Estos días vuelve la cíclica discusión bizantina sobre el río Guadalmedina. Mientras tanto, el río sigue a lo suyo y ofrece a los turistas y visitantes que, poco a poco, nos visitan estos días, su sequedad y aspereza, salvo en la desembocadura.

Quizás lo más inquietante sea todo el aparato fontaneril para los juegos de agua, una de las pocas cosas que Málaga rascó a raíz de la Exposición Universal de Sevilla de 1992.

El caso es que, traspasado este siglo, poco duraron en funcionamiento y hacia 2005 se cortó el grifo por la sequía, de ahí que todo este instrumental ribereño vaya camino de convertirse en pieza arqueológica para ocupar alguna futura sala del MUPAM.

El caso es que la parte de secano del río Guadalmedina ha resultado una pifia, salvo para los cuatro que juegan al fútbol o pasean a sus perros.

La foto de hoy está tomada hace unos días desde el puente de Tetuán y es un buen símbolo de que tenemos un río para el arrastre, incluido el arrastre de materiales como ese cómodo sillón de la derecha, que parece instalado adrede por su propietario con el loable fin de refrescarse los pinrreles.

La única parte que está funcionando de veras es la natural, la que desde la iglesia de Fátima hacia arriba nos ha ofrecido durante meses un espectáculo de flora y de fauna en forma de garcetas y ánades reales. Faltaría por regular el agua, claro, porque cuando falta de su domicilio y no sale ni de la presa del Limonero, los vecinos están cansados de denunciar la aparición de la triada que nadie desea: moscas, mosquitos y mal olor.

En todo caso, y a la vista de la rácana dosis de zona verde proyectada para los (inmensos) terrenos de Repsol, que ni siquiera nos dejará el parque urbano más grande de Málaga, el firmante ve cada vez más lejos que aquí se adopte el modelo de renaturalización que para el río planteó Ecologistas en Acción, de la mano del autor del exitoso proyecto del madrileño Manzanares.

Sería un auténtica sorpresa, que nuestro Consistorio variara el rumbo y tomara nota de lo que respaldan los populares en la capital de España.

Como eso es tan improbable, prepárense para el mal menor, con un tramo embovedado, plazas puente y una pimporrada de millones a gastar en dos largas décadas.

A juego con nuestras suntuosas procesiones, tendremos un suntuoso río Guadalmedina costeado como si fuera el Klondike, es decir, a precio de oro. Confiemos al menos en que esta cara solución dure más que las ‘fuentes de la Expo’.