Frente a las tres pantallas de su ordenador, sentado en su silla gaming profesional, los investigadores consideran a PlugWalkJoe un tipo letal. Un tiburón con el cociente intelectual lo suficientemente alto como para jugar al escondite inglés con el FBI. La agencia de investigación e inteligencia norteamericana lo buscaba por presuntamente haber accedido a 130 grandes cuentas de Twitter, entre ellas la de personalidades como Joe Biden, Barack Obama o Bill Gates, y utilizarlas para lanzar a sus millones de seguidores los anzuelos de sus estafas. Con estos perfiles tuiteaba timazos del tipo ‘si me ingresas 1.000 dólares en bitcoin en esta cuenta, más adelante te devuelvo 2.000’. «La gente picaba. Pensaban que si lo decía alguien que ha sido presidente de los Estados Unidos o un gran empresario tenía que ser verdad», explica Juanma, inspector de la Unidad Central de Ciberdelincuencia de la Policía Nacional. Sólo con este método, los investigadores calculan que logró cerca de cuatro millones de dólares.

Los agentes españoles se encontraron cara a cara el pasado miércoles en Estepona con el PlugWalkJoe de carne y hueso. Joseph James O’Connor, un pedazo de pan de 1,90 de altura nacido en Liverpool hace 22 años. El intrépido hacker parecía un inofensivo tiarrón de cara aniñada que se movía a cámara superlenta por un apartamento mal aprovechado de la exclusiva urbanización Costa Natura, que ofrece a sus vecinos hasta una piscina cubierta. Pocas pertenencias, ni rastro de lujo en el piso. Destacaban tres cuadros a medio desembalar de Mr. Monopoly adquiridos recientemente para celebrar alguna de sus criptoproezas. La actividad del hogar se limitaba a dos estancias: el dormitorio y su despacho, su templo, donde tenía un ordenador que sustituía cada tres semanas, como el móvil. El PC intervenido ronda los 6.000 euros.

Tres cuadros de Mr. Monopoly adquiridos recientemente por el joven. | L.O.

Durante la entrada y registro de la casa, a los policías les pareció tratar con una versión joven de El Nota, el personaje que Jeff Bridges clavó en El gran Lebowski (1998) de los hermanos Cohen. Un chico muy tranquilo, entre pasota y empanado, de aspecto desaliñado. Camiseta, pantalón corto de deporte y chanclas con calcetines. Blanco como la pared, pelo largo descuidado y bastantes kilos de más ganados en poco tiempo. Joseph no juega a los bolos ni bebe todo el rato rusos blancos como Jeffrey Lebowski, pero sí tenía una alfombra persa bajo la mesa del ordenador que no hacía más acogedor el rincón. Ejerció de anfitrión y tiró del sentido del humor con los agentes, que rápidamente detectaron sus habilidades en inteligencia emocional. Hizo algunos chistes hasta que le leyeron los derechos por segunda vez. Se derrumbó cuando le explicaron que Estados Unidos ha solicitado su extradición. A pesar de la vida de ermitaño que ha llevado en una de las mejores zonas de la Costa del Sol, entiende perfectamente el castellano y se defiende bastante bien hablándolo, aunque no siempre conjuga bien los verbos.

Los investigadores destacan las nulas relaciones sociales del joven, que vivía atrincherado en un piso de lujo mal aprovechado y hacía pedidos a domicilio a través de una empresa que acepta dinero electrónico

Su total desinterés por tener la vida social de un joven su edad ha sido una dificultad añadida para sus captores. Le preguntaron si le gustaban los coches y respondió sin mucho interés que no tenía carné, que le daba una pereza increíble sacárselo en España. Ni amigos, ni novias. Nada de visitas. «No salía de su casa nunca. Pero nunca, nunca», remarca el inspector antes de reconocer que llegaron a pensar que el joven podría tener algún tipo de trastorno que le impidiera relacionarse. Su madre, una abogada británica residente en la Costa del Sol desde hace años, era la única persona que parecía mantener al chaval conectado a la realidad. Su condición de vecina de Marbella fue la mejor pista que consiguió el FBI para marcar una posible ubicación de PlugWalkJoe en el mapamundi. El indicio parecía bueno, pero su nulo contacto con el exterior ralentizó las pesquisas. Ella parecía cumplir la orden de su hijo de ir a visitarle una vez al mes, pero terminó dirigiendo a los agentes hasta Costa Natura, un complejo con grandes medidas de seguridad donde cualquier visitante llama la atención enseguida. Las vigilancias en el entorno del complejo eran rayas en el agua. O’Connor no salía de su cueva y los agentes se disfrazaron de vigilantes de seguridad y trabajadores de paquetería para entrar en la urbanización y poder tener contacto visual con el objetivo. La primera vez que lo vieron fue en diciembre de 2020, ocho meses después de iniciarse la investigación en España, y en los últimos dos meses ha salido tímidamente en cuatro ocasiones.

De la comida se encargaba la progenitora. En sus contadas visitas le llevaba cosas preparadas o una buena compra del Mercadona. También pedía mucho a domicilio, nunca directamente. «Creemos que lo hacía a través de una empresa intermediaria que aceptaba pagos en bitcoin y que se encarga de estas cosas para grandes clientes VIP», explica el inspector. Uno de los pedidos más frecuentes eran los helados, sobre todo el de Nutella y vainilla, una de sus debilidades junto al bitcoin y los juegos en línea. Del dinero electrónico por ahora no hay rastro, pero los investigadores saben que de algún lado ha tenido que salir el dinero para comprar el apartamento de lujo y otras dos viviendas en San Pedro Alcántara que podrían tener un valor superior al millón y medio de euros. Mientras tanto, el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz lo ha enviado a prisión hasta que se decida sobre la extradición solicitada por EEUU, ya que O’Connor se ha negado a entregarse voluntariamente. El juez basó su decisión en el riesgo de fuga por su falta de arraigo en España y la gravedad de los hechos que se le imputan las autoridades estadounidenses: extorsión, ciberamenazas, ciberextorsión y ciberacoso.