Ayer hablamos de la escalinata fatídica que en el Santuario de la Victoria atrae a los automovilistas como si en mitad del embravecido mar de tráfico escucharan cantos de sirena, lo que les hace precipitarse por ella, por el momento sin daños que lamentar, aunque nadie les quite el susto en el cuerpo.

Hoy, no dejaremos las inmediaciones de este Santuario, al que se accede por la amplia avenida que es la calle Compás de la Victoria. En los planos antiguos este paseo estaba flanqueado por árboles que, en el primer tercio del XVII aparecen descritos como álamos negros, chopos (suponemos que álamos blancos) y naranjos, por lo que parece que los frailes mínimos no eran partidarios de la uniformidad en las plantaciones.

Como recuerda el profesor Francisco Rodríguez Marín en su obra de referencia, ‘Málaga conventual’, la desamortización de 1836 trajo consigo la paulatina urbanización de todo el compás, huertos incluidos, un proceso que realmente comenzó cuando en 1862 se aprovechó la visita de Isabel II para demoler los muros y su arco de entrada.

De hecho, si en un plano de Málaga de 1863 el compás está a la espera de urbanizadores, en el de 1887 de J. Duarte de Belluga estos ya han hecho su trabajo.

Lo llamativo es que los constructores reprodujeran casi en su totalidad un requiebro del camino de subida al antiguo convento, que dejaba los álamos y los naranjos para entrar por la izquierda y que se aprecia en el plano de Carrión de Mula.

Coincida o no exactamente con este sendero, un requiebro pega por esas alturas la calle Ernesto, encargada de unir en zigzag el Compás de la Victoria con la calle Amargura. Es una vía modesta, como modesto es su homenajeado, del que un servidor desconoce su apellido. Al parecer, Francisco Mitjana, propietario de los terrenos, pidió al Ayuntamiento que Ernesto y otros nombres de pila se le pusieran a las calles del entorno, probablemente sus familiares.

Lo importante es que esta humilde vía tiene la virtud de acallar el tráfico gracias a sus dos requiebros, primero a la izquierda y luego a la derecha, antes de unirse con la calle Amargura mediante una escalera.

Entre medias, nos queda una calle en la que los vecinos han tenido el acierto de colocar macetas y macetones llenos de plantas, sin olvidar los tiestos en las paredes.

El victoriano Oscar Wilde es el autor de la inmortal obra de teatro ‘La importancia de llamarse Ernesto’. En Málaga, la victoriana calle Ernesto reivindica su importancia con humildad, discreción y hermosas plantas.