El corazón se me sale del pecho cuando, desde el puente de la Aurora, diviso la torre de San Pablo. Rasca la barriga al cielo de una tarde calurosa de junio esta abigarrada aguja neogótica que deja claro quién manda en el barrio de la Trinidad. Después de callejear un poco, contemplo, desde media distancia, los tonos pastel de la fachada que imaginara el arquitecto Gerónimo Cuervo y las nubes que tratan de ocultarla y protegerla de la elevada temperatura del ambiente. Un amigo me dice que la Trinidad podría haber sido, si se hubiera respetado su esencia, el barrio de Santa Cruz de Málaga. Otro dice que la calle Trinidad, en imágenes de los cincuenta y sesenta, parece la trianera calle de San Jacinto. Estos dos compadres, trinitarios de pro aunque la vida y los amores los hayan llevado a otras zonas, hablan con cierta nostalgia del barrio que ellos conocieron siendo muy pequeños. Hoy el barrio sólo se asemeja a las imágenes que se agitan en las mentes de muchos trinitarios el Domingo de Ramos, cuando procesiona la Salud; el Lunes Santo, cuando lo hacen el Cautivo y la Virgen de la Trinidad o el Viernes Santo, cuando el turno es de la Soledad de San Pablo. Son los tres días santos. Ambos bisbisean el mismo diagnóstico: el barrio se lo cargan, por este orden, el desarrollismo megalómano de los sesenta, cuando desde el Ayuntamiento se mira con recelo esta típica barriada andaluza con arriates y fuentes en las que juguetean los chorros de agua fresca y el plan que se impulsa en los ochenta: se expropian las típicas casas trinitarias y se hacen nuevos edificios, corralones en su mayoría pero ya con las comodidades propias de ese tiempo. Muchos de los trinitarios de siempre se fueron y buena parte de ellos sigue aún llorando la diáspora (eso me dicen y yo lo reflejo tal como lo verbalizan). Vinieron otros muchos. Se deja pasar una oportunidad única con esos planes, dicen. En la tarde de junio en la que recorro la Trinidad veo a dos mujeres rezando ante la verja del Cautivo. Huele a flores recién cortadas y un poquito, a incienso, aunque creo que esto último es más un aldabonazo de mi memoria olfativa que un retazo de realidad. Un chico joven se persigna ante el Señor de Málaga y su Madre. Pero me llama mucho la atención la fe encendida en los ojos de ese chico y su lamento, que se le ha hecho oración en esa tarde con rictus de primavera agostada. En este barrio hay dos almas: una que se agita al norte de la trama urbana, al norte del norte de calle Trinidad y otra al sur de esa vía que es calle y corazón de tantos trinitarios, vivan o no en ese barrio, que es un poco de todos y sobre todo de Él. La parte norte está más habitada. La sur, mucho menos. Hay decenas de solares abandonados y marañas de cables que parecen los frutos yermos de un árbol incapaz de dar sombra. Son de la Junta y de algunas empresas privadas los solares. Esas parcelas sin construir son focos de infección y de suciedad. Faltan seguridad y limpieza y en las calles peatonales los coches aparcados desafían al caminante que siempre atravesó la Trinidad pero nunca la miró con detenimiento, nunca suspiró hasta que se dio cuenta de que esta barriada, como el Perchel, son esencia pura de una Málaga que ya no es, que se fue, como si lo mutable fuera la esencia malaguita. Aunque uno de mis compadres recuerda los avances del Perchel en el entorno de Santo Domingo, los hoteles y las casas hermandad y la próxima renovación urbana de varias plazas que rodean al templo dominico. El Málaga Plaza, las mejoras en edificios. O la regeneración en torno a la Iglesia del Carmen, el nuevo mercado y las delicias culinarias que han seducido a los pasajeros del AVE, el convento de San Andrés y el eco de Torrijos entre esos muros vetustos que encierran aún los lamentos de una injusticia eterna. Mejor o peor, algo es algo. La Trinidad no ha enganchado ese tren, y ahora languidece esperando una oportunidad. Fue un barrio típico y tópico, de paredes encaladas y casas abiertas a la mañana mientras algunas vecinas charlaban al cuidado del puchero y los nietos. Fue un barrio con feria y su Corpus Chiquito y un barrio festivo es una ciudad dentro de la ciudad; un barrio que tuvo su alcalde, muy añorado, según leo en algunos artículos. El camino podría ser el del Perchel. Pero yo creo que cada barrio, como cada persona, debe encontrar su propia senda y perderse en ella para buscar respuestas. A mi vuelta, anochece pronto. La calle Trinidad está desierta y, al otro lado del río, las luces de una ciudad que se prepara para dormir lamen los muros de edificios con distintos colores. No sólo a la Trinidad la atropelló la modernidad mal entendida. Es un mal de toda la ciudad. Una patología conjunta, una pandemia de ladrillo. Ahora dicen que la rehabilitación del convento de la Trinidad actuará como nueva ‘centralidad’ e impulsará la regeneración de la barriada. Eso dicen los políticos. También dijeron antes otras cosas. Eran otros políticos, aunque siempre son el mismo. Si algo hay en la Trinidad es resignación. Y un poco de esperanza. Eso, dicen mis amigos, nunca se pierde y menos en una zona tan abrazada a lo trascendente, a lo divino. La idea es alcanzar todo el año el eco que el barrio logra en esos tres días santos. La noche es cerrada. La Trinidad queda atrás, presa de sus recuerdos dorados.