, «y sólo en algunos casos, hemos tenido uno, por ejemplo, en Miraflores: de un árbol que sea inestable y no se pueda tomar ninguna otra solución, no sirve de nada que le podamos pegar una buena poda; o la madera está podrida… sólo en esos casos se talaría».

Se han revisado los árboles de muchos colegios. | L.O.

La fase uno es, por tanto, la de inventariado de «riesgo aparente», donde se categorizan los árboles por colores según los defectos que presenten (verde, amarillo, naranja y rojo: riesgo muy bajo, bajo, medio y alto, respectivamente); a partir de ahí, se genera el mapa de riesgo que tiene como objetivo ordenar y priorizar la revisión de los árboles (fase dos). En esta fase, un arborista certificado realiza una inspección y determina qué actuación se ha de llevar a cabo o bien si, debido a su tamaño, importancia o complejidad requiere de un estudio en profundidad (fase tres), realizada por un consultor especialista en arbolado y que conlleva la testificación instrumental para garantizar una buena toma de decisiones, fomentando las buenas praxis de gestión.

En fase tres sólo están el 0,5% de los árboles, «son muy pocos los que han pasado a fase tres y sobre los que se están haciendo pruebas, de hecho hay un par de árboles que ha habido que apearlos». A la tala se llega cuando no hay más remedio, dice. «En otros casos, una rama hay que cortarla o sujetar el árbol, como en el caso del algarrobo de Ciudad Jardín». «Nosotros buscamos siempre la mayor cantidad de cobertura vegetal y un arbolado sano», indica. Y luego se hace el mapa del riesgo, con árboles en verde, es decir, sin problemas; en amarillo, sobre los que hay que tener un control más periódico y otros en rojo, «árboles sobre los que hay que tomar una acción más contundente», como puede llegar a ser la tala. «Afortunadamente no nos hemos encontrado ningún árbol que haya que apearlo directamente».

Riesgo

Alberto Díaz-Galiano, especialista en la materia y responsable de este plan de gestión del riesgo del arbolado, indica que «en el histórico de muertes debidas a árboles no debe de haber más de seis personas; no hablo de un motoserrista que se tira un árbol encima; hay más, pero eso son accidentes laborales, me refiero a una rama que cae». E indica que los árboles no presentan casi ningún riesgo, «la posibilidad de morir por un accidente de un árbol, y esto está cuantificado, es de 1/10.000.000; es prácticamente la misma que de morir por un rayo; de hecho, la posibilidad de morir por un meteorito es de 1/250.000; la posibilidad de morir en un accidente de tráfico es 1/16.0000 o la de morir de cáncer de piel es de 1/357 casos». «Cuando se hace una valoración del arbolado, se tienen que saber los beneficios ecosistémicos que proporcionan los árboles y cómo mejoran la vida en la ciudad». Y sentencia: «Cuanto más grandes, mejor; y cuanto más ejemplares haya, mejor aún».

Este experto llama la atención sobre el hecho de que cada año mueren en España 50.000 personas de forma prematura por la mala calidad del aire y eso sólo atendiendo a tres indicadores medioambientales, cuando hay más de doce. Todo eso hay que tenerlo en cuenta antes de gestionar el riesgo y tomar decisiones a la ligera sobre la eliminación de ejemplares que resultan de vital importancia en la salud pública. Además, en muchos casos hay que comprender que la arboleda es heredada, y antes la gestión de la misma pasaba por «talas y podas agresivas» en todas las ciudades, por lo que la «dificultad de la gestión de estos árboles es mayor, ya que en algunos casos la estructura puede estar comprometida».

Este especialista en árboles, conferenciante y divulgador, añade una fase más a las explicadas antes por Gutiérrez del Álamo: la fase cero o de criba, y dice que no se aplican temporalmente, sino que de la cero se pasa a la tres cuando hay que actuar rápido. «Todas las fases van a la vez». «Aquí radica la dificultad, el manejo de los datos implica cierta coherencia en el orden de las actuaciones». También destaca el escaso porcentaje de árboles en riesgo alto de la ciudad, en torno a un 0,5% que estarían en rojo en el mapa y, de todos ellos, es probable que el evaluador descarte muchos como ejemplares de riesgo ya que, tras una leve actuación, el problema puede haber «sido solventado».

Inventario

Una vez realizado el inventario, este «tiene que ser actualizado constantemente. Como mejora del proyecto de gestión, se incrementará el inventario con una ficha del histórico de roturas que tendrán que rellenar los trabajadores de gestión del arbolado, otra ficha (son ejemplos) sobre los hongos xilófagos, igual que de las palmeras (que se evalúan de forma diferente). «A su vez, realizarán fichas de actuaciones sobre cada árbol, para reflejar cualquier actuación ejecutada sobre un ejemplar». Y ese inventario ha de estar todo el rato renovándose. «La intención final pasa por formar a técnicos y operarios de aquellas empresas que liciten con el objetivo de seguir siempre las mismas directrices de actuación, de forma que los podadores que trabajan para Málaga sean especialistas con una serie mínima de cursos, tratando de incrementar y mejorar la cobertura vegetal de la ciudad».

Las especies más habituales de Málaga son las siguientes, según detalla a este periódico Javier Gutiérrez del Álamo, director de Parques y Jardines: hay unas 8.000 jacarandas, 10.000 naranjos, ficus, brachychiton y palmeras washingtonias.