En la época de la comida rápida, los cebiches, los tatakis y los risottos han ido relegando sabores como el atún en manteca, los callos con garbanzos o el Moscatel pero no han desaparecido ni mucho menos. Aún quedan en Málaga templos gastronómicos, locales que se mantienen fieles a sus valores y a su clientela sin variar costumbres ni recetas.

Para dar con los decanos de la hostelería malagueña hay que caminar. No cuentan o, mejor dicho, no necesitan carteles a 150 metros, anuncios o folletos. El que los busca, los encuentra. Y, entre ellas, hay siete con más de 50 años en la capital malagueña.

La Antigua Casa de Guardia, fundada en 1840 por el vinicultor malagueño José de Guardia, es la taberna más antigua de la capital que sigue activa en plena Alameda Principal de la capital.

Pasó a manos de Enrique Navarro, quien en 1895 lo legó a José Ruiz Luque, quien estuvo al frente toda su vida. Al morir en 1932, sin descendencia, el establecimiento pasó a su sobrino, José Garijo, el principal impulsor de la bodega el siglo pasado.

Varias generaciones han servido su famoso Pajarete, el Pedro Ximénez o el Moscatel, además del clásico vermú para la hora del aperitivo. Para acompañar, ofrecen una selección de conservas y marisco, principalmente. La autenticidad y la solera del lugar lo han convertido en una taberna imprescindible para esta ruta.

El Bar Málaga, en calle Santa María, se remonta a 1852. Manuel es el actual dueño de esta taberna donde pueden disfrutarse clásicos como las alcachofas, el pulpo con alioli o el solomillo al vino dulce, pero la tapa obligatoria es el atún en manteca.

Además, en la planta superior cuenta con un comedor en el que degustar su carta. En la parte que asoma a la calle Santa María, sus dos balcones acogen dos exclusivas mesas que invitan al romanticismo.

El Café Central, oficialmente abierto desde 1920, en su origen conjugaba gastronomía con espectáculos culturales. Asimismo, es el resultado de la fusión de tres cafés históricos, el Café Múnich, el Café Suizo y el que estaba situado entre los dos anteriores en la plaza de la Constitución, el Central, de ahí su nombre.

Naturalmente, el protagonista tenía que ser el café, aunque también ofrece una variedad de tapas. Su mítico azulejo recoge todas las denominaciones que recibe el café en este local y que se han extendido a toda Málaga. Según la proporción de café y leche, del 'solo' a la 'nube', pasando por el 'mitad' o el 'sombra'. Su actual dueño, Ignacio Prado, prepara un proyecto en el que ofrecerán un café de tueste casero.

Casa Carlos es otra taberna malagueña. Mientras estallaba la Guerra Civil, en 1936 el joven emprendedor Carlos Cejas Jaén abría su restaurante en la calle Keromnes que, a día de hoy, sigue en manos de la familia. Desde el barrio de La Malagueta elabora recetas clásicas con productos autóctonos.

Según indica a Europa Press una de las gerentes y cocineras, son "conscientes de la importancia de mantener la calidad en todos los aspectos, al igual que la tradición y las costumbres". Destacan los callos y el gazpachuelo, pero no se quedan atrás las berzas, el arroz a la malagueña o las patatas en adobillo.

Y único y afamado, cómo no. El mítico Pimpi Florida, un sitio único por su estrecha barra, de apenas 30 metros, ocupada con marisco y tapas, mientras de fondo se escucha música de todo tipo. Desde 1953 sus clientes se agolpan en su reducido espacio, tras una siempre larga espera en la calle Almería, en El Palo, para disfrutar del ambiente, aunque ahora debido a la pandemia no está abierto.

En su reducida carta resaltan son afamadas las gambas al pil pil, las huevas y el calamar a la plancha, entre otros. La sencillez puede ser la clave de este negocio que ya va por la tercera generación sin haber cambiado su carácter.

Otra de las tabernas típicas malagueñas es El Pimpi, situada en la céntrica calle Granada, nació en 1971 emplazado en un antiguo caserón del siglo XVIII. El cordobés Francisco Campos abrió esta casa como una bodega de vinos hasta que, poco a poco, fue añadiendo el servicio de comida, tal como hoy se conoce.

Este emblemático establecimiento visitado por ilustres personajes se ha convertido casi en parada obligatoria para todo el que visita la ciudad, especialmente por su privilegiada ubicación frente al Teatro Romano y la Alcazaba. Entre sus platos destacan los 'ligeritos', las chacinas y los vinos que recuerdan su origen.