Hace unos días comentábamos el estado de cutrerío absoluto, amén de situación de orfandad administrativa, en la que se encuentran las columnas que desde los fastos del 92 jalonan el río Guadalmedina en su tramo más urbano.

Apedreadas desde hace lustros, el Ayuntamiento de Málaga sigue con ellas la misma estrategia que el Gobierno central con el islote de Perejil, junto a Marruecos, un islote que en teoría no pertenece ni a España ni al sultanato absolutista vecino y así debe continuar por los siglos de los siglos.

Como Perejil, las columnas del río parecen no pertenecer a nadie, puesto que nuestro Consistorio ni las repara ni las elimina y permite que este ‘statu quo’ afee desde hace más de un cuarto de siglo la ribera del río.

En la crónica anterior hacíamos especial referencia a las dos columnas que, acribilladas a pedradas, escoltan el Puente de los Alemanes por la parte de la iglesia de Santo Domingo con lo que ofrecen una imagen bastante penosa y abandonada de este querido monumento, uno de los más famosos de nuestra ciudad.

Pero lo cierto es que el puente regalado por Prusia en 1909, tras la riá de 1907 y en recuerdo de la ayuda de los malagueños en 1901 a las víctimas del naufragio de la ‘Gneisenau’ -el buque escuela prusiano- también merece un repasito.

En este sentido, hay que dejar claro que, al contrario que con las huérfanas columnas, el Ayuntamiento sí realiza un mantenimiento periódico del puente. El problema es que las agrupaciones de células que lo ensucian son más rápidas que la administración municipal.

Por eso, este verano de esperanzada y titubeante recuperación turística, los visitantes que se den una vuelta por el puente se toparán con un ‘fresco’ en forma de piel de lagarto que se adueña del arranque de la infraestructura y con pintadas tribales que homenajean a estos organismos pluricelulares con ansias de protagonismo. Entre otros a ‘Danger’, que hace honor a su nombre al ensuciar monumentos y poner en peligro su evolución como ser civilizado y a ‘Konsumer’, que haría bien en consumir cartillas de Urbanidad, en el remoto caso de que supiera en qué consisten.

Pero sin duda, la pintada más absurda de todas y que ensucia un buen tramo del puente es la que reza ‘Kopites are gobshites’, que es un insulto que algunos hinchas futboleros del Everton dedican al club del Liverpool y que está fundado, posiblemente, en la envidia cochina.

Si a eso sumamos las pegatinas que también lo jalonan, el puente necesita ya otro repaso.