La sonriente Ángela Rodríguez, abuela de 15 nietos, confiesa que cuando vivía en las chabolas de la Estación del Perro, a la sombra de la chimenea de Los Guindos, «estábamos mejor, porque allí vivíamos integrados payos y gitanos; no como aquí, que estamos abandonados de la mano de Dios». Como argumenta, «a los pescadores les dieron casas en Huelin y a nosotros aquí, en el boquete, al lado del cementerio, la perrera y el vertedero. Lo teníamos todo».

En Los Asperones, los únicos payos que esa mañana de junio recorren las calles son Patxi Velasco, director del colegio público María de la O, y el traumatólogo y fotógrafo Francisco Hernández Negre, que ha inaugurado en Teatinos la exposición ‘Los Asperones. La dignidad olvidada’, en la que Ángela es una de las protagonistas.

Patxi Velasco es el paño de lágrimas de los vecinos. «Ojalá pudiera tirar para adelante con todo el barrio, pero aquí hay mucha necesidad», confiesa a La Opinión.

Esa mañana, la principal preocupación del director es que las familias más rezagadas firmen la autorización para matricular a sus hijos el próximo curso. En pos de los padres rezagados, muchos de ellos antiguos alumnos, recorre dos de las tres fases de este ‘barrio provisional’, nacido en 1987 para acabar con las chabolas de la Estación del Perro, el Puente de los Morenos y Portada Alta.

34 años después, este gueto en el que viven unas mil personas -en ocasiones tras adosar chabolas o levantar tabiques en casas unifamiliares- contempla con escepticismo la enésima mesa de las administraciones para desmontar Los Asperones.

«Llevo aquí desde el 90, antes vivía en la Estación del Perro y me trajeron aquí en la segunda tanda. No sé cuándo me van a dar casa. La que tengo la tengo allí», dice Eulalia, de 59 años, que señala con ironía el vecino cementerio de Parcemasa.

Como destaca Francisco Hernández Negre, que ha estado visitando Los Asperones durante un año para hacer posible la exposición de fotos, lo que impera entre los vecinos «es la resignación».

Patxi Velasco, entregado maestro y cristiano de base, que a su pesar se ha convertido en una suerte de ‘alcalde de barrio’, explica con respecto a la nueva mesa de Los Asperones: «Yo soy de bajas expectativas. En lugar de discutir sobre que esto se desmantele, me conformo con que saquemos a tres o cuatro familias y les demos casas. Con que se hable de Los Asperones ya está bien. Así no cae en el olvido», destaca.

Pese a la innegable precariedad que se respira, el director subraya la dignidad que tienen los vecinos, por eso remarca que a lo que aspiran es a una vivienda y a una integración en Málaga capital, con un seguimiento y un acompañamiento que no reproduzca un nuevo gueto. «Aquí lo que no queremos es que hagan bloques y esto sea un chabolismo vertical, queremos que se integren en la ciudad con un trabajo».

«Las personas, sí»

En busca de las firmas para las matrículas, Patxi y Francisco recorren este barrio de calles sin salida, aunque un poético cartel de la Universidad, junto al colegio, informa de que «aquí las calles no tienen salida, las personas sí».

Una iniciativa para salir de la resignación es, por ejemplo, la red wifi que está estrenando el barrio gracias a la UMA, junto a ordenadores donados. Porque como recuerda Montse, profesora del María de la O, «con el confinamiento aquí la brecha digital fue ‘un agujero negro’, así que cuando las madres venían a recoger alimento les dábamos los deberes en papel para sus hijos».

Patxi y Francisco, delante de las estrellas del colegio. A. V.

Otra esperanzadora salida la simboliza la constelación de más de 70 estrellas en la fachada del colegio, con los nombres de los alumnos que han superado la Secundaria, sin olvidar a los dos jóvenes del barrio que estudian un curso superior en la UMA.

Pero lo cierto es que no hay que cruzar ni el Estrecho ni el Charco para toparse con una estampa del tercer mundo. Basta con atravesar el arroyo de Pocapringue, la pequeña corriente de agua jalonada por bolsas de basura que separa las fases I y III de los Asperones (la II está más cerca de Campanillas).

«Aquí algunas zonas son como las favelas», cuenta Patxi Velasco mientras callejea por la parte más deteriorada, en la que abundan las construcciones precarias y de telón de fondo, el moderno puesto de control del metro de Málaga.

Sin embargo, el maestro quiere dejar claro que el índice de delincuencia no es como asegura el tópico. «Es verdad que hace tres años hubo un asesinato pero realmente aquí se ha creado un tejido porque todos tienen el mismo apellido y esos lazos familiares tensan pero también sostienen», resalta.

Entre los vecinos con los que se acerca a charlar se encuentra Luis, de 43 años, que vive en una chabola próxima al colegio y muestra al periodista la cicatriz de una herida de bala en el muslo. Fue él quien enseñó la exposición de fotos del barrio a los escritores Antonio Soler y Guillermo Busutil.

Luis, que está separado y es padre de un niño, vive recogiendo chatarra y montando móviles con los ‘pecios’ de otros teléfonos. «De niño vivía en el chabolismo de Portada Alta y con siete años nos vinimos a vivir aquí», cuenta.

Eran los tiempos en los que Los Asperones funcionaba todavía como una auténtica barriada de transición. De hecho, su padre era el vigilante y se encargaba de cobrar los recibos y fue uno de los que más luchó por eliminar un ingente cerro de basura que denigraba el paisaje del barrio.

¿Se desmantelarán algún día las tres fases de este barrio de transición y serán repartidos los vecinos para integrarse en Málaga?

Cambio del tinte en la puerta de una de las viviendas.

El Ingreso Mínimo Vital

Han sido tantos los intentos que, ahora mismo, la gran preocupación de buena parte del barrio no es la mesa política sino conseguir el Ingreso Mínimo Vital, pues aunque muchos vecinos entran en el perfil de receptores de las ayudas, el guirigay de divisiones de viviendas y añadidos de chapa y madera ha hecho que bastantes no consten como empadronados.

Por eso, la pregunta que más se escucha esa mañana es «¿Patxi, cuándo nos van a empadronar?». Y Patxi tranquiliza a los vecinos en la medida en que puede. «Hemos pedido que empadronen a la gente porque ‘la vital’ se la han venido denegando infinidad de veces», explica.

A su lado está Francisco, de 62 años, que conduce al grupo a su casa, una chabola en la que vive desde hace ocho años junto a su mujer, Dolores. «¿Usted se cree que hay derecho a esto? Aquí se me cuelan las ratas, no hay servicio y cuando llueve el techo se me cala», detalla. Francisco sale adelante vendiendo chatarra y tocando la guitarra en las playas de Huelin. Su chabola parece recién salida de ‘Tiempo de silencio’, la novela de Luis Martín-Santos, escrita hace casi 60 años.

Francisco muestra el interior de su chabola. A. V.

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Las estrellas que recuerdan a quienes superaron la Secundaria y los dos estudiantes universitarios son la prueba de que incluso de este «boquete», del que hablaba Ángela, se puede salir. Todos los vecinos viven con dignidad la existencia que les tocó en suerte aunque no hay nadie que no sueñe con una vida más digna.