Como ocurre con las leyendas mitológicas, alrededor de la Fuente de Génova se han tejido varias historias de nebuloso sustento. Una de ellas cuenta que la fuente se encargó a esta ciudad italiana y que en su traslado a Málaga el galeón que la transportaba fue asaltado por el pirata Barbarroja, aunque luego se pudo recuperar la fuente, nadie sabe si con un ataque sorpresa a la base pirata, un contraataque en mar abierto o mediante el pago de un rescate.

La segunda historia, recogida en el libro municipal ‘Fuentes de Málaga’, comienza por el final de la primera: la llegada a nuestro puerto en el siglo XVI de una columna con figuras en relieve procedente de Génova y, sigue diciendo la leyenda, rescatada de los piratas, aunque como recuerda la catedrática de Historia del Arte Charo Camacho, hay constancia documental de que el Ayuntamiento pagó más de mil ducados por ella.

Con estos mármoles -porque en realidad al menos tres de los cuatro cuerpos de la fuente parecen hechos por la misma mano, los dos primeros y el remate- en 1551 el corregidor Rodrigo de Saavedra ordenó levantar una fuente en la Plaza Mayor que pusiera la guinda a la traída de aguas de la mina del Almendral del Rey, en el arroyo de Teatinos.

Unos pocos años más tarde, en 1564, el excelso dibujante Anton vanden Wyngaerde la plasmó en un boceto de la Plaza Mayor: entonces estaba situada cerca del actual Pasaje de Chinitas.

Al siglo siguiente, en 1635, se le añadió, de la mano de José Micael Alfaro, un tercer cuerpo con su taza, para que ganara altura.

El resto, ya lo saben, en 1807 se trasladó a la Alameda, primero al extremo oriental y luego al extremo más cercano al río; en 1926 marcha a una glorieta del Parque y en 2002, con la peatonalización de la plaza de la Constitución, volvió a la ‘plaza mayor’, aunque no al sitio original sino cerca de Especería.

Hace 19 años nuestro Consistorio le colocó alrededor una discretísima y espartana valla para disuadir a los paseantes de sentarse en el pilón original, de bañarse en él o de trepar por los genoveses relieves para culminar algún absurdo rito deportivo -en una ocasión el águila que remata el monumento apareció con una bufanda futbolera-.

Pero casi dos décadas después no vendría mal plantearse la sustitución de la valla o, como mínimo, ponerla a juego con la pulcra fuente y repintarla. Ahora mismo es una cutre sucesión de desconchones que dejan al descubierto varias capas de pintura y no faltan tampoco pegatinas. En el estado actual, que se la quede Barbarroja.