El próximo mes de diciembre Fanny de Carranza Sell se jubilará tras 43 años como trabajadora municipal, ligada a la Alcazaba y Gibralfaro casi desde los comienzos. Esta afable y entregada arqueóloga, jefa de la Sección de Patrimonio Histórico-Artístico del Ayuntamiento, se siente una privilegiada por tener su despacho en el corazón de la Alcazaba. «Es un privilegio, le dan a una ganas de pagar por estar aquí. Todos los trabajos tienen sus ratos buenos y malos pero satisfacciones, todas las del mundo», confiesa.

Quien es la ‘sucesora espiritual’ de don Juan Temboury acaba de publicar el libro ‘Alcazaba de Málaga’, de la joven editorial Ciudad del Paraíso. Se trata de un libro divulgativo, coordinado por Cristina Vergara Catherineau, que es mucho más que una guía del monumento, con una amplia parte histórica y una segunda que recorre con detalle la Alcazaba, incluidas las zonas no abiertas al público.

El palacio-fortaleza, desde calle Alcazabilla. Gregorio Marrero

Como explica, la obra es una actualización de una edición de once años atrás en otra editorial. «Ha sido una revisión completa del texto porque hay piezas que se han trasladado al Museo Arqueológico y se ha actualizado además con los últimos yacimientos arqueológicos y descubrimientos de Málaga».

La Opinión ha querido recorrer con la arqueóloga de la Alcazaba y con el editor de la obra, Mariano Vergara Utrera, el palacio-fortaleza, para conocer los rincones más notables, algunos de ellos no abiertos al público pero que han sido recogidos en esta publicación que, por cierto, está dedicada ‘in memoriam’ a Antonio Garrido, prologuista de la obra anterior -en la actual la presentación corre a cargo del alcalde Francisco de la Torre-.

Conchas fósiles en la piedra arenisca de La Alcazaba, de origen marino. Gregorio Marrero

El que es el monumento más visitado de Málaga ya va camino de los 1.300 años: «Del siglo VIII, aquí, a la entrada de la Alcazaba, están detectadas las casas emirales y se conoce que arriba había una fortaleza, no se sabe de qué tamaño», explica. De esos inicios, cuenta, era la mezquita aljama o de los viernes descubierta en el patio de armas y que tras la conquista cristiana fue convertida en la capilla de San Gabriel.

La cantera romana

Durante siglos, además de la cantera de Almellones, en El Palo, una de las principales remesas de piedra provino del vecino Teatro Romano, como dejan constancia los sillares de travertino incrustados en las torres y hasta algún suelo pavimentado.

Pero en la Alcazaba, levantada sin cimientos sobre la roca del Monte Gibralfaro, lo que abunda es una arenisca de fondo marino que con el paso del tiempo se deshace y empiezan a aflorar conchas fósiles. «Esto motivó que ya en los siglos XIII y XIV la piedra comenzara a ponerse mal por la humedad y donde se rompía empezaran a meter ladrillo y piedra de canto rodado», explica Fanny de Carranza.

Vistas de Málaga desde la Torre de los Cuartos de Granada, cerrada al público. Gregorio Marrero

Mientras atraviesa una puerta del siglo XV forrada en hierro «para que no la incendien», cuenta que «La Alcazaba es única por muchas cosas, una de ellas porque es una fortaleza dentro de otra, aparte de las fortificaciones de ingreso», una disposición que en el mundo sólo se encuentra también en el Crac de los Caballeros, en Siria, antigua sede central de la Orden de Malta. Y dentro de ese doble circuito de murallas, dos palacios, uno de época taifa (siglo XI) y otro nazarí (siglos XIII, XIV).

Correspondió a don Juan Temboury desterrar el enmarañado y masificado barrio de la Alcazaba y devolverle el esplendor perdido. Fanny de Carranza aprovecha para resaltar su figura y el «muy digno» trabajo de recuperación que realizó, en unos tiempos de grandes penurias económicas para los malagueños.

Turistas en uno de los patios de la Alcazaba, esta semana. Gregorio Marrero

De los tiempos de las infraviviendas en la Alcazaba, la arqueóloga recuerda cómo el viajero inglés Francis Carter la visitó en el siglo XVIII, avisado de que en la fortaleza «se encontraba la casa de una vendedora de estropajos con un techo muy bonito». El inglés entró en la Torre de la Armadura Mudéjar, reconvertida por entonces en dos casitas.

El huésped regio

Hoy, el público puede admirar en el techo esta obra de arte libre de tabiques y realizada por artesanos musulmanes para los nuevos dueños cristianos. En esa misma estancia se alojó Felipe IV cuando en 1625 visitó Málaga para inspeccionar la marcha del Puerto y las fortificaciones.

En la mezcolanza de siglos de este prodigioso hito de la ciudad encontramos también reconvertidas piletas romanas de gárum, bañeras neoclásicas de mármol de palacios del Centro, refuerzos tras los terremotos, sillares romanos usados como escaleras para acceder a los dominios del alcaide cristiano, una hornacina que albergó un exótico Cristo de los tres huevos de avestruz, hoy en Archidona...

Una amalgama fascinante que la arqueóloga despliega y explica en el libro, que supone una oportunidad para conocer, por ejemplo, la existencia de tres viejos silos localizados hasta la fecha en la fortaleza; su inmenso aljibe o las profundas mazmorras, situadas en el llamado ‘campo’ entre las dos líneas de murallas.

Fanny de Carranza, en el campo de la Alcazaba. Gregorio Marrero

Este campo cerrado al público se ha convertido en un cuidado ecosistema en el que la hierba se siega periódicamente pero no se retira, un espacio libre de pesticidas con abundancia de erizos y camaleones.

Y por supuesto, no falta en la obra la Torre del Homenaje (exótico nombre procedente del feudalismo cristiano para una torre musulmana) ni el barrio de viviendas del siglo XI, los dos cerrados al público. En este barrio de ocho casas, con patio y distribución clásica romana, se alojaron militares, servidores palaciegos y probablemente autoridades y las mujeres del harén.

Pavimento procedente del Teatro Romano en el suelo del barrio de viviendas de la Alcazaba. Gregorio Marrero

La experta confía en que, algún día, la coracha terrestre vuelva a unir, esta vez en un paseo turístico, la Alcazaba con Gibralfaro, con las pertinentes adaptaciones. Las de Málaga y Badajoz son las únicas alcazabas de España con este pasillo fortificado. Una peculiaridad más para este excepcional monumento, ahora desvelado al detalle en un libro gracias al trabajo de Fanny de Carranza Sell.

La arqueóloga de la Alcazaba, junto al monumento a Juan Temboury. Gregorio Marrero